La infancia de Juan Gabriel

Parácuaro, pueblo de la tierra caliente michoacana cuenta con un hijo pródigo que ha sido aclamado alrededor del mundo. Alberto Aguilera Valadez, más tarde Juan Gabriel, nació aquí hace 66 años.
Parácuaro, pueblo de la tierra caliente michoacana cuenta con un hijo pródigo que ha sido aclamado alrededor del mundo. Alberto Aguilera Valadez, más tarde Juan Gabriel, nació aquí hace 66 años.
 Parácuaro, pueblo de la tierra caliente michoacana cuenta con un hijo pródigo que ha sido aclamado alrededor del mundo. Alberto Aguilera Valadez, más tarde Juan Gabriel, nació aquí hace 66 años.
Por agradecimiento se puso el nombre de Juan Gabriel en honor a su benefactor Juan Contreras y su padre Gabriel Aguilera.
 Por agradecimiento se puso el nombre de Juan Gabriel en honor a su benefactor Juan Contreras y su padre Gabriel Aguilera.  (Foto: Publicada en la revista Quién Edición 114/Grace Navarro p...)

Juan Ga­briel na­ció preo­cu­pa­do. Si trae a la me­mo­ria sus pri­me­ros re­cuer­dos, se ve a sí mis­mo ha­cién­do­se pre­gun­tas. Cuen­ta que se po­nía a pen­sar: ¿qué se­rá de mi ma­dre?, ¿qué se­rá de mí mis­mo?, ¿cuán­to tiempo más es­ta­ré en el in­ter­na­do?

Con una vi­da iti­ne­ran­te, pri­me­ro Pa­rá­cua­ro, des­pués Apat­zin­gán, lue­go Mo­re­lia y fi­nal­men­te Ciu­dad Juá­rez, el ni­ño Al­ber­to Agui­le­ra lo­gró es­ta­bi­li­dad man­te­nien­do la ca­be­za fir­me. Su in­fan­cia fue muy cor­ta. "De ni­ño yo era vie­jo", declaró en una ocasión.


Esta casa aún es conservada por el ayuntamiento. Aquí Victoria Valadez dio a luz a su décimo hijo, ahora conocido como Juan Gabriel.
 Esta casa aún es conservada por el ayuntamiento. Aquí Victoria Valadez dio a luz a su décimo hijo, ahora conocido como Juan Gabriel.  (Foto: Publicada en la revista Quién Edición 114)

En su pue­blo na­tal, el pri­me­ro de la ru­ta, ape­nas pa­só siete meses de su vi­da. Era el más pe­que­ño de los 10 hi­jos de Vic­to­ria Va­la­dez y ahí vi­vió su pri­me­ra pér­di­da. Su pa­dre, Ga­briel Agui­le­ra, que­ma­ba un pastizal pa­ra lue­go po­der sem­brar maíz, pe­ro un día el fue­go se ex­ten­dió al te­rre­no de jun­to, lo que le pro­du­jo un gol­pe emo­cio­nal del cual nun­ca se re­cu­pe­ró y tu­vo que ser in­ter­na­do en el hos­pi­tal psiquiátrico La Cas­ta­ñe­da.

El res­to son es­pe­cu­la­cio­nes. Al­gu­nos ase­gu­ran que don Ga­briel es­ca­pó y bus­có a su fa­mi­lia en Pa­rá­cua­ro, pe­ro que nunca la en­con­tró por­que ya se ha­bía marchado a Juá­rez. Se dice, también, que al salir deambuló sin rumbo fijo. Otros más co­men­tan que mu­rió en el mis­mo hos­pi­tal.


En la imagen de la izquierda Juan Gabriel con su hermana Virginia en Ciudad Juárez; Juan Gabriel a los 17 años de edad.
 En la imagen de la izquierda Juan Gabriel con su hermana Virginia en Ciudad Juárez; Juan Gabriel a los 17 años de edad.  (Foto: Publicada en la revista Quién Edición 114/Cortesía Archiv...)

Ávi­do de li­ber­tad

Des­pués de es­te do­lo­ro­so suceso, co­men­zó el pe­re­gri­na­je de la fa­mi­lia Agui­le­ra Valadez, que ter­mi­nó en Ciu­dad Juá­rez, Chihuahua, don­de el can­tan­te, des­de muy pe­que­ño, se to­pó con su des­ti­no: "Mi ma­má no po­día con­mi­go, pien­so que por eso me lle­vó al in­ter­na­do. An­tes que ser ma­dre era mu­jer y eran sus mejores años".

En oca­sio­nes Vic­to­ria lo iba a vi­si­tar y lo llevaba a la casa donde trabajaba de sirvienta. Entonces Juan Gabriel le po­nía se­gu­ro a la puer­ta del cuar­to pa­ra que no pu­die­ran sa­lir y no lo lle­va­ran más a ese encierro. Por cier­to, cuando se volvió famoso, el can­tan­te com­pró la vi­vien­da.

Aun­que los in­ten­tos del jo­ven por re­cu­pe­rar su li­ber­tad fue­ron en va­no, a ve­ces lo­gra­ba es­ca­bu­llir­se y estar fue­ra por va­rios días, en los que tra­ba­ja­ba pa­ra po­der sub­sis­tir. La­va­ba co­ches, le car­ga­ba la bol­sa de las com­pras a las se­ño­ras... En fin. Po­co le du­ra­ba el gus­to por­que en cuan­to lo des­cu­brían, lo lle­va­ban de nueva cuenta al in­ter­na­do.

En una de esas es­ca­pa­das, Alberto lle­gó a Parácuaro, a la tien­da de don Efrén, un mi­choa­ca­no de ascenden­cia es­pa­ño­la que se sor­pren­dió mu­cho con la pre­sen­cia del muchacho, pues no sabía cómo había llegado hasta ahí. Sin embargo, de esos viajes tan largos, de Juárez a Parácuaro o a Acapulco o sabrá Dios a dónde más, pudo haber salido la can­ción "Den­me raid".

En otra ocasión Alberto estaba en la en­tra­da de la mis­ce­lá­nea leyendo una historieta de El Lla­ne­ro Solitario cuan­do co­men­zó una ba­la­ce­ra "y el mu­cha­cho no se mo­vía has­ta que lo ja­lé y le di­je ‘ven­te para acá'", recuerda el tendero. Dé­ca­das des­pués, el joven, convertido en Juan Ga­briel, le man­da­ba a don Efrén pos­ta­les con las fo­tos de los lu­ga­res que co­no­cía, las cuales el viejo aún conserva.

Co­no­ce a su benefactor

Pe­se a la re­sis­ten­cia de Al­ber­to de per­ma­ne­cer en el in­ter­na­do, fue en es­te lu­gar don­de en­con­tró su vocación. Ahí te­nía un maes­tro de nom­bre Juan Con­tre­ras que da­ba cla­ses so­bre có­mo ha­cer ar­te­sa­nías. El hom­bre se es­ta­ba que­dan­do sor­do y los alum­nos se reían de él, ex­cep­to Juan Ga­briel: "Me da­ba pe­na. Có­mo me iba a bur­lar, él me en­se­ña­ba co­sas, me de­cía que yo no era co­mo los de­más ni­ños", y de ahí nació una lar­ga amis­tad.


En 1972 cuando la suerte de Juan Gabriel comenzaba a cambiar, aquí con su mamá Doña Vitoria y su tío Gabriel.
 En 1972 cuando la suerte de Juan Gabriel comenzaba a cambiar, aquí con su mamá Doña Vitoria y su tío Gabriel.  (Foto: Publicada en la revista Quién Edición 114/Cortesía Archiv...)

Cu­rio­sa­men­te Juan era afi­cio­na­do a la mú­si­ca y en una ho­ja le di­bu­ja­ba a Alberto las te­clas de un pia­no, con eso le ex­pli­ca­ba las no­tas mu­si­ca­les. Tam­bién le en­se­ñó a to­car la gui­ta­rra. Él fue el úni­co que su­po por bo­ca del pro­pio can­tan­te la tris­te­za que és­te sen­tía por la le­ja­nía de su ma­dre.

Una tar­de, al sa­car la ba­su­ra del in­ter­na­do, Juan Ga­briel de­ci­dió huir. Te­nía 13 años. "Ya no aguan­té. La liber­tad es un de­ber, por eso me sa­lí." Des­de lue­go, co­rrió a bus­car a Juan Con­tre­ras, con quien se que­dó a vi­vir. Am­bos ven­dían ar­te­sa­nías de ma­de­ra, mim­bre y ho­ja­la­ta que ellos mis­mos ha­cían. Un año des­pués, Juan Ga­briel bus­có a su ma­dre y a su her­ma­na Vir­gi­nia, a quie­nes ayu­dó en el ne­go­cio de ha­cer bu­rri­tas de tor­ti­llas de ha­ri­na pa­ra ofre­cer­las en el cen­tro de Ciu­dad Juá­rez.

En es­tos tiem­pos, fue cuando Juan Ga­briel com­pu­so su pri­me­ra can­ción: "La muer­te del Pa­lo­mo". Su her­ma­no Jo­sé Gua­da­lu­pe no le creía que fue­ra de él. Lo de can­tar es­ta­ba bien, pe­ro ya es­cri­bir un te­ma le pa­re­cía una exa­ge­ra­ción de adolescente.

*Artículo publicado en la edición 114 de la revista Quién. Por Ana Ávila con colaboración de Jessica Sáenz, Katya Segura, Yessica Cancino López-Dóriga y Guillermo Alvarado.

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