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De la élite cultural al silencio: la vida radical de Vanesa Fernández, hoy Sor Stella Maris

Creció entre arte y poder, editó una de las revistas más influyentes de su tiempo y terminó en el silencio monástico. Esta es la historia —sin atajos— de Vanesa Fernández.
mar 07 abril 2026 02:07 PM
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Sor Stella Maris retratada en su ermita diseñada por Tatiana Bilbao, en Monterrey. (Pacenote.)

El contraste es sustancial. Llegamos a tierras altas, boscosas, donde las propiedades están muy distantes unas de las otras. A un cubo de paredes de cristal, lo esconden árboles entre verde y sepia. “Estamos en mi ermita, en Monterrey”, dice Sor Stella como quien sitúa una escena. Cuando comenzó su vida monástica –llegaremos a escena pronto– llevaba casi 20 años viviendo en la Ciudad de México y en su mente estaba la idea de tener un lugar de retiro propio para cuando visitara la ciudad de su familia, la ciudad de su niñez.

Esta colonia alejada de la ciudad y en pleno contacto con la naturaleza es nada más para la familia. “A veces llega un primo que está haciendo ejercicio y viene a pedir agua o si yo necesito algo, sé que están ahí siempre. Es un lugar muy especial. Es un poco el silencio, un lugar familiar, un lugar de naturaleza en donde yo pudiera hacer una casa de retiro” cuenta.

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El espacio es esencial: una sala conectada a la cocina y un comedor circular. Al fondo y fuera de la vista de los visitantes, su habitación. En una de las esquinas –justo en donde el sol de pasado el mediodía, se posa– un reclinatorio con imágenes religiosas donde, asegura, algunas veces se acerca un oso cuando canta alabanzas. “Es todo lo necesario de una manera muy modesta”, dice.

La celebrada arquitecta Tatiana Bilbao es quien firma esta casa. La petición de Vanessa era una terraza interior, pero Bilbao propuso hacer un cubo de espejos que, por un lado, imita la flora del lugar y, por el otro, la resguarda de la fauna ya que el reflejo impide que animales como el oso ya mencionado, coyotes o aves, la vean. “La experiencia de la naturaleza que yo había imaginado se exponenció con la propuesta de Tatiana”, afirma y el orgullo de que esta sea una casa que, incluso ha ganado premios de arquitectura, se le escapa en una sonrisa amplia.

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Sor Stella Maris. (Pacenote.)

“Yo creo que la búsqueda de Dios siempre tiene incluida la búsqueda de la belleza, del amor y de la verdad que son las cualidades de Dios, pero la belleza ciertamente es una importante. Y no tiene que ser un lugar lujoso ni grande ni caro, ¿no? Puede ser como mi ermita, que es un lugar modesto, pequeño, con piso de barro, pero ciertamente muy bien diseñado”.

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Para ella, comprar arte fue la continuidad de un legado. Ocurrió en una ocasión, en la emblemática Galería de Arte Mexicano, donde compró una pieza de Estephan Bruggeman. Nada especialmente ceremonial, hasta que Mariana Pérez Amor —una de las figuras centrales del mercado de arte en México— desapareció unos minutos en su oficina y regresó conmovida, casi incrédula. “Salió con lágrimas en los ojos… y me dijo: ‘Eres la primera coleccionista en México de cuarta generación’”.

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Hija de Mauricio Fernández Garza, exalcalde de San Pedro Garza García y uno de los coleccionistas más singulares del norte del país. (Archivo Quién. )

Lo había verificado en su archivo. En ese Rolodex donde las genealogías del arte mexicano se ordenan como árboles familiares, aparecían los nombres: sus bisabuelos, su abuela, su padre.

Sor Stella Maris Fernández creció dentro de esa lógica: la de una familia donde el arte era el entorno. Hija de Mauricio Fernández Garza, exalcalde de San Pedro Garza García y uno de los coleccionistas más singulares del norte del país, su infancia transcurrió entre piezas históricas, objetos de valor incierto y una relación poco convencional con la naturaleza.

La familia Fernández Garza forma parte de ese entramado de apellidos que han definido la historia económica y cultural de Monterrey: industriales, empresarios, coleccionistas. Un linaje donde el capital convive con una cierta idea de misión cultural —la de preservar, clasificar, acumular belleza— que en su caso derivó en espacios como el museo La Milarca.

Su padre, dice, era una figura difícil de simplificar. “Era muy ambicioso, muy tenaz, muy terco. Yo creo que esa terquedad venía de su pasión por la vida". Pero su relato se desplaza rápidamente del patrimonio a la experiencia. “No me enseñó a atesorar cosas, sino a asombrarme ante la belleza". Convivir con él, insiste, le dio ventajas inesperadas para su vida monástica. No por disciplina, sino por exposición. Por haber conocido, antes que muchas otras, ciertas formas de intensidad que luego reconocería —de otro modo— dentro del monasterio.

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Rossana Lerdo de Tejada, Soumaya Slim, Patricia, Paulsen, Vanesa fernández (Marco Vallejo / Archivo Quién. )

Involucrado en proyectos de conservación de especies en peligro de extinción, recuerda que se sentaban juntos en un lugar donde los animales no los pudieran detectar, revisaban el viento y a veces usaban usábamos olor a zorrillo". La escena tiene algo de ritual y cobra un tono metafísico, ya que cuando dice esto, una sutil ráfaga mueve las hojas de los árboles y las manda al suelo. Esperaban en absoluto silencio, inmóviles, hasta que el paisaje empezaba a activarse: los animales salían de los arbustos, caminando, revelando —con suerte— si había nuevas crías. “Era maravilloso… yo creo que es el lujo más grande que yo he vivido en toda mi vida".

Cuando habla de la relación con su padre es evidente que la relación era estrecha, casi de complicidad. “Nos parecemos en hacer lo que nos da la gana”. La frase podría leerse como una declaración de independencia, pero también como una gratitud implícita. Cuando le dijo que quería ser monja, la sorpresa fue relativa. Había algo previsible en lo imprevisible. Actuó como alguien que, desde su propia terquedad, reconocía la ajena.

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La primera vez que dijo que quería ser monja tenía seis años. Lo recuerda con una precisión inequívoca. No por la claridad del momento sino por lo que vino después. Estaba preparándose para su primera comunión —que hizo el día que cumplió siete— cuando se lo dijo a una de las monjas. La reacción no fue teológica ni solemne: fue práctica. La llevó a la clausura. Ahí, por primera vez, vio a las monjas sin el velo. “Tenían el pelo mal cortado… lleno de pasadores. Se veía realmente horrible”, dice, sin suavizar el recuerdo. “Ay, qué horrible. Me equivoqué, ya no quiero ser monja’”, recuerda sus palabras.

La escena podría ser meramente anecdótica si no fuera por lo que ella misma subraya: la vocación no se desactiva por una impresión estética. Algo quedó. Algo más profundo que la incomodidad de una niña frente a un peinado mal resuelto.

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Retrato de Vanesa Fernández para el artículo de 31 Mujeres que amamos. (Archivo Quién/Ricardo Urroz )

La segunda vez fue a los quince. Ahí ya no era un impulso infantil sino un intento concreto. Buscó guía, preguntó, se asesoró con adultos y religiosos cercanos. La dirigieron hacia una congregación activa, “muy misionera… muy social… con escuelas, con niños”.

“No me gustó, me regresé". La lectura externa fue inmediata: si esa forma —la más abierta, la más moderna, la más “light”— le resultaba demasiado, entonces probablemente no tenía vocación. Ella, en cambio, sabía que sí.

El problema no era la vocación. Era el encuadre, piensa. “Si en ese momento me hubieran llevado a un monasterio de clausura absoluta, hubiera sido la más feliz". Pero nadie —ni siquiera ella— lo entendía todavía. Su personalidad extrovertida, intensa, social. Todo lo que, en apariencia, desmentía una vocación contemplativa, no empataba con su personalidad vocacional.

La vida, mientras tanto, siguió su curso. Construyó una carrera, se casó con el artista Aldo Chaparro, formó una familia, tuvo hijas, constituyó proyectos editoriales, fue la primera representante de Frieze en México y se consolidó como una de las autoridades en el arte contemporáneo en nuestro país. Pero la vocación no desapareció.

No es tan común, asegura, pero sí es permitido que una mujer que ha desarrollado su vida desde el enfoque laico emprenda un proyecto monástico. No fue hasta que sus hijas entraron a la universidad y fueron lo suficientemente grandes que dio un paso al frente en ese camino.

Su marido ya no estaba en casa, sus hijas emprenden una nueva etapa en su vida. Era momento de tomar los votos monásticos. No fue de un día para otro y esa declaración es una advertencia de alejar de la mente la posibilidad de un momento concreto de iluminación divina. “No creas que un día me desperté y dije, ‘Quiero ser ermitaña’. No”.

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Veronica Naya, Vanesa Fernandez y Luiza Villegas en la gala anual del Museo del Barrio. (Archivo Quién)

Lo que sí sucedió fue que un día se acercó a un monje y le expresó su deseo.

–Quiero ser monja– le dijo.

–Nada te detiene. Si quiere ser monja, vive como monja y ya– le contesto. Fue lo que hizo.

Empezó a vivir una “fantasía monástica”. La palabra “fantasía” funciona como una distinción entre los votos privados y los votos perpetuos que consolidó años después. En ese primer momento hizo una capilla en su casa, empezó a rezar la liturgia monástica, aprendió latín y los cantos gregorianos. Nadie lo sabía. Solo su familia y sus amigas más cercanas.

Ana y María, sus hijas, fueron testigos del crecimiento de su vocación. La conversación sobre su decisión religiosa esquivó las posibles tensiones familiares. Sin embargo admite que la renuncia también fue para ellas. “No tienen acceso a mí de la misma manera que otras niñas tienen acceso a sus madres. Tuvieron que renunciar a ello a favor de mi vocación y de mi felicidad”.

Existe algo que para Sor Stella también es fundamental: su vida religiosa no interrumpe sus vidas. “Para ellas siempre ha sido muy importante el legado cultural de la familia. Si yo soy monja no, no influye en la formación cultural que yo les he dado en en artes, en música, en en todas las en todas las artes. Son niñas muy cultas”, comparte y remata con cierto humor presente en toda la conversación. “Me salvé de tener un proyecto y no estar en la situación de mis amigas que están sufriendo el nido abandonado, ¿no?”.

Hace ocho años, cerró su casa en Ciudad de México. Compró una granja al norte de Alemania, muy cerca de Dinamarca para continuar con la línea monástica que ya había comenzado. Allí, en medio del frío, un día llegó una mujer preguntando por la ermitaña que vivía ahí. “Yo también la quiero conocer", le contestó. Resulta que se refería a ella.

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La Ermita diseñada por Tatiana Bilbao. (Cortesía. )

Su sorpresa no mermó con esa noticia, se intensificó cuando la mujer le leyó todas las reglas de los ermitaños y resulta que, con creces, cumplía con todos los requisitos. “Resultó que sí era ermitaña sin darme cuenta y ya tenía 5 años viviendo así”. Fue entonces que comenzó a dirigir su intención hacia la vocación de los ermitaños la cual es una forma de consagración cristiana en la que el retiro voluntario del mundo, la soledad, el silencio, la oración constante y la austeridad, son los vehículos para alcanzar la unión íntima con Dios y como en casi todas las formas de consagración religiosa, los votos de castidad, pobreza y obediencia son fundamentales.

El de castidad no lo entiende como una renuncia sino como una entrega. “Es un espacio que se abre en tu alma y que Dios habita", dice. El de pobreza, asegura, fue el más sencillo de entender. Al venir de una de las familias de mayor abolengo y prosperidad del país, asegura que las personas más desdichadas que ha conocido siempre son gente muy rica. “Todo el mundo sabe que un par de zapatos nuevos, aunque sean los más caros de todo el mundo, no hacen feliz a nadie”.

Para ella el verdadero reto estuvo en el voto de obediencia. Acudió al prior del monasterio en el que estaba en Alemania, para preguntarle sobre este elemento. “El acto más grande de amor. En la obediencia es donde puede expresarse el amor en toda su plenitud”. Una vivencia previa fue la clave para entenderlo.

“La experiencia de la maternidad fue lo que me permitió abrazar el voto de la obediencia con tanta alegría. Ser madre es, en sí, el voto de obediencia en su máxima expresión”. Como madre, asegura, estás obedeciendo a un bebé que no hace más que llorar. Ni siquiera se va a acordar de tus atenciones, de tu cariño, de tu cuidado y de tus sacrificios. Y sin embargo lo haces”, cuenta y amplia esta red de sacrificios también la carrera profesional, los intereses personales y diversiones. Sin embargo, a pesar de que es tan extenuante y tan exigente, una madre lo hace con amor. Yo lo hice con tanto amor. Yo lo entendí desde la maternidad y creo que es la forma en la que puedo expresarlo. Para mí no es difícil ser obediente”.

El cambio de nombre, en la vida monástica, implica dejar atrás una identidad para comenzar otra. En su caso, el proceso fue más radical. Poco antes de sus votos perpetuos, entró en una crisis inesperada. No encontraba qué ofrecer. No en términos simbólicos, sino reales.

“Le estoy entregando mi vida… pero ¿cuál?” Nada le parecía propio. Ni su inteligencia. Ni su salud. Ni los bienes que había tenido. Todo, insiste, le había sido dado. No había nada que pudiera identificar como suyo.

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Sor Stella Maris. (Pacenote.)

La idea de entrega se le deshacía en las manos. Escribió entonces un texto titulado Te regalo mi nombre. Partía de una imagen sencilla: una niña que le dice a su madre que le regala su casa. Pero la casa no es suya. Así se sentía.

Buscó una respuesta. Llamó a un sacerdote, un teólogo al que respeta profundamente. La pregunta era directa: ¿qué puede entregar alguien que no posee nada? La respuesta fue igual de precisa. “Tuyo es tu nombre.” En la tradición judeocristiana, el nombre no es un dato. Es una esencia. Una forma de existencia. Fue lo único que pudo reconocer como propio. Y lo entregó.

Desde entonces, cada mañana comienza en ese mismo registro de sentido. Antes del amanecer. En silencio. Se viste con el hábito siguiendo una secuencia de oraciones en latín: una para la túnica, otra para el escapulario, otra más para el cíngulo. “Me levanto todos los días emocionada. Me doy cuenta que estoy profundamente enamorada de Dios y que estoy viviendo mi sueño”.

En un par de momentos durante la conversación, la cofia y el velo se mueven y dejan al descubierto un poco más su cabello. Ante ese gesto es inevitable pensar en sus fotografías antes de su etapa monástica, en eventos de arte, en conferencias junto al empresario Jorge Vergara, o en vuelos privados acompañada de celebridades y personalidades del mundo del cine. Antes de la ermita, hubo ruido.

Durante finales de los noventa y principios de los dos mil, su nombre circulaba en un circuito muy específico: el de la vanguardia internacional. No como artista, sino como una figura que operaba desde otro lugar —más invisible, pero igual de decisivo—: la edición.

Fundó la revista y el sello editorial Celeste que, durante algunos años, fue un punto de encuentro improbable entre artistas, fotógrafos, escritores y cineastas que no necesariamente cabían en los formatos tradicionales. Por sus páginas pasaron nombres como Christian Jankowski, Wolfgang Tillmans, Jurgen Teller o Richard Kern. Gente que, en ese momento, estaba definiendo una estética global.

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En breve se mudará a España, a un monasterio de Armenteira en Galicia. (Cortesía)

Para sostener esa libertad necesitaba estructura. La encontró en una alianza inesperada: Jorge Vergara, quien se convirtió —en sus palabras— en “el más grande cómplice”. Con él construyó una editorial que funcionaba en dos velocidades: por un lado, los proyectos comerciales (revistas para Omnilife, publicaciones para el equipo de fútbol las Chivas); por otro, el laboratorio creativo donde todo era posible.

Las revistas no circulaban solo en México: estaban en París, Nueva York, Japón, en Corea; en lugares como la concept store parisina Colette, donde lo que se vendía no era solo un objeto, sino una forma de entender el presente. “Éramos un grupo de gente pensando… haciendo tonterías.” La frase suena ligera, pero describe algo más preciso: una comunidad que estaba construyendo lenguaje.

En ese ecosistema, las anécdotas fueron el tejido mismo de la época. Un vuelo a Cannes en el avión privado de Vergara, por ejemplo, donde coincidieron Guillermo del Toro y Sean Penn. En medio de esa mezcla improbable, ella detectó algo más valioso que cualquier conversación: un cuaderno que Del Toro lo llevaba a todos lados. Forrado en piel, lleno de dibujos, esquemas, ideas. Un archivo portátil de su imaginación. Le pidió publicarlo. Él dudó. No quiso soltarlo. Terminó accediendo a escanearlo. Una semana después, lo perdió en un taxi. “Le salvé sus dibujos a Guillermo del Toro”, dice.

Rusia. Otras escenas. Un viaje que empieza en el calor de Ixtapa y termina en la nieve de Moscú. De ahí, un vuelo más hacia Beslán, con el rumor de que terroristas chechenos podrían derribar el avión. “Me pasé cuatro horas viendo por la ventana.” Al llegar, sin traductor propio, queda a merced de la presentación de Vergara. Él decide introducirla como “catadora de alcoholes”. Beslán produce gran parte del vodka ruso. El resultado: una comida entera intentando no beber mientras todos insisten en que pruebe. De ese nivel era la relación de Jorge Vergara con Vanessa Fernández.

En paralelo a ese vértigo, había otra dimensión más silenciosa pero igual de influyente: la docencia. Daba clases de historia del arte contemporáneo. Entre sus alumnas estaba Zélika García, quien años después le ofrecería uno de los puestos más relevantes del ecosistema artístico en México: la dirección creativa de la feria.

La respuesta llegó tarde, pero fue clara. “Me voy de monja.”

El mundo del arte para Vanessa antes de Sor Stella era un ecosistema natural. Estudió arte de posguerra y contemporáneo en el Sotheby’s Institute en la University Of Manchester de Londres, se unió al Patronato de Arte Contemporáneo y en 2014 se convirtió en la primera representante mexicana de Frize, la importante feria de arte contemporáneo que surgió en Londres.

Cuando comenzó su vida monástica pensó que dejaba todo esto atrás. “Yo sí renuncié a él. Pero no se ha roto porque al final pues me siguen buscando. Artistas, amigos, colegas empezaron a visitarla. Mario García Torres, Soumaya Slim, el propio Christian Jankowski, coleccionistas, pensadores.

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En esta etapa en Monterrey, Sor Stella Maris abrió un espacio de comunicación en redes sociales. Junto al sacerdote franciscano Fray Salvador Zamora conversan y analizan problemáticas de la sociedad desde el enfoque religioso.
(Pacenote.)

Incluso sus proyectos religiosos se tocaron por ese pasado. Cuando hubo que imaginar un monasterio en Alemania, invitó a Tatiana Bilbao a diseñarlo. A su vez, Bilbao sumó a Gonzalo Lebrija. Hubo conversaciones con artistas, filósofos, galeristas. La vida contemplativa no canceló la otra. La reconfiguró.

Sor Stella Maris vivió los últimos ocho años en Alemania. Sin embargo ese apostolado terminó. Ahora se encuentra en Monterrey, la ciudad de su familia y de su infancia. Pero esta parada es transicional. En breve se mudará a España, a un monasterio de Armenteira en Galicia.

Dejar atrás su vida en Alemania ha sido un “golpe dramático” para ella. Extraña a sus amigos monjes, los cantos gregorianos y la vida que ya había construido ahí. “He vivido mil veces que la situación en la que estoy me sobrepasa. Sé que en un año lo voy a ver en retrospectiva como una tontería”. Pero ahora mismo no lo es, se nota en su cambio de semblante al hablar de ello. Como persona con fe específica encuentra ahí el refrendo necesario para su siguiente etapa. “Dios te permite eso, te da una diferente perspectiva sobre los retos en la vida, porque lo que me hace ver es que tengo que profundizar más en mi relación con él. No me desaliento”, finaliza.

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