Cuando Big Brother México aterrizó en las pantallas nacionales en marzo de 2002, no solo fue un estreno: fue un terremoto cultural para la televisión abierta. Producida por Pedro Torres junto con Endemol y Televisa, el formato internacional basado en el diseño original de John de Mol Jr., la telerrealidad llegó como un experimento y se convirtió en fenómeno.
La fórmula era sencilla: doce desconocidos convivían aislados en una casa equipada con 40 cámaras y 60 micrófonos, filmando “su vida real” las 24 horas del día. Cada semana, el público votaba para eliminar participantes, convirtiéndose en parte activa del espectáculo. Esta dinámica, novedosa para la época, capturó rápidamente la imaginación de los televidentes.