Con 17 años, Gilberto Mora ya carga con la etiqueta de la nueva promesa del futbol mexicano. Hoy, además, hace historia como el jugador nacional más joven en disputar una Copa del Mundo. Sin embargo, avanza con calma, guiado por su familia, rumbo a lo que parece ser un brillante futuro.
El sueño cumplido de Gilberto Mora: así llegó la joya mexicana al Mundial 2026
Aunque hoy su nombre ocupa titulares como la nueva joya del futbol mexicano, se vuelve tendencia tras cada partido de los Xolos de Tijuana y forma parte de la Selección Mexicana que disputa el Mundial de 2026, hubo un tiempo en que otro Gilberto Mora —su papá— dejó una huella imborrable en la historia del club Jaguares de Chiapas.
En la última jornada del Clausura 2003 cuando un gol de tiro libre suyo salvó al equipo del descenso y quedó grabado en el corazón de la afición.
Fue justamente en Chiapas donde nació Gil “Morita”, como le llaman de cariño, y donde comenzó su propia historia. No vivió mucho tiempo en Tuxtla Gutiérrez, pero recuerda con afecto sus orígenes. Su amor por el futbol nació ahí: era seguidor del equipo local y, aunque era muy pequeño, guarda buenos recuerdos de aquella etapa.
El destino —a veces caprichoso en el mundo del futbol— llevó a la familia Mora a Tijuana, donde todo cambió para siempre. Una vez más, Gilberto Mora Olayo marcó un antes y un después dentro del club donde jugaba: ganó el título del Apertura 2010 de la Liga de Ascenso y logró llevar a los Xolos a Primera División, categoría en la que el equipo permanece hasta hoy.
Ese fue solo el inicio de la historia de los Mora con Tijuana. El ahora ex futbolista se convirtió en director técnico de las categorías inferiores del club, justo cuando su hijo comenzaba a brillar con luz propia. Fue él quien le dio la oportunidad de debutar en 2019 con la categoría Sub-13.
La influencia de Gilberto Mora Olayo en la formación de su hijo no pasa desapercibida para quienes lo conocieron dentro del futbol. Fernando Quirarte, ex mundialista mexicano y ex entrenador de Jaguares de Chiapas, dirigió al padre de Gil durante su etapa como futbolista y reconoce en esa figura una de las claves del crecimiento del joven mediocampista.
“Yo tuve la fortuna de conocer a su papá. Lo dirigí en Jaguares de Chiapas y sé que Gilberto tiene un referente muy importante en él. Era un profesional y creo que tiene ahí un gran guía que le va a servir mucho para su carrera”, asegura.
Para Quirarte, el llamado a la Selección es apenas un paso más dentro de un proceso que debe construirse con paciencia. “Es un jugador joven, pero que se ha comportado como si tuviera muchos años jugando. Las cualidades las tiene; lo importante es no apresurarlo y darle tiempo al tiempo”.
Así, el meteórico ascenso de Gil Mora dentro del futbol ha estado acompañado del apoyo y la guía de su papá, dentro y fuera de la cancha. Es en ese entorno familiar donde nos encontramos con él: llega acompañado de sus padres, quienes —visiblemente orgullosos— lo felicitan por haber sido reconocido dentro de nuestra lista Quién 50, los personajes que transforman a México.
Hay algo que se percibe de inmediato al conocerlo: con apenas 17 años, Gil muestra una madurez poco común para alguien que vive el sueño de cualquier chico de su edad. Camina con calma, escucha con atención y parece siempre concentrado en algo concreto.
—¿Viste jugar a tu papá? —le pregunto mientras montamos el equipo de fotografía para la sesión en la cancha del Estadio Caliente.
—Estaba muy chiquito, pero sí. También he visto videos. El del tiro libre con el que se salvaron —responde con una sonrisa.
El futbolista sensación confiesa que este es su primer shooting de este tipo: sin uniforme ni compañeros de equipo. Solo él y su lado más personal. Aun así, lo toma con naturalidad. Cuenta que cada vez está más acostumbrado a la prensa y sorprende la serenidad que transmite.
La impresión no es exclusiva de quienes lo conocen por primera vez. Sebastián Abreu, actual técnico de Xolos de Tijuana, convive con él todos los días y considera que gran parte de lo que hace diferente a Gilberto no ocurre dentro de la cancha.
“Es un caso totalmente excepcional, atípico. Se da muy pocas veces en una edad de adolescencia. Lo afronta con una madurez extremadamente responsable, consciente, con compromiso, profesionalismo, dedicación y pasión, sin perder sus valores ni sus prioridades en la vida”, explica.
El técnico uruguayo destaca que, además de las horas que dedica a su preparación física, Gil mantiene sus estudios y conserva una disciplina poco común para un futbolista de su edad.
“Todos estos valores y virtudes tienen mucho que ver con la casa, con sus papás, con la formación que recibió. No deja de asombrar las actitudes que tiene”, agrega.
Cuando hablamos de su presente, no duda: lo que más lo mueve es poder hacer lo que ama. Los más de 27 mil aficionados que se dan cita cada quince días para verlo jugar, lejos de representar presión, son un impulso.
“Me siento muy feliz de poder hacer lo que me gusta y ahora que lo hago con un estadio lleno, me pone muy feliz y contento”.
Esa parece ser la constante en Gilberto: nada estridente, nada exagerado; solo la satisfacción de un joven que entiende lo afortunado que es y decide vivirlo con calma. Al hablar de convertirse en inspiración para niños más pequeños, vuelve a la misma línea:
“Me pone muy feliz, orgulloso de lo que he hecho. Poder ser un ejemplo para esos niños me pone muy contento”.
Ahora, con el Mundial 2026 a la vuelta de la esquina, Gilberto tiene claro que la afición será una pieza fundamental para alcanzar los objetivos que se han planteado como selección nacional.
“Agradecido porque siempre están ahí apoyándonos pase lo que pase. Ese día no será la excepción; vamos a dar todo en la cancha para que estén orgullosos de nosotros”.
Para un joven mexicano de 17 años, la magnitud del momento podría resultar abrumadora. Gilberto, sin embargo, se aferra a lo esencial: sus raíces, su familia y esa identidad mexicana que lleva con orgullo. En unas semanas estará en el escenario más importante del futbol mundial representando a México en casa, pero su manera de entender el éxito sigue siendo la misma.
Cuando le pido completar la frase “Un mexicano, además de ser chingón, es…”, su respuesta es tan sencilla como honesta:
“Somos unidos, muy unidos”.
Lo dice convencido, porque es algo que ve todos los días.
“Siempre nos apoyamos los unos a los otros y, a pesar de las adversidades, siempre estamos ahí”.
Cuando hablamos de su futuro, Gilberto no habla de títulos, fichajes millonarios ni reconocimientos. Su respuesta revela la esencia de alguien que todavía está construyendo su camino, paso a paso, sin prisas ni distracciones:
“Me visualizo siendo feliz en lo que hago y siendo una buena persona fuera del campo. En lo deportivo, espero no tener tope nunca”.
Después de un par de horas entre fotografías, risas y el calor de Tijuana, llega el momento de despedirnos. Gilberto se levanta, agradece con una sonrisa y se aleja por uno de los pasillos del Estadio Caliente. A unos metros lo esperan sus papás, quienes lo reciben con un abrazo y una palmada en la espalda.
Mientras lo vemos irse, es inevitable pensar en todo lo que está por vivir. Con apenas 17 años, Gilberto Mora está a punto de convertirse en el futbolista mexicano más joven en disputar una Copa del Mundo, un escenario que cualquier jugador imagina desde niño.
Y no será en cualquier lugar. Será en casa, en la tercera ocasión en la que México recibe un Mundial y en un entorno donde inevitablemente siempre se sueña con algo histórico.