Careyes,
el capricho de un genio
Saúl Peña
Miércoles 07 de abril de 2010 a las 07:00
Lo que más sorprende de este destino de playa mexicana, la cual tiene el sello del italiano Gian Franco Brignone, es lo que no hay.

Careyes
Careyes es una anomalía dentro de los desarrollos de playa de este país. (Foto: Revista Vuelo)

 

Para ser un destino de playa mexicana, lo que sorprende más de Careyes es lo que no hay. No hay un hotel junto a otro tapando la vista del mar; no hay vendedores de cocos ni de pulseritas; no hay jet skis irrumpiendo a quienes se broncean tumbados en la playa; no hay discotecas para irse a ligar spring breakers. Visto de esta forma, Careyes es una anomalía dentro de los desarrollos de playa de este país; es una rareza porque su historia es peculiarísima. Y si la historia dicta que la atendamos para no repetir los mismos errores, atengámonos a la historia de Careyes.

Del Piamonte al Pacífico
Todo lo que sucede y ha sucedido en Careyes tiene el mismo hilo conductor: la figura tutelar de Gian Franco Brignone.

 

El signor Brignone –procedente de una familia de abolengo del Piamonte italiano, testigo de primera mano del horror de la Segunda Guerra Mundial–, patriarca octogenario de Careyes, barbado cual Neptuno en este 2010, tenía 42 años en 1968 cuando, habiendo amasado una fortuna como banquero en París, decidió buscar un rincón del mundo en donde retirarse. Soñaba con un lugar virgen que pudiera desarrollar desde cero, siguiendo el ejemplo de amigos suyos que habían hecho algo parecido en Costa Esmeralda, Cerdeña. Volaba una pequeña avioneta de una sola hélice con su amigo Luis de Rivera, quien le insistía que viera una zona idílica que había oteado entre Manzanillo y Puerto Vallarta. Como lo narra Carlos Tello Díaz en La magia de Careyes (Turner-Fundación GF Brignone, 2006), el principal mérito de Brignone es haber comprado desde el aire: “Desde la avioneta le pareció ver el paraíso que creía perdido ya: playas rodeadas de lagunas y manglares, acantilados bañados por un mar de azul contundente”.


Sin prisa pero sin pausa
Tengo cita con Giorgio Brignone, hijo de Gian Franco, en el restaurante de Playa Rosa, junto al hotel El Careyes donde estoy hospedado, para poner en contexto el desarrollo de Costa Careyes desde sus inicios hasta hoy. Ésta es hoy una comunidad ultra chic que ha atraído a figuras de la realeza europea durante los setenta hasta estrellas de Hollywood en años recientes, tantas que enumerarlas se antojaría más una tarea correspondiente a revistas del corazón. A la hora de la comida, Giorgio hace tres pausas antes de llegar a mi mesa, saluda a grupos de franceses, estadounidenses e italianos en el idioma de cada uno de ellos con fluidez. Hay más de 40 nacionalidades representadas en lo que hoy se denomina la “comunidad de Careyes”, sin que ninguna sea dominante. Playa Rosa es buen ejemplo de ello.

Careyes
Todo lo que sucede y ha sucedido en Careyes tiene el mismo hilo conductor: la figura tutelar de Gian Franco Brignone. (Foto: Revista Vuelo)

 

Degustamos pulpos y calamares rociados con un buen vino blanco varietal mientras Giorgio me explica que, en todos estos años que ha estado a la cabeza de los bienes raíces de Careyes, el desarrollo ha sido lento. El plan maestro original, de principios de los setenta, reclamaba algo así como 14 hoteles y 6,000 condominios pero, en un giro del destino, los inversionistas europeos que se habían aliado con su padre decidieron no participar al final. Lo que en su momento pareció un revés, al cabo de los años sedimentó como un acierto: Careyes es un desarrollo de muy baja densidad. En cuanto a hospedaje la opción es El Careyes Hotel; para renta de condominios están las Casitas de las Flores, las Villas de Careyes y los castillos Mi Ojo, Sol de Oriente y Sol de Occidente, a precios de varios miles de dólares por noche.


Recorrido arquitectónico

Las casas de Careyes han definido un estilo arquitectónico al que se le han dedicado incontables páginas en publicaciones especializadas y que ya es moneda de curso corriente a lo largo de toda la costa occidental, desde Los Cabos hasta Huatulco. La casa mexicana del Pacífico, en la que la palapa articula la distribución del espacio, se afianzó aquí cuando los primeros arquitectos, entre ellos el jaliciense Luis Barragán, tomaron como referencia la mítica mansión de Gloria Guinness en Acapulco. La palapa generalmente ocupa la parte central de la casa; las habitaciones, cocina y otros cuartos se encuentran “desintegrados”: para ir a la suite principal o a la sala hay que seguir un camino bordeado de vegetación, a la intemperie, o subir o bajar escaleras. La alberca, en su modalidad de infinity pool hace precisamente eso: que el ojo confunda dónde termina la alberca y dónde inicia el océano, en una sensación de infinidad.

 

Una experiencia de opulencia similar es la que aguarda en las mansiones Sol de Oriente y Sol de Occidente. Erigidos en colinas opuestas de Playa Careyitos, los dos castillos son arquitectónicamente idénticos pero simbólicamente diferentes. Ambas construcciones circulares –en forma de sol– están rodeadas por infinity pools que contienen más de un millón de litros de agua y tienen espectaculares vistas al mar. Sol de Oriente es amarilla, el color del Vaticano; Sol de Occidente es verde, el color del islam. El mensaje que Gian Franco Brignone quiso dar, a través de esta arquitectura colosal, es la unión de civilizaciones.

 

El desarrollo de Careyes no ha parado, si bien en los últimos años lo que se ha agregado al entorno es más una toma de conciencia que un incremento a la capacidad de ocupación. En Punta Farallón, un acantilado al que se accede siguiendo la carretera que bordea Playa Teopa, se encuentra una construcción que es una metáfora del misterio primigenio de la vida –un homenaje a la mujer y la fertilidad– y se aterriza en la monumentalidad de una obra que trae a mente el land art de hace algunos años. Con 480 toneladas de concreto y acero, la Copa del Sol, una media esfera de 27 metros de diámetro a la que se sube por una escalera hecha de troncos, se alza en una lengua de tierra con el mar a ambos lados, desde la que se ve el Pacífico rompiendo en olas furiosas contra los riscos unos metros abajo. El espectáculo es impresionante, sobre todo a la puesta del sol; es entonces que uno no puede evitar hacerse las grandes preguntas, diminuto frente a la inmensidad del océano, con la vista fija en un horizonte teñido completamente de rojo.