Un oasis de calma, de contemplación, incluso de descanso… Eso fue lo que sentí al entrar al inmenso Drill Hall del Park Avenue Armory, donde se presenta Clinamen, la instalación del artista francés Céleste Boursier-Mougenot.
'Clinamen': Una partitura escrita por el agua en el Park Avenue Armory de Nueva York
El Park Avenue Armory es uno de esos lugares que ya, por sí solo, merece una visita. Construido a finales del siglo XIX, hoy es uno de los espacios culturales más interesantes de la ciudad.
Su impresionante Drill Hall, un enorme salón que en otro tiempo fue utilizado para ejercicios y desfiles militares, se ha convertido en el escenario perfecto para instalaciones de arte contemporáneo de gran escala. Y es precisamente esa inmensidad la que hace que Clinamen resulte aún más impactante.
Afuera, Manhattan seguía siendo Manhattan: tráfico, sirenas, conversaciones, el ritmo frenético de una ciudad que parece no detenerse nunca.
Pero bastó cruzar la puerta para que todo cambiara.
Lo primero que nos pidieron fue hablar en voz muy baja, casi en silencio. No entendí por qué hasta unos segundos después.
Frente a mí aparecían tres estanques de un azul intenso. Sobre ellos flotaban cientos de cuencos de porcelana blanca de distintos tamaños que se desplazaban lentamente, impulsados por corrientes invisibles.
No había un recorrido establecido ni una coreografía. Todo ocurría de manera natural.
De pronto, los cuencos se encontraban.
Chocaban unos con otros con una suavidad sorprendente y dejaban escapar un sonido cristalino, parecido al de pequeñas campanas, como si cada encuentro fuera una nota más de una partitura que el agua iba escribiendo en tiempo real.
Después seguían su camino hasta encontrarse, unos instantes más tarde, con otro cuenco y producir una nota diferente.
Y así, una y otra vez.
Poco a poco me di cuenta de que estaba escuchando una composición que nadie había escrito.
Era el agua la que dirigía la obra.
Los movimientos impredecibles de los cuencos iban creando una melodía espontánea, irrepetible, que cambiaba constantemente conforme flotaban sobre el agua.
Hay algo profundamente hipnótico en observar ese movimiento lento y escuchar esos sonidos.
Podría haberme quedado ahí muchísimo tiempo.
Escuchando.
Mirando.
Contemplando y reflexionando.
Simplemente estando.
Pero hubo algo que me llamó tanto la atención como la propia instalación.
Las personas.
Algunas estaban sentadas alrededor del estanque. Otras permanecían acostadas en el piso, descansando y escuchando. Había quien grababa un video, pero también muchos que simplemente permanecían ahí, escuchando. Unos hablaban en voz baja. Otros estaban completamente en silencio.
Nadie parecía tener prisa.
Y eso, en Nueva York, me pareció casi tan extraordinario como la obra misma.
Sentí que Clinamen no solo transformaba el espacio.
También transformaba a quienes entrábamos en él.
Durante unos minutos, todos aceptábamos la invitación de bajar el ritmo, guardar silencio y dejarnos llevar por una música creada por el azar.
Más tarde descubrí que el título de la obra, Clinamen, hace referencia a un concepto de la filosofía griega antigua que describe una pequeña desviación impredecible en el movimiento de los átomos. Esa mínima variación era la que hacía posible el encuentro. Me pareció un nombre perfecto para esta instalación, donde son justamente las corrientes invisibles del agua las que desvían el recorrido de los cuencos, permitiendo que se encuentren y que, de esos pequeños choques, nazca la música.
Me fui pensando en lo difícil que resulta encontrar hoy un lugar que nos invite simplemente a contemplar.
Sin pantallas.
Sin instrucciones.
Sin la necesidad de hacer algo más que permanecer ahí.
Quizá por eso esta obra me gustó tanto.
Porque consiguió hacerme olvidar, aunque fuera por un momento, que estaba en una de las ciudades más ruidosas y aceleradas del mundo.
Una verdadera maravilla visual y sonora que invita a detenerse, contemplar y escuchar.
Si están en Nueva York mientras Clinamen siga abierta (hasta el 9 de agosto), de verdad no se la pierdan. Vale muchísimo la pena.