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Pedro Torres: el hombre detrás de una era

Pedro Torres construyó poder creativo sin estridencia. Este perfil recorre su oficio, sus riesgos y su mirada a través de sus amigos y colegas.
vie 30 enero 2026 08:27 AM
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Pedro Torres, productor y fotógrafo. (ig @ptorres)

Pedro Torres casi nunca estuvo frente a la cámara, pero durante décadas decidió, con precisión silenciosa, hacia dónde debía mirar. En una industria acostumbrada a la estridencia, su presencia operó como un pulso discreto, constante, eficaz.

Quienes han trabajado con él —productores, directores y artistas por igual— describen a un hombre generoso, un antes y un después, una inspiración, un cómplice de aventuras y hasta un compadre sin serlo. Recuerdan menos los discursos que los gestos: la manera de escuchar antes de opinar, la calma con la que afinaba una escena, la certeza de saber cuándo intervenir y cuándo retirarse. “Produce como quien observa antes de hablar”, diría alguien que lo vio trabajar durante años.

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Su historia se despliega a la par de la televisión mexicana moderna. Nació cuando el medio todavía buscaba su identidad y se formó lejos de las fórmulas fáciles. En los años setenta estudió en la London International Film School, una experiencia que lo puso en contacto con el lenguaje audiovisual como herramienta narrativa antes que como espectáculo. Volvió a México para aprender el oficio desde abajo, entre cámaras, cables y luces en los Estudios Churubusco. Ahí entendió que producir no era mandar, sino ordenar el caos con paciencia.

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Pedro Torres, Lucia Méndez y su hijo Pedro Antonio. (ig @ptorres)

Con el tiempo, ese aprendizaje se volvió método. Antes de ser productor fue director, fotógrafo, realizador de videoclips en una época donde la música y la televisión se mezclaban con naturalidad. Trabajó con figuras como Luis Miguel, Amanda Miguel y Julio Iglesias, afinando un ojo visual que combinaba vanguardia, ritmo y sentido del tiempo. Gloria Calzada lo recuerda con precisión casi cinematográfica: “Pedro era el director más cotizado, el más cool. Siempre vestido de negro, Yohji Yamamoto, Comme des Garçons. Tenía los gadgets antes que nadie y una sonrisa permanente”. Pero su memoria no se queda en la estética: “Las filmaciones eran una fiesta. Había comida rica, risas, ideas que se decían en voz alta y que luego se volvían realidad”.

Ese entorno creativo también era profundamente humano. Calzada recuerda haber firmado como testigo en su boda secreta con Lucía Méndez, haber sido niñera de su hijo Pedro Antonio, haber visto crecer a su familia dentro del mismo círculo que el trabajo. “Siendo tan exitoso y ocupado, siempre encontraba tiempo para volver a Saltillo, a su origen. Para Pedro, la familia no era un anexo: era el centro”.

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El punto de quiebre profesional llegó cuando Torres empezó a decidir historias completas. No fue un golpe de autoridad, sino de intuición. A principios de los años dos mil entendió que ciertos formatos podían cambiar la relación del público con la pantalla. Big Brother México no fue solo un programa: fue un experimento social que desató conversación, polémica y una nueva forma de mirar la intimidad. Emilio Azcárraga lo recuerda así: “Conozco a Pedro desde hace muchísimos años y afortunadamente la vida nos dio la oportunidad de tener una amistad y de poder generar contenidos que, con su gran creatividad, tocaron muchos corazones, desde campañas publicitarias y campañas corporativas, hasta el introducir nuevos formatos a la televisión mexicana, como fue Big Brother. Desde luego, también estuvo el hacer series icónicas como lo fue Mujeres Asesinas. Lo que más admiro de él son sus ganas de vivir a través de la creación de contenidos que han dejado marca en millones de corazones. Ha sido un gusto hacer equipo con él y ser su amigo".

Cuando Big Brother llegó a la televisión mexicana a principios del nuevo milenio, no introdujo solo un formato: alteró el ritmo del país. La casa se volvió una extensión del espacio público y los participantes, personajes sobre los que se proyectaban aspiraciones, prejuicios y tensiones colectivas. Las noches de eliminación paralizaban la vida cotidiana: oficinas que ajustaban horarios, familias reunidas frente a la pantalla, contener la respiración lo que tardaba una decisión en anunciarse.

Premiere Of The Second Season Of "Mujeres Asesinas"
Edith Gonzalez, Pedro Torres y Susana Gonzalez. (Jam Media/LatinContent via Getty Images)

Pedro Torres entendió que el experimento no estaba tanto en el encierro como en la mirada del espectador. La televisión abierta, acostumbrada a controlar el relato, tuvo que aprender a administrar lo impredecible. El lenguaje cotidiano —palabras como güey, antes cuidadosamente evitadas— empezó a filtrarse en el prime time; la censura se desplazó, no por decreto, sino por costumbre. Big Brother funcionó como un termómetro social: exhibió contradicciones, normalizó la fricción y obligó a la pantalla a parecerse un poco más a la vida. No fue solo entretenimiento; fue una conversación nacional en tiempo real.

Si Big Brother modificó la forma, Mujeres asesinas cambió el fondo. En un panorama dominado por narrativas previsibles, la serie apostó por historias incómodas, protagonizadas por mujeres complejas, lejos de los arquetipos tradicionales de la televisión masiva. Pedro Torres apostó, una vez más, por que el público estaba listo para relatos más densos sin dejar de ser populares.

Cada episodio abría un espacio poco habitual en la pantalla abierta: libertad narrativa, riesgo temático y actuaciones que exigían salir de la zona segura. El impacto fue inmediato. Mujeres asesinas demostró que la televisión mexicana podía producir series ambiciosas, de alto alcance, sin subestimar a la audiencia. Más que una adaptación exitosa, fue un parteaguas: amplió los márgenes de lo posible y dejó claro que lo masivo también podía ser complejo.

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Jacky Bracamontes recuerda su encuentro con él como decisivo en su carrera: “Mi vida profesional tuvo un antes y un después al coincidir con Pedro. Él creyó en mí como conductora y como actriz cuando yo misma dudaba. Fue un gran mentor”. Esa confianza, repetida en distintos testimonios, fue una de sus marcas: detectar potencial y sostenerlo.

Fuera de cámara, la vida de Pedro Torres se construyó a base de vínculos largos. Isabel Lascurain recuerda el inicio de una amistad que se volvió familia: “Nos decimos compadres sin serlo oficialmente. Nos conocimos en un video y desde entonces hemos vivido muchas aventuras juntos. Nos queremos con todo el alma”. No habla de proyectos, sino de años compartidos, de historias acumuladas.

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Cumpleaños Ximena Moctezuma, 24 de Abril 2015, polanco, sociales, festejo, pastel (Marco Vallejo)

En 1988 el productor se casó con la actriz y cantante Lucía Méndez. En su momento se convirtieron en la pareja paradigmática del entretenimiento mexicano. Además de la vida en pareja, compartió proyectos. Recuerda un concierto en Líbano, en plena guerra, cuando dos bombas estallaron cerca del estadio. “Yo quería regresarme a México. Pedro me convenció de seguir, de hablar con el primer ministro. Me cuidaron siete mil soldados. Fue una experiencia extrema”. Luego lo dice sin rodeos: “Pedro es el padre de mi hijo y el gran amor de mi vida. Podría contar mil anécdotas, pero lo más importante es que me dio un gran hijo”.

Ese mundo íntimo convivió siempre con el rigor profesional. Torres incluía a su familia en el plan, pero nunca descuidó el trabajo. Volvía a Saltillo para recargar energía, mantenía el vínculo con su origen, entendía el éxito como algo que debía compartirse. Jan Cárdenas, director y productor, lo reconoce como una figura formativa: “Ha sido mi inspiración. Me enseñó millones de cosas de la fotografía y del oficio. Es de las personas que más admiro y respeto del medio”.

Pero Pedro no sólo incursionó en la industria del entretenimiento, en 2012 fue el encargado de realizar una inusual serie de fotografías que, bajo el título de Lomos de la Ciudadela, fueron la exposición que inauguró ese emblemático recinto cultural de la ciudad de México recién recuperado en ese entonces.

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06 de febrero 2016; Centro Banamex, Ciudad de Mexico; Pedro Torres, Roberta Lopez Negrete, Diego Ordorica, Patricio Ordorica y Emilia Torres en la Zona Maco. Al encuentro del arte Circulos Pagina 151 (Heptor Arjona)

Con ese gesto —otra vez silencioso, otra vez fundacional— Torres contribuyó a inaugurar el espacio como sede expositiva. No era una muestra estridente ni programática; era una invitación a detenerse, a observar de cerca aquello que suele pasarse por alto. Fotografiar los libros desde el lomo era, en el fondo, una extensión natural de su forma de producir: encuadrar lo cotidiano, encontrar narrativa en el detalle, dejar que la historia se revele sin subrayados.

En una industria que suele confundir los valores, Pedro Torres eligió otro camino. Produjo sin necesidad de imponerse y entendió, antes que muchos, que la televisión no solo entretiene: construye memoria. Su nombre aparece menos en los reflectores que en las trayectorias ajenas, en las carreras que despegaron, en las historias que se atrevieron a ser distintas porque alguien confió en ellas.

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