Hay algo extraño en volver de vacaciones. Hace apenas unos días estabas despertando en otra ciudad, probando restaurantes nuevos, caminando calles que no conocías y pensando únicamente en qué ibas a hacer después. De pronto, estás otra vez frente a una maleta abierta, con ropa por lavar y decenas de correos esperando respuesta.
Viajar tiene una capacidad muy particular de alterar nuestra percepción del tiempo. Durante unos días, todo parece diferente: desayunamos más lento, caminamos más, observamos cosas que normalmente ignoraríamos y hasta sentimos que tenemos una versión distinta de nosotras mismas.
Y quizá por eso volver puede sentirse tan raro.