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Punta Mita, 5 días de disfrute total y muchas ganas de regresar

Entre un condominio frente al mar y una estancia en el icónico St. Regis Punta Mita, descubrimos que este rincón de Nayarit se disfruta mejor con calma, buena mesa y cero prisa.
Punta Mita
Punta Mita (Cortesía)

Hay lugares que te piden que los visites y otros que te piden que te quedes. Punta Mita es de los segundos. Llegamos de la CDMX a Puerto Vallarta con el vuelo directo de Aeroméxico, con la maleta ligera y la agenda en blanco, y a los cuarenta minutos de carretera ya estábamos en la comunidad residencial más codiciada de la costa, de la mano del Desarrollo Punta Mita y The St. Regis Punta Mita Resort, que nos mostraron las dos caras de este paraíso: la del hogar frente al mar y la del hotel de lujo.

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La primera parada fue el condominio, y el plan era no tener plan. Comimos junto al mar en Pacífico Beach Club, volvimos a la mesa para cenar ahí mismo, y confirmamos que la mejor forma de empezar unas vacaciones es dejar que el día se desarme solo.

 Pacífico Beach Club Punta Mita
La primera parada fue el condominio, y el plan era no tener plan. Comimos junto al mar en Pacífico Beach Club, volvimos a la mesa para cenar ahí mismo, y confirmamos que la mejor forma de empezar unas vacaciones es dejar que el día se desarme solo. (Instagram @puntamita)

Al siguiente amanecer desayunamos en The Deck, con vista al campo de golf, y la idea era salir a navegar por la península con snorkel y paddle board.

Punta Mita
Al siguiente amanecer desayunamos en The Deck, con vista al campo de golf, y la idea era salir a navegar por la península con snorkel y paddle board. (Instagram @puntamita)

La comida fue en El Surf Club, de esas sobremesas que se estiran hasta que el sol decide por ti, y la noche cerró en La Rústica con la clásica cena que se alarga porque nadie quiere pararse.

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El viernes cambiamos de piel. Con un último desayuno frente al mar en el condominio, hicimos el traslado al St. Regis Punta Mita, y aquí el lujo se sintió distinto. Mientras llegaba la hora del check-in, nos esperaba una cabaña reservada en Sakana, perfecta para almorzar sin mirar el reloj.

St. Regis Punta Mita
El viernes cambiamos de piel. Con un último desayuno frente al mar en el condominio, hicimos el traslado al St. Regis, y aquí el lujo se sintió distinto. (Cortesía )

Al caer la tarde, el lobby se convirtió en escenario para el Ritual de Sabrage, ese gesto teatral de abrir una botella de champaña con sable que hace que cualquier plan de jueves parezca fiesta de gala. La cena en Carolina fue la mejor forma de cerrar un día que, hasta ahí, ya iba perfecto. Fuimos de los primeros en conocer este nuevo steakhouse y solo podemos decir ¡guau!

El sábado fue de pura gozadera. Desayuno en Las Marietas o room service, seguido de playa y alberca frente al mar, que es básicamente el plan completo. A la una llegó uno de los momentos más esperados, el Ritual del Bloody Mary en el bar de Las Marietas, que convirtió la mañana en brunch con ceremonia.

St Regis Punta Mita
Desayuno en Las Marietas o en la habitación (sí, ambas opciones son igual de válidas), seguido de playa y alberca frente al mar, que es básicamente el plan completo. (Cortesía)

Después, almuerzo en Catch of the Day Market, más tiempo libre para no hacer absolutamente nada, y una cena en Mita Mary con fogata en la playa. Arena, fuego, estrellas y conversación: esa es la receta.

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El domingo, el cierre llegó en modo zen. Un Sound Bath en The St. Regis Spa nos dejó con la cabeza en blanco y la energía recargada, justo lo que necesitábamos antes de un último desayuno sin prisa y unas horas más de sol. A la una hicimos check-out, con el pendiente de que cinco días se sienten como dos, y rumbo al aeropuerto de Puerto Vallarta para volar a la Ciudad de México de la mano con Aeroméxico.

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El domingo, el cierre llegó en modo zen. Un Sound Bath en The St. Regis Spa nos dejó con la cabeza en blanco y la energía recargada, justo lo que necesitábamos antes de un último desayuno sin prisa y unas horas más de sol. (Cortesía)

Punta Mita no se presume, se vive. Es lujo sin ruido, es mesa larga, es mar de fondo y es ese apapacho que una no sabía que necesitaba hasta que lo tiene enfrente. Si algo nos llevamos de este viaje es la certeza de que, a veces, el mejor plan es el que no tiene hora de salida.

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