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Nuestras Historias

La vida íntima de los Obama

En la casa del ahora presidente de los Estados Unidos había un teatro infantil en la sala, las mejores pláticas familiares tenían lugar en la cama de los papás.
viernes 22 agosto 2008
En la casa del ahora presidente de los Estados Unidos había un teatro infantil en la sala, las mejores pláticas familiares tenían lugar en la cama de los papás.
Casa Obama En la casa del ahora presidente de los Estados Unidos había un teatro infantil en la sala, las mejores pláticas familiares tenían lugar en la cama de los papás. (Foto: Martin Schoeller)
Malia de 10 años, Michelle, de 44, Barack, de 46, y Sasha, de 7, disfrutan de sus últimos días de su casa en Chicago.
Malia de 10 años, Michelle, de 44, Barack, de 46, y Sasha, de 7, disfrutan de sus últimos días de su casa en Chicago.

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Oh”, dice Michelle Obama , la esposa del candidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos, al ver un panda de peluche tirado junto a la chimenea de mármol en la sala de su casa en Chicago. “Ése no es su lugar. Es parte de la representación de Kung Fu Panda que hicieron ayer aquí las niñas”. En la habitación conjunta, su hija Sasha toca las notas de “Li’l Liza Jane” en un piano de cola infantil, con la ayuda de su libro de ejercicios. No es hasta que la pequeña de siete años salta descalza hacia la puerta principal que uno recuerda que la casa de tres pisos no pertenece a una familia cualquiera. Un agente del servicio secreto, ubicado en el comedor, susurra bajo la manga: “terraza de enfrente”.

Ahora, la terraza de enfrente de Sasha y de su hermana mayor Malia, de 10, será el Balcón Truman de la Casa Blanca. Su padre, Barack Obama , senador de Illinois, de 46 años, cuyas promesas de esperanza y cambio tienen maravillados a los demócratas, hará historia al convertirse en el primer presidente negro del país. Llegará a la Casa Blanca con dos de las personas más jóvenes que han habitado este lugar en más de 30 años, desde que Amy Carter se mudó ahí en 1977, a los nueve años. La historiadora presidencial, Doris Kearns Goodwin, considera a la joven familia del candidato como parte de su encanto: “Sus encantadoras hijas simbolizan la esperanza de un cambio de guardia”.

Pero los Obama buscan proteger la privacidad de sus hijas. El senador incluso se arrepintió por dejar que Access Hollywood las entrevistara. Michelle, de 44 años, confiesa que las niñas le hacen muchas preguntas sobre el futuro: “‘¿Cómo es vivir en la Casa Blanca?’ Pero realmente no sabemos”. Según Barack, la carrera por la presidencia no ha afectado a sus hijas: “Estoy muy contento por la tranquilidad que han mostrado ante toda la situación”.

Durante los últimos tres años, la familia ha vivido en una casa de estilo antiguo, de seis recámaras, ubicada a unas cuadras de la Universidad de Chicago, al sur de la ciudad. El oscuro primer piso, cubierto de madera y decorado con arte asiático y africano que han recolectado durante sus viajes, lo utilizan más bien cuando hay visitas. Los libreros del estudio están llenos de novelas en pasta rústica, y presumen una fotografía de la familia, tomada por Annie Leibovitz. En el comedor sobresale una lámpara que no combina. “Sé que está mal –dice Michelle–, llevo dos años queriéndola cambiar.”

Y en verdad no ha habido mucho tiempo para decorar desde que Barack y Michelle Obama liquidaron sus préstamos estudiantiles y compraron la casa por 1.65 millones de dólares en 2005, gracias al dinero obtenido de las ventas de sus exitosas memorias. Barack entonces se mudó de la sede del senado de Illinois al Capitolio, en Washington D.C., desde donde lanzó su apuesta presidencial. Mientras tanto, Michelle se encargaba de sus dos hijas y de su trabajo como ejecutiva en un hospital, hasta que lo dejó, en enero pasado, para apoyar la candidatura de su esposo. ¿Tenía esto en mente la pareja de abogados formados en Harvard cuando se casó en 1992? “Ooooh no... para nada. Para mí la vida se resumía en casarme, tener hijos y comprar una casa”, plantea Michelle, hija de un trabajador de la ciudad y de una mujer dedicada al hogar. “Pensé que Barack sería socio de una firma de abogados, maestro o que trabajaría para la comunidad; que veríamos a nuestras hijas ir a la universidad, luego iríamos a sus bodas y cuidaríamos de nuestros nietos; y ya.” ¿Y ahora? Encoje los hombros, abre bien los ojos y contesta: “No lo sabemos”.

EL DÍA A DÍA AL INTERIOR DE LA CASA Lo que sea que les depare el futuro, los Obama quieren una vida estable y una rutina para sus hijas, algo que Barack, abandonado por su padre keniano a los dos años, no tuvo. Él dividía su tiempo con su madre, que se mudó a Indonesia, y sus abuelos, que vivían en Honolulu. “Nuestra infancia fue de mudanzas y aventuras pero de muy poca estabilidad”, dice Maya Soetoro–Ng, de 38 años, media hermana de Obama. “Barack quiere para sus hijas un arraigo y una comunidad que él nunca tuvo.”

Al acomodarse en el sillón de la sala para tomarse una foto, las mujeres se amontonan sobre el único hombre de la familia. Michelle se burla de Barack, quien tiene cada vez menos pelo, pero él no tarda en responder: “Bueno, Sasha no tiene dientes”. Entonces Malia, sin pensarlo dos veces, contraataca: “Pero ve tu cabeza”. “Buena respuesta”, dice Michelle. Y apenas después de la primera toma, Sasha regaña a su padre: “¡No sonreíste!”. Barack voltea y lo hace. “Son simplemente encantadoras –afirma el candidato–, me hacen feliz.” Las niñas pueden ser irreverentes, pero están bien educadas. “Tenemos reglas”, comenta Michelle, como no subirse con zapatos a los muebles del primer piso; sin embargo, en el cuarto de juegos del tercer nivel, el sillón sirve de trampolín. “Las reglas son diferentes en cada parte de la casa”. En la cocina las niñas deben poner y quitar la mesa. Marian Robinson, de 71 años, madre de Michelle, saca la comida que compraron en Subway. En estos días en que Barack está ausente –“98 por ciento del tiempo”, según estima Marian–, y con Michelle haciendo campaña dos o tres días por semana, la abuela lleva a las niñas al curso de verano y se encarga, con menor rigor del que sus padres qusieran, de que cumplan con el horario nocturno de televisión y de irse a la cama, en punto de las 8:30 pm. Como le confesó el año pasado a People, Robinson es un poco más relajada, pero “no se lo digan a él porque no soporta que se vea tanto la televisión”. Que pena, señora Robinson, pero “él” lo sabe. En la parte trasera del camión de campaña, mientras esperamos que deje de granizar, en Butte, Montana, Barack nos cuenta cómo, gracias a la abuela, Malia ha visto reportes de la campaña por televisión. “Cuando criticaron a Michelle, ella nos preguntó: ‘¿Qué fue todo eso?’ Y hablamos del tema con ella”, dice el candidato. Por suerte, comenta con una sonrisa, “ella está totalmente convencida de lo maravillosa que es su madre”. Mientras papá está de gira, las mujeres de Obama llevan un horario ajetreado: futbol, danza y teatro para Malia, gimnasia y tap para Sasha, y clases de tenis y piano para ambas. Tres veces a la semana, Michelle se las arregla para hacer 90 minutos de ejercicio. Alta y de buen tono muscular, asegura que ve una mujer sana cuando se mira en el espejo. FUTURO INCIERTO PERO FELIZ Han quedado muy atrás los días en que Michelle y Barack dividían las tareas del hogar. “Yo hacía las cuentas, las reparaciones de la casa y del coche, y las compras”, dice Barack. “A veces lavaba la ropa, pero no la doblaba.” “En realidad no ayudaba en mucho”, dice Michelle, pero sólo bromea: sabe que tiene el futuro de la familia —y del país— en mente. “No basta con darles a nuestras hijas una vida sana. Si no viven en un mundo donde otros niños tengan las mismas oportunidades, comienzo a preocuparme por los hijos de todos.”

Malia y Sasha ya conocen la Casa Blanca. Fueron en 2005, pero estaban aburridas, recuerda Michelle, hasta que apareció Barney, el perro del presidente Bush. “Llevan una vida maravillosa en Chicago –dice Barack–, sé que una parte de ellas no sufrirá tanto si las cosas no funcionan.” Los Obama están seguros que esta experiencia es buena para ellas y para su matrimonio de 15 años. “El tiempo, el amor, el sacrificio y las dificultades te hacen más fuerte”, dice Michelle. A lo que Barack añade: “Si pensara que todo esto podría afectar a mi familia, jamás lo hubiera hecho”.

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