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Juan Rodrigo Llaguno, toda una vida mirando: “El retrato refleja una época, una manera de ser, de vestir, de ver”

Después de más de tres décadas dedicado al retrato, Juan Rodrigo Llaguno habla sobre cómo aprendió a mirar, encontró un lenguaje propio y convirtió la fotografía en una manera de registrar su época.
Juan Rodrigo Llaguno, fotógrafo mexicano
Juan Rodrigo Llaguno retrata a Francisco Toledo (Cortesía / Juan Rodrigo Llaguno)

He tenido acceso privilegiado a uno de los fotógrafos que más admiro. He crecido cerca de su trabajo, he visto su evolución y he sido testigo de cómo, a lo largo de más de tres décadas, Juan Rodrigo Llaguno ha hecho del retrato no solo su oficio, sino su lenguaje.

Considerado uno de los retratistas más destacados de México, por su cámara han pasado personajes como Octavio Paz, Leonora Carrington, Francisco Toledo, Mario Vargas Llosa, Elena Poniatowska, Tadao Ando y Philip Glass, entre otros.

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Y, sin embargo, nunca me había sentado frente a él a preguntarle cómo aprendió a mirar, a retratar. Ser su hermana me ha permitido conocer de cerca una historia que comenzó mucho antes de que decidiera dedicarse a la fotografía.

Crecimos en una familia en la que las imágenes estuvieron presentes. Mi papá llevaba su cámara a todas partes: fotografiaba a la familia, documentaba los viajes y filmaba películas en Super 8. Antes que él, mi abuelo paterno había tenido la misma afición.

De alguna manera, aprendimos desde niños que mirar y conservar una imagen era también una forma de contar una historia.

En Juan Rodrigo, sin embargo, aquello se convirtió muy pronto en algo más. Desde niño se interesó por el cine y la fotografía. Con sus hermanos y primos hacía películas; más adelante estudió Comunicación en la UDEM, buscaba acercarse todo lo posible a esas dos disciplinas.

Juan Rodrigo Llaguno, fotógrafo mexicano
Juan Rodrigo Llaguno, fotógrafo mexicano (Cortesía / Juan Rodrigo Llaguno)

La fotografía terminó imponiéndose y, dentro de ella, el retrato se convirtió en su territorio. Su fotografía ha cambiado; él también. Pero hay una coherencia artística muy profunda en ese recorrido: la de un artista que, una vez que encontró su manera de mirar, eligió seguir profundizando en ella.

Cuando tuve la oportunidad de entrevistarlo, más que hablar con mi hermano quise escucharlo como fotógrafo. Quería entender de dónde venía esa mirada, cómo había encontrado su lenguaje propio y qué ocurre después de tantos años dedicados a observar a otros frente a una cámara.

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Juan Rodrigo Llaguno: Aprender a mirar

Antes de encontrar en el retrato su propio lenguaje, Juan Rodrigo fotografió de todo. Hacía fotografía callejera, experimentaba y observaba. Entre los fotógrafos que entonces llamaban su atención estaban Henri Cartier-Bresson y Robert Frank.

En 1986 pasó el verano en Nueva York, donde tomó un curso de fotografía de cine y participó en la realización de un cortometraje como fotógrafo y camarógrafo. Un año después se fue a París. Fue ahí donde aquella búsqueda comenzó a tomar forma.

Eran años anteriores al internet y, viniendo de Monterrey, el acceso que había tenido hasta entonces a libros especializados, exposiciones y al trabajo de otros fotógrafos era mucho más limitado. De pronto, en París, se encontró rodeado de galerías, exposiciones y librerías especializadas en fotografía. Se le abrió un universo.

Retrato realizado por Juan Rodrigo Llaguno
Francisco Toledo (Cortesía / Juan Rodrigo Llaguno)

Comenzó a descubrir las posibilidades de la fotografía como medio de expresión personal. Podía ser, como él mismo me lo dijo, “un arte, un lenguaje muy personal”. Y dentro de ese universo hubo algo que comenzó a atraerlo especialmente: el retrato.

Estudió la obra de fotógrafos que habían hecho del retrato el centro de su trabajo, entre ellos Félix Nadar y August Sander, cuyo proyecto El hombre del siglo XX lo marcó profundamente. Al estudiar también a Irving Penn, Richard Avedon o Diane Arbus descubrió cuántas maneras existían de mirar a una persona.

“Cada uno ve de manera diferente a la persona”, me dijo. “Lo que pasó en París fue que se me abrió… la idea de que podía dedicarme al retrato”. Entendió que no necesitaba abarcar todas las posibilidades de la fotografía. Podía concentrarse en una.

Retrato realizado por Juan Rodrigo Llaguno
Diana Kennedy (Cortesía / Juan Rodrigo Llaguno)

París fue el lugar donde, al descubrir la mirada de otros, comenzó a reconocer la suya. A su regreso a Monterrey montó su estudio y comenzó a tener encargos a través del recién inaugurado museo MARCO y de galerías de arte.

Hizo proyectos personales como las fotografías realizadas en Espinazo, un pueblo de Nuevo León, y obtuvo la beca Jóvenes Creadores del FONCA, donde tuvo como tutores a Graciela Iturbide y Pablo Ortiz Monasterio. El proyecto que desarrolló durante la beca fue Retratos de domingo, una serie que marcaría sus primeros años como retratista.

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Encontrar su lenguaje

Encontrar el retrato fue solo el principio. Construir dentro de él una mirada propia le tomaría varios años. Juan Rodrigo reconoce que sus primeros retratos se marcaban por influencias de fotógrafos. “En los 90 retrataba de una manera. A lo mejor con influencias de otros fotógrafos”.

Con los años, algo empezó a cambiar. Y encontró las palabras para definirlo: “Un lenguaje propio, ya más mío”. No necesitó abandonar el retrato para reinventarse. Su evolución ocurrió dentro de él. “La manera de hacer retratos que hacía hace 20 años no tiene nada que ver con la manera que lo hago ahorita”, explica.

Los retratos de los años noventa, dice Juan, eran “más gráficos”. Los de ahora son “más psicológicos”. Después de tantos años retratando, ha aprendido a leer a las personas: el rostro, el cuerpo, la postura, los gestos, la manera en que alguien ocupa el espacio frente a la cámara.

Retrato realizado por Juan Rodrigo Llaguno
Gabriel Orozco (Cortesía / Juan Rodrigo Llaguno)

Hay además algo que sucede antes de tomar la cámara y que para él es fundamental: hablar con la persona que va a retratar. Si se trata de alguien conocido, investiga antes quién es, qué hace, qué escribe o qué pinta. Y cuando la persona no conoce su trabajo, se lo muestra.

Estamos tan acostumbrados a tomar y ver fotografías todo el tiempo que es fácil pensar: “otra foto más”. Por eso quiere dejar claro que lo que van a hacer es otra cosa. “Lo que voy a hacer contigo no es cualquier foto. Es un retrato”.

Quiere que la persona entienda que ese retrato es importante para él como fotógrafo, pero que también puede serlo para quien está frente a la cámara: registra un momento de su vida. Por eso le explica su manera de trabajar, le enseña su obra y busca que llegue al retrato con otra actitud.

Retrato realizado por Juan Rodrigo Llaguno
Leonora Carrington (Cortesía / Juan Rodrigo Llaguno)

A veces la persona está sentada frente a él y todavía no encuentra el retrato. Entonces la observa. Gira el rostro, cambia ligeramente el cuerpo, baja un hombro. Busca hasta que ocurre. Dispara. “No necesito más. Ahí está el retrato”.

Y, sin embargo, la experiencia no significa que tenga una fórmula. “Cada sesión es una aventura”, dice. Puede utilizar la misma cámara y la misma luz, pero cambia lo esencial: la persona. “Cada persona es un universo propio”.

Su biblioteca de fotografía es una parte fundamental del proceso. La describe como una especie de “santuario” al que regresar a la esencia del retrato. Constantemente vuelve a los grandes fotógrafos que ha estudiado durante toda su vida. “Cada retratista tiene un lenguaje propio”. Le ha tomado más de 30 años construir el suyo.

Permanecer y profundizar

Pienso que hay artistas cuya búsqueda los lleva de un estilo a otro, de una técnica a otra. La búsqueda de Juan ha ocurrido de una manera distinta. Desde que encontró en el retrato su territorio, hace más de tres décadas, decidió permanecer en él.

Pero permanecer no significa repetirse. A lo largo de esos años ha seguido dos caminos en paralelo: sus proyectos personales y el trabajo de estudio. Desde Retratos de domingo y Retratos de Espinazo hasta trabajos posteriores como En el parque, ha fotografiado personas por iniciativa propia.

A mediados de los 90 obtuvo una segunda beca de Jóvenes Creadores. Esta vez volvió la cámara hacia un territorio más íntimo: su propia familia. Fotografió a nuestros padres, hermanos y sobrinos, construyó una serie que es el registro de una época de nuestra historia.

Retrato realizado por Juan Rodrigo Llaguno
Juan Soriano (Cortesía / Juan Rodrigo Llaguno)

Por su estudio han pasado familias, niños, parejas, artistas, intelectuales y personas que quieren ser retratadas. Con los años, la frontera entre esos dos mundos se ha vuelto cada vez menos clara. “No hay mucha separación entre las comisiones y mi obra”.

Un retrato que comenzó como un encargo puede formar parte de una exposición o de un libro. También su manera de trabajar se ha transformado. El proceso se ha vuelto más pausado: observar y construir el retrato antes de disparar. “La foto se hace en la cabeza”, dice.

La cámara y la técnica importan, pero no son suficientes. Explica, es más fácil dominar el oficio técnico. “Cualquiera puede aprender a hacer fotografía”. Lo difícil es otra cosa. “Lo que te puede llevar la vida, y a lo mejor no lograrlo, es decir algo a través de ese aparato”.

Para hacerlo hace falta sensibilidad, conocimiento y una cultura amplia. Música, arquitectura, literatura, aquello que el fotógrafo ha visto, leído y aprendido forma parte de su mirada. “El arte fotográfico está aquí”, dice señalándose la cabeza.

Retrato realizado por Juan Rodrigo Llaguno
Mario Vargas Llosa (Cortesía / Juan Rodrigo Llaguno)

“Lo importante es llegar a lograr tener un lenguaje propio, una necesidad de decir algo”. Y entonces dice algo que explica sus más de 30 años dedicados al retrato: un artista puede concentrarse en un mundo muy chico, convertirlo en “una pequeña obsesión y llevarla hasta sus últimas consecuencias”.

Ha permanecido en el retrato, pero no se ha quedado en el mismo lugar. Cuando se observa su archivo en conjunto, las fotografías comienzan a contar una época. Están los artistas, escritores, arquitectos y empresarios, también las familias que han llegado a su estudio y las personas de su entorno.

“El retrato refleja una época, una manera de ser, de vestir, de ver”, asegura. Lo entendí especialmente cuando vi reunidos 30 años de su trabajo en la Fototeca de Nuevo León en 2023. Personas provenientes de mundos muy distintos terminaban juntas, contaban la historia de una generación a través de los ojos de un retratista. Juan Rodrigo lo resume de una manera mucho más sencilla. “Es eso: retratar tu época”.

Todavía falta mucho

Hacia el final de nuestra conversación quise preguntarle qué sentía al mirar todo aquello junto. Su respuesta me sorprendió. “Es una mezcla de satisfacción, pero… todavía falta mucho”.

No habla de una obra terminada. Habla de lo que todavía puede hacer. “Todavía puedo sacar más cosas de las personas”. Y después añade algo. “Aún tengo gente interesante por retratar”. Quizá eso explique por qué ha podido permanecer tanto tiempo dentro de un mismo lenguaje sin agotarlo. El retrato sigue despertándole curiosidad.

Su manera de retratar ha cambiado porque él también ha cambiado. “Ya no puedo retratar como lo hacía en los noventa”, me dice. “Porque ya no soy esa persona”. Habla de seguir con su trabajo, de buscar nuevos proyectos, de no detenerse. “Apostarle a algo que te emociona”, dice, “y llevarlo a las últimas consecuencias”.

Después de escucharlo durante más de una hora, vuelvo inevitablemente a la pregunta con la que comencé esta conversación: cómo aprendió a mirar.

Lo conozco desde siempre. He crecido viendo sus fotografías, entrar a su estudio, hojeando sus libros y observar cómo el retrato se fue convirtiendo en su lenguaje.

Pero sentarme esta vez a escucharlo me hizo entender algo que quizá, precisamente por ser su hermana y haber estado siempre tan cerca, nunca me había detenido a pensar. Me quedé pensando que tal vez aprender a mirar sea algo que nunca termina. Después de más de treinta años, Juan Rodrigo Llaguno sigue mirando. Y todavía le falta mucho por retratar.

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