Reconstruir esa noche fue una tarea contra reloj
Uno de los personajes que más lo obsesionó fue Arturo Vega. En 1971 fue detenido mientras iba vestido de mujer. La prensa lo exhibió públicamente y le cortaron el cabello tras la redada. Años después emigró a Nueva York y terminó diseñando el legendario logo de The Ramones.
“Me parece una venganza muy bella”, dice Cabrera. “Un personaje queer, humillado por el sistema, termina creando uno de los símbolos más importantes del punk”.
Reconstruir la historia le tomó más de diez años. A veces, dice, sentía que estaba corriendo contra el tiempo. “Era una carrera contra el olvido y contra la muerte”, cuenta. “Había personas a las que iba a buscar y me decían: ‘Se murió la semana pasada’”.
Muchos de los involucrados ya eran ancianos cuando los entrevistó. Otros prefirieron guardar silencio hasta el final, aferrados a una imagen pública impecable. “Había quienes me decían: ‘Yo jamás probé mota, jamás tomé’. Y me parece válido. Al final son decisiones personales”.
Pero también hubo quienes se abrieron por completo. Rafael Cabrera habla de ellos con una mezcla de nostalgia y cariño, como si todavía siguiera pasando tiempo con aquella pandilla improbable de hippies, músicos y artistas. “Cuando escribí el libro sentí que había pasado seis meses con mis amigos”, dice.
“Quería que tuviera algo de eso: de las tonterías que haces en la prepa, de estar con tus amigos, de reírte”. Quizá por eso Redada en una fiesta hippie se siente distinto a otros libros periodísticos sobre México. Aunque habla de represión, abuso policial y prejuicios, también está atravesado por la fiesta, la amistad y el deseo de vivir.
“Muchas veces el periodismo es narco, política y cosas horribles”, reflexiona Rafa Cabrera. “Y sí, esa es parte de la realidad, pero no es toda. ¿Dónde queda el arte? ¿Dónde queda el amor? También necesitamos eso para mantenernos vivos”.