El look pálido del siglo XIX
En el siglo XIX las élites mexicanas se encontraban influenciadas por la moda de los países occidentales. Imitaban sus costumbres, su vestimenta e incluso las mujeres copiaban la forma de maquillaje extranjera. Para la aristocracia europea, el color de la cara reflejaba la posición de superioridad que tenía en la jerarquía social. El cutis de la mujer debía ser blanco. La piel bronceada se asociaba con la clase campesina que trabajaba bajo el sol, mientras que la actividad de una dama de la nobleza era convivir dentro de los palacios y mansiones, sin exponerse a la luz: la tez pálida era símbolo de estatus.
La historiadora Julieta Pérez Monroy señala que en México, para lograr este look, las mujeres recurrían al blanquete. Lo compraban en botellitas importadas de Francia o lo preparaban en casa con una mezcla de talco y vinagre destilado. También se intentaba blanquear la piel con jaboncillos llamados Leche de Rosa o Licor de Venus. La moda incluso llegó hasta la dentadura. Se desarrollaron productos para que luciera completamente blanca; en algunos casos se llegaron a aplicar tintes de ese color.
Durante la primera mitad del siglo XX, el estilo de vampiresa comenzó a desvanecerse de forma paulatina. Una de las personas que influyó en este cambio fue el ícono de la moda, Coco Chanel. En el viaje que realizó a la Riviera Francesa en 1923, se asoleó accidentalmente. A la diseñadora y sus amigos les gustó su apariencia: la gente empezó a imitarla. Conforme avanzó el tiempo, la tendencia se fue afianzando y tocó las puertas de nuestro país: ¿quién se puede imaginar hoy una playa mexicana sin mujeres expuestas al sol?
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