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La princesa Diana fue “la heroína de una fantasía global, pero su realidad era bastante diferente”, asegura su hermano

Charles Spencer, hermano de Lady Di, reúne en su libro de memorias ‘El canto del cisne: Diana, mi hermana’, algunos capítulos de quien fuera la primera esposa del actual rey Carlos III; aquí te presentamos un extracto.
La princesa Diana
La princesa Diana se convirtió en la "heroína de una fantasía global", según describe su hermano Charles Spencer en el libro 'El canto del cisne' (Anwar Hussein/Getty Images)

A pocos días de la publicación de El canto del cisne: Diana, mi hermana, Charles Spencer explicó las razones que lo llevaron a escribir el libro sobre Lady Di.

El conde de Spencer señaló que, ante la proximidad del 30 aniversario de su muerte, decidió dejar por escrito sus propios recuerdos y ofrecer su versión de algunos episodios que, según considera, fueron distorsionados con el paso de los años.

A continuación reproducimos un extracto del libro que será lanzado el próximo 23 de septiembre.

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El canto del cisne: Diana, mi hermana; un extracto*

Mi madre me dijo muchas veces que tenía la sensación de que yo conocía a Diana mejor que ninguna otra persona en el mundo. Los dos crecimos juntos y éramos los más jóvenes en una casa dividida por el divorcio y marcada por la tristeza de la muerte de un hermano.

Sin embargo, cuando, como a menudo ocurre, me preguntan: «¿Qué significó crecer junto a Diana?», mi primer pensamiento siempre es «Pero si no sé qué significa no crecer junto a ella».

Compartimos techo todas las noches durante los primeros siete años de mi vida, más o menos, y vivimos juntos durante la gran mayoría de los periodos vacacionales de nuestro internado hasta que Diana cumplió los dieciséis y yo los trece.

En muchos sentidos, nuestra relación fue la típica entre una hermana mayor y un hermano pequeño. Ella me llevaba casi tres años y yo, al ser chico, siempre fui notablemente menos maduro.

Charles Spencer, hermano de Lady Di, escribió el libro 'El canto del cisne'
Charles Spencer, hermano de Lady Di, escribió el libro 'El canto del cisne' (© Terence Donovan, cortesía de Terence Donovan Archivo/Camera Press, Londres)

El canto del cisne es un libro que parte de mi profunda admiración por ella, sobre todo teniendo en cuenta la dinámica de Park House, la casa en la que vivimos una infancia tremendamente feliz y donde ella no solo fue mi constante compañera, sino también, en algunos aspectos, mi principal cuidadora.

Con frecuencia, en sus últimos años, bromeaba al saludarme o referirse a mí delante de otros como «hermanito», incluso después de llegar a ser quince centímetros más alto que ella.

Diana siempre tuvo un gran instinto maternal. Cuando nuestra madre se marchó de casa, ella estuvo más atenta a mis necesidades de lo que le habría correspondido a una hermana mayor en otras circunstancias.

Según he sabido por boca de los adultos que nos rodeaban en aquella época, a pesar de que quizá exteriorizara un gran fastidio al tener que pasar aún más tiempo con su hermanito, en realidad Diana casi siempre disfrutaba en mi compañía.

Los dos éramos bastante reservados con los desconocidos y sumamente sociables con los amigos. Compartíamos una tendencia natural a la obstinación cuando nos presionaban, en especial si considerábamos que el motivo era injusto.

Tendíamos a protegernos mutuamente, muchas veces con uñas y dientes. Creamos un vínculo inicial muy fuerte.

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Princesa Diana: la heroína de una fantasía global

La nota discordante, que transformó nuestra relación fraterna en una tan poco común durante la segunda mitad de su brevísima vida, fue su matrimonio con un miembro de la familia real británica.

Cuando, en 1981, apareció vestida de novia en la catedral de St. Paul, caminó hasta el altar del brazo de nuestro padre en calidad de hermana mía y salió frente a la multitud que la aclamaba como la princesa que había cautivado al mundo entero.

La gente quería un cuento de hadas, y esa mañana Diana fue nombrada la heroína de una fantasía global. Nadie lo sabía en aquel momento excepto ella misma, pero su realidad era bastante diferente.

Muchos lectores son demasiado jóvenes para recordarla tal como era. Para ellos, su identidad se reduce a una cara bonita de la historia; una figura trágica del pasado que, aunque fue tocada por el manto de la realeza, murió en un accidente de coche, como por desgracia le ocurre a un millón de personas todos los años.

Pensando en esas personas, en El canto del cisne me dispuse a desarrollar el verdadero entramado de la existencia de Diana, para que puedan apreciarla más en conjunto.

Por lo que respecta a los lectores de más de treinta años, he vinculado de forma expresa distintos capítulos de su vida a frases de mi panegírico: el discurso que escribí en su memoria durante los días posteriores a su muerte y que pronuncié en el funeral celebrado el sábado siguiente.

Charles Spencer, hermano de Lady Di, escribió el libro 'El canto del cisne'
Charles Spencer, hermano de Lady Di, escribió el libro 'El canto del cisne' (© Stuart McClymont : The Sunday Times)

A ese grupo de población de más edad, algunos de los temas en El canto del cisne le serán familiares, pero quizá la perspectiva desde la que los abordo le resultará nueva.

En aquel discurso fúnebre quise hablar por ella en un momento en que había sido privada de voz propia para siempre y de un modo tan repentino que jamás tuvo la oportunidad de entonar su canto del cisne. Quise recordarle al mundo cuáles eran las cualidades de Diana, tal como corresponde a todo buen panegirista.

Pero también tenía la esperanza de movilizar a las personas poderosas que podían evitarles a sus queridos hijos los detalles más truculentos de su vida.

Mi principal objetivo consistía en protegerlos de la tortura a la que ella se vio regularmente sometida durante sus últimos años por parte de los peores sectores de los medios de comunicación.

Cuando Diana saltó de forma tan triunfal a la arena de la vida como miembro de la realeza, yo era tan solo un joven de diecisiete años, inundado de hormonas y atrapado en el egocentrismo de la adolescencia.

No me implicaba demasiado en lo que pasaba fuera de mi entorno inmediato y la realeza nunca me había interesado mucho, dejando aparte su función como fuerza poderosa en la historia lejana, cuando era la pieza central de una verdad humana más amplia.

No recuerdo haber dedicado demasiada atención al ascenso social de Diana en aquel momento. Creo que, sencillamente, di por hecho que mi hermana mayor encajaría bastante bien en su nuevo papel.

Sabía que era una buena persona, con un claro sentido de lo que es correcto y lo que no. Una de sus expresiones favoritas cuando alguien hacía algún comentario desagradable sobre otro era «¡No juzgues a los demás basándote en ti!».

Me encantaba esa forma de pensar y creí que tanta sensatez le resultaría muy útil a la hora de llevar una vida que, a todas luces, distaría mucho de aquella que ambos habíamos llevado en nuestro entorno de origen.

También consideré que sería bienvenida en una institución atávica a la que mi familia había servido de forma incondicional durante siglos más por patriotismo que por adulación.

Los Spencer habían sido tradicionalmente whigs en la esfera política: respetaban a la Corona, pero no tenían miedo de exigir que quienes la llevaban puesta actuaran en beneficio de intereses políticos y sociales más amplios, incluidos los propios.

Todos esos pensamientos me rondaban por la cabeza sin que llegara a profundizar en ninguno de ellos. Básicamente, creía que mi hermana mayor se encontraría a gusto ocupando un lugar que, sin duda, imponía mucho respeto y que acabaría por aportar un beneficio al país.

En ningún momento se me ocurrió pensar que se convertiría en todo un fenómeno mundial, tal como efectivamente ocurrió.

Muchos otros, mayores que yo, también subestimaron a Diana. Es probable que la eligieran como futura reina porque su procedencia era adecuada y porque era lo bastante joven para carecer de un pasado romántico. Esas cosas eran mucho más importantes en 1981 de lo que hoy día nadie puede imaginar siquiera.

Pero el gran desconocido en aquel momento era el espíritu único que habitaba en su interior. Poseía una fuerza extraordinariamente original que irrumpió en el escenario del mundo impulsada por su carisma, adornada por su belleza y sustentada por una forma absolutamente natural de conectar con las personas.

Semejante combinación resultó impactante cuando empezó a dejarse ver y cautivadora cuando se desplegó por completo.

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Lady Di: el magnetismo de una estrella

Diana irradiaba un magnetismo de estrella, pero, a diferencia de una actriz de primera línea o una diva del pop, jamás tuvo que vender ningún producto para mantenerse en el foco de atención.

Aunque entró en la realeza gracias a su enlace matrimonial, gozaba de un rango y un poder singulares que estaban destinados a perdurar hasta su último aliento.

Y eso le otorgó otra clase de valor: el mediático. La mayor parte de lo que se difundía sobre ella a escala mundial era muy positivo. Su boda tuvo 750 millones de espectadores, pero eso fue solo el comienzo.

A lo largo de su vida, fue 45 veces portada de la revista People en Estados Unidos. Su funeral, visto por 2,500 millones de personas, es uno de los acontecimientos con mayor audiencia en la historia de la televisión.

Todo eso lo consiguió una joven nacida en una discreta familia de la aristocracia inglesa, la tercera de los cuatro hijos supervivientes de nuestros padres. Como tal, seguramente estaba destinada a casarse con alguien de procedencia similar y disfrutar de la típica vida de la clase alta, quizá viviendo en una gran mansión y participando en alguna buena obra para la comunidad local.

En vez de eso, captó el interés del príncipe de Gales. Pasó a ocupar un puesto sin precedentes modernos, ya que nadie había sido princesa de Gales desde 1910.

Sin embargo, aunque gozaba de un privilegio extremo, su papel podría haber resultado poco exigente y consistido simplemente en tener hijos y dar apoyo a unas cuantas causas dignas y exentas de riesgo.

Podría haberse acomodado a una vida de cuidados y lujos, adulada por los miembros de la corte, mientras evitaba llamar la atención. Pero cabía la posibilidad de hacer mucho más y esa perspectiva encajaba mejor con la personalidad y la actitud de Diana.

No entraba en sus planes asentarse en una vida de placeres inútiles. Siempre estuvo dispuesta a ir más allá de los límites establecidos con tal de generar efectos positivos en quienes la rodeaban.

Mientras su carrera, por así decir, se desarrollaba de forma natural, sus valores esenciales nunca flaquearon. Había crecido con un claro objetivo en mente: casarse por amor.

Estaba segura de que era lo más importante con el fin de evitar el divorcio, que nuestros padres no supieron evitar, y poder dedicarse en cuerpo y alma a los hijos que siempre anheló tener.

En todas partes se narra que Diana tuvo una infancia infeliz. Sin embargo, eso no se corresponde con la niña que yo conocí. Mi hermana fue objeto de un gran amor parental y, por ende, creció segura en un hogar principalmente acogedor y cariñoso.

Quizá nuestros padres no verbalizaran a menudo cuánto nos querían, porque así es como actuaban las personas de su clase y de su época, pero sentíamos que lo hacían.

También fue claramente feliz con sus compañeros de escuela, a pesar de que arrastraba la terrible carga de unas dificultades de aprendizaje no diagnosticadas que convirtieron su vida académica en un duro panorama carente de orientación.

'El canto del cisne': la verdad sobre la princesa Diana en voz de su hermano, Charles Spencer

En cierto modo, el objetivo de El canto del cisne es contar la verdad sobre Diana desde la perspectiva de un hermano, igual que intenté hacerlo cuando hablé en su funeral.

Ella merece mis mayores esfuerzos a la vista de la gran cantidad de invenciones y medias verdades simplistas que se cuentan por ahí. Nunca he leído una biografía suya, pero lo que me ha llegado en forma de breves extractos a través de los periódicos no se corresponde para nada con lo que sabía y sé. Todo ello destaca por su gran inexactitud.

Así pues, ¿por qué escribir esto ahora? Con el trigésimo aniversario de su muerte a la vista, de nuevo he rechazado una y otra vez innumerables invitaciones para aparecer en documentales sobre ella; y pensé: «¿Sabes qué? En vez de plantearme la posibilidad de aparecer sin más en un programa que sin duda seguirá el habitual patrón sesgado y adaptarme a la agenda estipulada por un productor a quien no llegaré a conocer, o por una cadena de televisión que no veré jamás, voy a contar las cosas tal como yo las recuerdo y a dejarlas claras de una vez por todas».

Como ocurrió con mi panegírico, quiero hablar en nombre de Diana. Lo hago de un modo abiertamente positivo. No voy a analizar en detalle cada uno de los aspectos de la vida de mi hermana con intención de criticar, y mi ánimo al respecto dista mucho de fingir que era perfecta. Por supuesto que no lo era, tal como reconocí sin tapujos el día que pronuncié el discurso.

Sin embargo, tengo claro que muchos de los aspectos que la llevaron a la ruptura con cuantos la rodeaban, incluyéndonos a mí y al resto de la familia cercana en muchas ocasiones, tienen su origen en la presión sin igual que debió soportar durante sus años de fama.

Muchas de esas situaciones estresantes eran insufribles, y la aplaudo por haberlas sobrellevado. Dadas las circunstancias, difícilmente podría haberlo hecho mejor.

También quiero hacer esto porque tengo más de sesenta años y una conciencia cada vez mayor de mi propia mortalidad, puesto que ni mi padre ni mi madre llegaron a los setenta. Sin ánimo de caer en el dramatismo, no sé cuánto tiempo me queda para narrar esta historia, así que no me cabe duda de que mi deber es dejarla escrita, a modo de mi propio canto del cisne.

Soy autor de ocho libros de historia y un volumen de memorias, pero esta es la obra que más me importa. En cierto modo, es como si las nueve publicaciones anteriores me hubieran guiado hasta aquí sin que me haya dado cuenta antes de esa progresión inevitable.

Espero que este libro interese a todos los que aún guardan con cariño el recuerdo de Diana en vida, y me encantaría que, después de leerlo, quienes eran demasiado jóvenes para recordarla en sus mejores años sientan que por fin comprenden quién fue realmente: una persona única y llena de vitalidad, amor, carisma e inseguridades que vivió la vida con una intensidad extraordinaria y dejó el mundo mucho mejor de como lo encontró, a pesar de haberlo abandonado demasiado pronto.

Alcanzó todo eso pese a no haber logrado experimentar la clase de amor profundo que siempre anheló. Por ello merece respeto y ovación, y le ofrezco ambas cosas en las páginas de El canto del cisne.

Charles Spencer


*Nota del editor: Se agregaron subtítulos a manera de descansos visuales para facilitar la lectura. El texto original enviado por Penguin Random House es corrido.

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