En estos días que he estado en Houston he ido descubriendo poco a poco una vida cultural que, lo admito, no esperaba encontrar con esta riqueza. Ya había visitado el MFAH para ver Picasso, Klee, Matisse: Masterpieces from the Berggruen Museum, y me había quedado con ganas de regresar. Me falta aún recorrer su colección permanente. Pero esta vez había algo muy específico que me llevaba de vuelta.
Tres túneles, tres artistas y una inesperada conexión en Houston
Había leído que tres de los edificios de su campus están conectados por pasajes subterráneos y que cada uno de esos túneles alberga una instalación permanente creada por un artista diferente.
Hasta ahí ya me parecía interesante.
Pero cuando descubrí los nombres pensé: ¿qué posibilidades había de encontrar reunidos, en un mismo museo, a tres artistas que admiro profundamente y que, además, han aparecido en momentos y ciudades muy distintas de mi vida?
Carlos Cruz-Diez, James Turrell y Olafur Eliasson.
Tenía que ir a conocerlos.
Carlos Cruz-Diez: el color convertido en espacio
Tengo una debilidad especial por la obra de Carlos Cruz-Diez. Probablemente sea uno de mis artistas favoritos en el mundo.
Recién llegada a vivir a la Ciudad de México, en 2012, fui al MUAC a ver El color en el espacio y en el tiempo, una gran retrospectiva dedicada al artista venezolano. Recuerdo perfectamente el impacto que me produjo descubrir reunida toda aquella investigación sobre el color, el movimiento y la percepción.
Cruz-Diez fue uno de los grandes representantes del arte cinético y dedicó buena parte de su vida a demostrar que el color no tiene por qué estar atrapado dentro de una pintura: puede cambiar, desplazarse y existir en el espacio dependiendo de la luz, del entorno y, sobre todo, de quien lo observa.
Años después, en Houston, volví a encontrarme con él.
Chromosaturation MFAH convierte el túnel que conecta los edificios Kinder y Law en una sucesión de espacios inundados de rojo, verde y azul. Al atravesarlos, los colores dejan de ser algo que simplemente miramos para convertirse en algo dentro de lo que estamos.
Nuestros ojos necesitan adaptarse. Cambia el tono de nuestra piel, de nuestra ropa, del espacio. El color prácticamente adquiere una presencia física.
La obra fue concebida por Cruz-Diez en 2017 y es considerada por el propio MFAH como una de las últimas de su carrera. El artista murió en 2019, antes de verla instalada, y fueron su fundación y su estudio quienes la realizaron siguiendo los planes que había dejado.
Hay, además, una coincidencia que descubrí después y que me encantó: aquella exposición que tanto me impresionó en el MUAC en 2012 había sido organizada originalmente nada menos que por el Museum of Fine Arts de Houston.
Sin saberlo, mi historia con Cruz-Diez y Houston había comenzado mucho antes de llegar aquí.
James Turrell: cuando la luz se convierte en materia
El segundo túnel es The Light Inside, de James Turrell.
A Turrell también lo tengo asociado con mi querida Ciudad de México. En 2019 vi en el Museo Jumex Pasajes de luz, una exposición que ocupaba dos pisos del museo y que nunca olvidé. Una exposición que no solo observé sino que viví.
Turrell trabaja con algo aparentemente imposible de atrapar: la luz.
No la utiliza simplemente para iluminar una obra. La luz es la obra.
Sus espacios hacen que uno pierda por momentos la referencia de la profundidad, las distancias y los límites arquitectónicos. Y lo más interesante es que nosotros mismos nos convertimos en parte de la experiencia.
Eso me volvió a suceder en Houston caminando por su túnel.
The Light Inside, realizada en 1999, se encuentra en el Wilson Tunnel, que conecta los edificios Law y Beck. Una pasarela atraviesa un espacio oscuro mientras la iluminación cambia lentamente entre azul, carmesí y magenta.
Caminándolo tuve nuevamente esa sensación que tanto me fascina de Turrell: por momentos no sabes exactamente dónde termina la arquitectura y dónde comienza la luz.
Y Houston todavía me tiene pendiente otro encuentro con él. En Rice University se encuentra Twilight Epiphany, uno de sus famosos Skyspaces —en el Tec de Monterrey, Campus Monterrey, existe otro que también vale la pena visitar—, concebido para experimentarse especialmente durante el amanecer y el atardecer. Después de permanecer cerrado durante una larga renovación, acaba de reabrir. Ya está en mi lista.
Olafur Eliasson: una memoria de Londres
El tercer túnel me llevó mucho más atrás y a otra ciudad, a una ciudad que llevo en mi corazón.
A Olafur Eliasson lo descubrí cuando vivía en Londres.
En 2003 presentó The Weather Project en el inmenso Turbine Hall de la Tate Modern y fue una auténtica locura. Un enorme sol artificial dominaba el espacio mientras una neblina envolvía la sala y un gigantesco espejo en el techo multiplicaba visualmente todo lo que ocurría debajo.
La gente se acostaba en el suelo para contemplarlo.
Yo también recuerdo hacerlo.
Había algo casi hipnótico en aquella luz monocromática que transformaba por completo un espacio que yo conocía muy bien. Era difícil explicar qué estabas viendo: sabías perfectamente que no era el sol y, sin embargo, por momentos tu percepción te decía otra cosa.
Nunca olvidé aquella instalación.
Más de veinte años después, caminando bajo el MFAH, volví a encontrarme con Eliasson.
Su túnel lleva un nombre maravilloso: Sometimes an underground movement is an illuminated bridge.
Una luz amarilla monocromática inunda prácticamente todo el espacio y hace desaparecer los demás colores. Dos entradas de luz natural interrumpen esa experiencia artificial y, durante unos instantes, el color regresa.
Otra vez Eliasson jugando con algo tan cotidiano como la luz para hacernos conscientes de nuestra propia manera de mirar.
Cuando el camino se convierte en la obra
Quizá lo que más disfruté de esta visita fue haber decidido ir solamente a eso.
No sentí que tuviera que aprovechar que estaba en el museo para recorrer salas, ver la colección permanente o tachar obras de una lista. Eso quedará para otra visita.
Ese día tenía muy claro que quería caminar despacio por los tres túneles. Ir y regresar. Detenerme. Sentirlos. Mirar cómo cambiaban los colores. Observar a otras personas atravesarlos. Sentir qué ocurría con mi propia percepción dentro de cada uno. Y eso fue lo que hice.
Porque normalmente un túnel es un lugar de tránsito. Existe para llevarnos de un punto a otro y nuestra intención es atravesarlo lo más rápido posible para llegar a nuestro destino.
Aquí sentí que sucede exactamente lo contrario.
Cruz-Diez, Turrell y Eliasson toman esos espacios intermedios y los convierten en experiencias. Los tres trabajan con la luz y el color, pero cada uno nos obliga a mirar —y a sentir— de una manera completamente distinta.
Y quizá por eso me emocionó tanto descubrirlos juntos.
Cruz-Diez me llevó a mis primeros meses viviendo en la Ciudad de México. Turrell, a una exposición que años después sigo recordando. Eliasson, a mi vida en Londres y a una tarde de 2003 en el Turbine Hall de la Tate Modern.
Y de pronto, tantos años después, los tres volvieron a aparecer frente a mí, reunidos bajo tierra en Houston.
A veces el arte tiene estas coincidencias.
Y esta vez mi destino no estaba al final de los túneles.
Eran los túneles mismos.
Si tienen un viaje a Houston, no dejen de ir a conocerlos en el Museum of Fine Arts. ¡Gran experiencia!
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