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Isaac Hernández: un aventurero ante la cámara

El bailarín mexicano, uno de los máximos representantes de la danza clásica a nivel mundial, debuta como actor en la miniserie de Netflix, Alguien tiene que morir.
lunes 19 octubre 2020
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El bailarín Isaac Hernández, protagoniza la nueva serie de Manolo Caro.

Al reconocido bailarín mexicano Isaac Hernández le gustan las películas de acción. Desde niño, sus favoritas eran las de artes marciales protagonizadas por Jean-Claude Van Damme. Ambos tienen en común el ballet y la actuación. En los antecedentes de Van Damme se encuentra una breve incursión en la danza clásica y, en el presente de Hernández, la actuación.

A la biografía de este ejecutante de 30 años –además de ser el primer mexicano galardonado con el Benois de la Danse, el máximo premio al que un bailarín clásico aspira– está por añadirse la profesión de actor por su trabajo en El rey de todo el mundo, bajo las órdenes del cineasta español Carlos Saura, y por integrarse al elenco en la nueva producción de Manolo Caro para Netflix, Alguien tiene que morir, que estrenó en la plataforma de streaming el pasado 16 de octubre.

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En esta miniserie de cuatro episodios interpreta a un bailarín que llega de México a la España conservadora de los años cincuenta junto con su compañero Gabino ( Alejandro Speitzer ) para enfrentarse a una familia estructurada que lo trata como un intruso.

Con la emoción in crescendo por el debut, Isaac atiende esta llamada telefónica desde Londres, ciudad a la que ha ido regresado de a poco a sus actividades como primer bailarín del English National Ballet después de la pandemia.

Fue una gran herramienta la que obtuve de esos rodajes y me di cuenta de que tengo la capacidad de llegar a ciertos momentos de diferentes maneras.
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Un momento de la serie Alguien tiene que morir.

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¿Cómo fue que llegó esta propuesta?
Manolo me contó el desarrollo de este proyecto y me dijo que era importante que uno de los personajes pudiera ser un bailarín e incluir la danza clásica en el proyecto para tocar varios temas sociales con los que todavíaa seguimos batallando. Me preguntó si creía que tenía la capacidad de hacerlo. Con mi esencia de aventurero, le dije que sí. Acababa de rodar la película El rey de todo el mundo y me sentí capaz de aceptar el reto. Cuando llegué a Madrid y me encontré con Carmen Maura, Cecilia Suárez, Ester Expósito, Carlos Cuevas, Alejandro Speitzer y Ernesto Alterio, me entró pánico. Entendí que estaba rodeado de los mejores.

¿Filmar con Carlos Saura ayudó en esta segunda ocasión frente a las cámaras?
Definitivamente fue fundamental, todo un privilegio ver trabajar a Saura y a Vittorio Storaro [cinefotógrafo] durante dos meses de una manera en la que ya casi nadie filma. Sin esa experiencia no me hubiera atrevido a participar en una serie para Netflix. Ver actuar, ensayar y practicar a Ana de la Reguera, Manuel García Rulfo y Manolo Cardona, así como sentir su respaldo, me dio puntos clave para poder desarrollar el arco emocional del personaje, así como para poder filmar toda la historia sin orden.

Al final hay mucho de actor en un bailarín, ¿cierto?
Me dio mucho gusto darme cuenta de que compartimos el vocabulario, que es cien por ciento físico. Entendí que lo podía vincular de forma directa.

¿Tuviste algún tipo de preparación actoral?
No tuve oportunidad de tomar ninguna clase ni mucho menos. Sólo dos semanas de ensayo antes de empezar el rodaje. Yo llevaba tiempo leyendo el guión, entonces estaba bien preparado. Fue interesantísimo poder ver a Manolo, la claridad que tiene y cómo sabe ponerse en la situación adecuada para poder transmitir lo que está buscando. Eso, me parece, es su gran talento.

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¿Cómo fue la relación con el elenco?
No me trataron como alguien que no pertenece a la profesión, sino como a un actor. Eso me dio mucho gusto porque, al final, fue una verdadera colaboración.

¿Cómo crees que estas aproximaciones a la actuación han impactado en tu forma de ejecutar en el ballet?
Regresé con una visión diferente sobre lo que es la interpretación. La danza clásica se ha quedado un poco atorada en una representación que hoy ya es poco común. Yo llevaba tiempo tratando de encontrar la manera de reinterpretar los personajes clásicos para que no fueran tan codificados y traerlos un poco más al realismo que necesita la cámara. Fue una gran herramienta la que obtuve de esos rodajes y me di cuenta de que tengo la capacidad de llegar a ciertos momentos de diferentes maneras. Siento que adquirí una técnica para poder llegar a eso sin tener que arrastrarme emocionalmente, cosa que normalmente hacemos nosotros en el ballet a base de desgaste físico... eso que llega a la desesperación de Romeo. Ahora entiendo que hay otras herramientas que son muy útiles para poder llegar a esos momentos.

¿Qué impacto tendrá este proyecto en tu carrera y qué crees que provocará en los espectadores?

Me emociona pensar lo que va a causar esta serie, no sólo en mí como persona y como profesional, sino que me llena de curiosidad saber qué es lo que la gente va a pensar del personaje, del hecho de que sea un bailarín quien ha sido incluido en una historia como ésta, en la que se tocan ciertos tabúes sociales sobre los hombres en el arte en general y en el ballet en particular, y que todavía hoy seguimos viviendo.
Va a ser muy interesante por muchas razones, más allá del impacto que pueda tener en mi carrera o en futuros proyectos en la interpretación. También que nuevas generaciones de bailarines se sientan con el permiso de ver que su profesión puede cruzar la barrera a otras artes, que puede tener perfecto sentido y puede ser un gran complemento para contar historias.

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