La entrevista completa con Edith González, así descubrió que tenía cáncer

En una plática muy emotiva con Karla Iberia Sánchez, la actriz relata cómo ha afrontado su padecimiento al lado de sus dos motores: su hija Constanza y su esposo Lorenzo Lazo.
Edith González para Quién
 Edith González para Quién  (Foto: Enrique Covarrubias.)

Edith, antes de comenzar la plática, apago la grabadora. Le pregunto dos cosas. Una de ellas, cuántos actos tiene una puesta en escena y cuántos actos tendría nuestra plática: su salud aún es frágil. Responde, sagaz: "Esta obra es un acto infinito". La segunda pregunta se desdobló en 100 más. "¿Por qué estamos sentadas aquí, Edith?"

ALGO SE MOVIÓ
Segundo trimestre de 2016. Edith González estaba a horas de iniciar una gira de promoción de su última producción. El dolor de espalda –que iba de punzadas a cuchilladas– habría inmovilizado a cualquiera menos a ella, acostumbrada a jornadas extenuantes desde los cinco años. Hasta que en un paseo con su hija Constanza, un movimiento brusco hizo surgir de las profundidades a la mole. Entonces el dolor de espalda fue del tamaño de una losa de hormigón. Decidí consultar a mi médico, un extraordinario gastroenterólogo mexicano. –"Oiga, doctor, traigo un dolor que ya no aguanto". Me vio aparecer en el consultorio, y vi su rostro. Me dice: "Güera, estás ceniza, muy flaca". Yo le dije: "Pues sí, es que vengo de Miami". Tú sabes que una jornada laboral para un actor de televisión o series son 12 horas. Trabajaba 12 horas –normal–, pero siempre hay mucho problema con el catering. Yo tomaba diario atún. Pensaba que ése era el motivo. No entendí que estaba demasiado delgada. Yo dije: "Está exagerando". Pensé: "Como bailo, traigo desgarres". Me tomaba una pastilla de estas supra-anti- dolor, y cuando la pastilla comenzó a fallar, dije: "Ay, pero si yo no me enfermo". Los actores no tienen permiso de enfermarse. Cuando de miércoles a miércoles la pastilla falló y no pude tomar la clase de baile, acudí por ayuda. Después de verme y escuchar los síntomas, inmediatamente me envió a sacar el antígeno. Gracias a él, estoy viva. A partir de ese momento, Edith González describe una especie de nebulosa. El miércoles había acudido entera a una consulta. Tras dejar 10 tubos de sangre de muestra, viajó a Miami a cumplir con su trabajo. No podía ser de otra manera. Al volver, le informaron el resultado: el marcador tumoral había dado positivo. Cirugía inmediata.

La primera vista en el espejo, ésa si te la receto: verte extremadamente delgada y saber por qué, con las enfermeras estudiando dónde te insertan lo que yo llamo "el helipuerto". Hay un redescubrimiento, mi mundo es como en neblina a partir de ese momento: cambia tu foco o ya no tienes foco. Me dijeron: "Útero, apéndice, matriz, ovarios, toda una histerectomía. Diez ganglios. El epiplón". Yo brinqué: –"¿Qué es el epiplón?" –"No te preocupes, es preventivo". Pregunté a las personas en la sala. Respiré. "Nadie sabe qué es el mentado epiplón". Llegó mi primo Eduardo, intensivista. – "Lalo, ¿qué es el epiplón?" Respondió: "Es el tejido graso que tenemos entre la piel y los órganos y puede utilizarse para muchas cosas, entre ellas células madre. Pero es riesgoso que células con cáncer invadan ahí." Ahí si me ardí cañón con el cáncer, y el cáncer me cayó todavía más gordo. Dije: "¡¡Me van a quitar el epiplón!!". Con ese jumpsuit de mezclilla de pierna larga, Edith ríe al recordar la escena. Era más bien tragicómico. Allí estaba: noche de miércoles, una semana después del primer síntoma: con "el helipuerto" y 20 tubos en un brazo, con la lista de órganos a extirpar en el otro, y aún no sabía el grado de afectación. Pero tenía una certeza. Era cáncer y tenía una urgencia: comunicarlo a su hija, entonces de 11 años. La verdadera comprensión de la palabra cáncer la tuve la primera noche hospitalizada. A la mañana siguiente, –antes de mandarla de vacaciones con su papá–, decidimos comunicarle que mamá iba a tener una cirugía. Yo insistía en por lo menos irla a dejar a Madrid. No. El sábado ya estaba en cirugía mayor: entré a quirófano a las 11 de la mañana y abrí los ojos al salir de la sala. Eran las cinco de la tarde. Fue una operación de seis horas. Yo agradezco profundamente a todos mis doctores, quienes se quedaron, que no esperaron ni siquiera al lunes, para salvarme la vida. Jamás me cuestioné lo que me habían quitado: "Si eso es lo que hay que hacer, venga. Y además, ¿qué más hay que hacer?". Inmediatamente lo asumí: llegaban mis primas a visitarme esperando verme doblada, en un drama, y no. Les decía. "Ponte ahí. No, allá. Buscaba donde hubiera luz bonita para llevarme las imágenes, un cuadro. Me importaba llevarme los cuadros de cada quien por si tocaba irme. Hay un texto que ahora leo, y es sobre la suerte del sicario: cuando toca, toca".

Edith González para Quién
 Edith González para Quién  (Foto: Enrique Covarrubias.)

LA SUERTE DEL SICARIO
Con eventos fortuitos, como el que ocurrió a Edith, los que desenmascaran la presencia de cáncer de ovario. Es silencioso y de sintomatología confusa para quien no es especialista: sensación de saciedad, hinchazón de otras partes del cuerpo, fatiga, dolor de espalda. Casi siempre se detecta en etapas avanzadas. En pacientes con recurrencia, menos de la mitad sobrevive. El primer diagnóstico estimaba que la enfermedad cursaba en Etapa II. Edith González se recuperaba de la cirugía, y evaluaba posibilidades de tratamiento... cuando la abordó la realidad. Otro amigo médico llegó, muy preocupado. Me dijo: "Edith: necesitas una segunda opinión". El cáncer de ovario es el que más mujeres mata: eso es lo que él vio. El porcentaje de mujeres que son salvadas de cáncer de mama es 86 de cada 100. El cáncer de mujeres que son salvadas después de recurrencia en un cáncer de ovario es 46 de 100. Me insistió con urgencia: "Edith, por favor, no te quedes con lo que tienes".

Eso me hizo mucho sentido. Dije: "Sí, necesito una segunda opinión". Vinieron más estudios, una tomografía por emisión de positrones, las imágenes del interior de su organismo: Edith hojeó con concentración el nuevo expediente. Entonces brincó el párrafo ese –subrayado con amarillo–: chillante como los malos maquillajes, pero efectivos, porque los ves. Estaba sola. Lo leyó. Releyó: Carcinoma seroso papilar. Etapa IV inicial. No hay etapa V. Ahí es, cuando revisando el expediente, me entero. Etapa IV. Aquí estoy. Llegó la noche. Encuentro de especialistas. Yo tenía seis doctores encima de mí. Estaba sola. Eran como las nueve de la noche, toda conectada, tras salir del PET, radiada, recibiendo glucosa, químicos. Eran cinco doctores más mi gastroenterólogo. Se le rozaron los ojos de lágrimas. Entonces ahí dije: "Si a tu doctor se le rozan los ojos de lágrimas es que... Houston: we have a problem".

NO SABEN QUE YO SOY EDITH
A partir de ese momento, –en la conversación y en la historia– Edith muta: yo la llamo "Edith científi ca". Maneja términos, plazos, opciones médicas como una experta. Explica y comprende el desarrollo de un cáncer como he escuchado a pocos. Decidió que la autocompasión y la ceguera no iban a ser sus caminos: Me dijeron en palabras, textuales "que ya había brincado". No sólo era un grado IV, sino había metástasis. Mi cáncer es diagnosticado como muy agresivo. Todos estaban muy angustiados: toda la gente que tuvo mi expediente en sus manos. No esperaban muchas luces de mi vida, pero no sabían que yo soy Edith: que yo no me voy a vencer. Hay gente que se niega a saber. Dicen: "A mí nada más trátame y cúrame". Yo no. Yo quería enterarme de todo, me tenía que involucrar. Información es poder. Si algo yo no permito es ser víctima. Me hice una promesa a mí misma: que yo nunca iba a llorar. Por supuesto que he llorado –tres veces–, pero me hice la fi rme promesa y me hice la convicción de que iba a salir adelante sí o sí. Nunca he tenido la menor duda de que yo me iba a sacar adelante, yo. Y la mejor forma de sacarme adelante es con información. Es que no aprendo de mí, yo lo vivo. Les dije: "Lo tengo. ¿Qué hacemos al respecto?". Los médicos me volteaban a ver como: "Ella no está entendiendo". Yo me decía: "Ellos no están entiendo que yo SÍ entiendo". Ahí arribó una montaña de consejos y confusión. Y además, la propia controversia entre la comunidad médica: "¡Ve a Houston!". "¡No, corre a Nueva York!". "¡Conozco a tal que se salvó!". "¡No te atiendas con tal!". Edith, fi rme como es, recordó la experiencia de su padre, fallecido a los 62 años de un leiomiosarcoma fi broso. Mi pensamiento es estructurado. Tuve el ejemplo de mi padre y mi guía siempre fue: "Lo que quieras, pero de la mano de la ciencia". Decidí entonces que tomaría la que probablemente iba a ser mi última imagen pública. De hecho, está en Instagram: estoy cantando, la camarógrafa es Constanza. Y estaba realmente cantando y divirtiéndome mucho en cámara. Decidí que el cáncer es algo que se abraza y se vive con alegría. Decidí que si esa iba a ser la última vez que Constanza me iba a ver, o la familia me iba a ver, iban a encontrarse una imagen feliz. Eso fue lo que sucedió en ese momento. Edith González tiene ocho meses en tratamiento de quimioterapia, dirigido por un equipo multidisciplinario de especialistas en oncología, radiología, cardiología, nutrición. Todos son mexicanos. Los efectos son muy duros. El tratamiento que estoy tomando es aún más duro. Pero el único momento donde yo me siento enferma es cuando me estoy tratando, porque las quimioterapias son acumulativas. Llevo un protocolo muy completo. Pero quiero que Constanza vea una madre que ve la vida con valor. Desde que tomamos la decisión de decirle, no se le ha ocultado nada. Ella sabe que el poder está dentro de ti. Yo soy dueña de mí, aun en las últimas quimioterapias. Me la he pasado mal, mal, mal. Y no importa. Soy hija de Efraín y Ofelia. –¿Qué es pasársela mal, Edith? Vomitar ocho veces. (Se levanta). Andar tambaleándose. Eso es. Pero tú decides. Yo decido que tengo que aguantar, y te digo: toca. Pero con lo que me tocó me la paso. Y río. YO DECIDO: el cáncer no me va a controlar, sea cual sea el resultado. Yo elijo que voy a salir adelante.

Edith González en la alfombra roja de los premios Luminus.
 Edith González en la alfombra roja de los premios Luminus.  (Foto: Agencia México)

QUE LO SEPA EL MUNDO. Y QUE LO SEPA EL SENADOR
Hace algunos meses, entre sesiones de quimioterapia, Edith iba a asistir a una boda. No es que me importara o no quedarme pelona. Ahora mismo, estaba feliz tomándome fotos. Pero es muy impresionante cuando empieza a pasar: tenía una boda el sábado. Decidí cuidar el pelo toda una semana "para que se cayera poquito". Ese día, al lavármelo, ¡todo lo que no había caído en una semana cayó ese día!" "Oh, my God", pensé. Sí es impresionante. La pregunta fue: "¿Vamos o no a la boda?" "¡Claro, vamos!" Ah, Edith la del humor negro, la de la voz social y del gremio. Toda su vida ha estado frente a productores que le dijeron demasiado rubia-demasiado blanca-demasiado delgada-demasiado elegante-demasiado la la la: protesta. No quiere que la llamen demasiado-enferma. Para y se sonroja de recordar sus andanzas con el cáncer. Estoy en los 100 años de El Universal. Llego, me siento y Miguel Ángel Barbosa me saluda: "Edith, ¿ahora en que lucha estás?" Porque en la última que me vio activamente fue cuestionando la reforma energética. Le digo: "Estoy en la lucha de la vida, Miguel. Porque no sé si tú sabes: tengo cáncer". Entonces la sonrisa se fue hacia abajo. Y el pobre no volvió. Desde que me enfermé es muy chistoso. Pero hay amigos queridos, como Nacho López Tarso, que han estado pendientes de mi salud. Creo que a él y a varios les ha caído más de sorpresa lo mío que lo de ellos mismos por situaciones de la vida. De broma les digo: de canceroso a cancerosa, nosotros nos entendemos. Hay una frase que me gusta: "La suerte del canceroso sólo otro canceroso la comprende". –¿Quién te dijo esa frase? "Esa es mía, por supuesto".

JUEGO DE PALABRAS CON LA ACTRIZ
Entramos a un juego bobo de palabras. No le pregunto "piensa en un color o un animal". Sólo son tres: –Estoy hasta la madre de: ....Los tratamientos. –Estoy rayada de: ...Estar viva. –Ahorita me bebería un trago de: ...Vino tinto. –¿Porque puedes o porque quieres? ...Porque puedo, porque quiero y porque debo. No lácteos, no harinas procesadas, azúcar, ciertas carnes. Tantas lecturas como se pueda. La misma película siete veces, si se puede, abrazada de sus dos seres amados: Lorenzo Lazo y Constanza Creel. Constanza nos describe –exacto– su rincón feliz: ella con una pijama de gatitos que era de mamá. Y mamá con otra pijama que tenga un Mickey. Ah, y un gorrito azul. Tengo ciertas limitaciones físicas. Tengo que cuidar mi sueño. Voy más despacio en la vida: el cáncer es un equilibrio de fuerzas. Tengo limitados ciertos movimientos. Mi poder está en aceptarlo, y en hacer con eso una vida feliz. Mi poder es que soy un ser templado. Nadie me quita mi alegría de vivir, que tiene nombre y apellido: se llama Constanza". Hoy Edith sabe que el cáncer de ovario que padece tiene origen genético. Restan meses de tratamiento para hacer evaluaciones. Ella, sólo observa con pícara sabiduría a quienes se adelantan a pontificar, y preguntan, impertinentes, cuál es el pronóstico. Vivaz, y con la cara de una chiquilla lista para trepar un árbol, me dice que su primer tequila será en honor al epiplón. "Lo extraño un chorro", actúa, con el tono de un mecánico de barrio. Terminamos. Salió riendo y corriendo, con cuatro libros bajo el brazo, "un helipuerto" del lado del corazón, y su hija de la mano. Llena, llena de vida. Le envié un mensaje que ahora reescribo: Sí, la enfermedad no sabía que eras tú. Pero hay una cosa que tú no sabes, Edith: que el árbol que escalas, eres tú misma. Cuídalo. Esta tarde, nos has dado mucha sombra.

Edith González en portada.
 Edith González en portada.  (Foto: Revista Quién)
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