Dicen que el amor nace a primera vista, pero a veces también aparece cuando descubres un lugar nuevo. Eso fue lo que me pasó durante unos días recorriendo Costalegre, en la costa de Jalisco: entre playas tranquilas, pequeños pueblos pesqueros y buena comida frente al mar, descubrí un destino que invita a bajar el ritmo y disfrutar cada parada del camino.
Costalegre: una ruta para enamorarse de la costa de Jalisco
Costalegre es una extensa franja de la costa de Jalisco que se extiende entre los alrededores de Puerto Vallarta y los límites con Colima. Su paisaje cambia entre playas, vegetación tropical y pequeñas comunidades costeras que conservan su propio ritmo. Aquí puedes pasar el día frente al mar, probar la gastronomía local, conocer rincones poco concurridos o simplemente dejarte llevar por el camino.
Nuestra ruta comenzó llegando al aeropuerto de Manzanillo, desde donde nos trasladamos hacia Boca de Iguanas para hacer la primera parada. A partir de ahí, seguimos por carretera para descubrir algunos de los lugares que hacen especial a esta región. Y aunque el viaje tenía un enfoque romántico, pronto quedó claro que Costalegre tiene planes para distintos tipos de viajeros: parejas, amigos, familias o cualquiera que tenga ganas de conocer otra cara del Pacífico mexicano.
Wana Wana: la primera parada frente al mar
Nuestra primera parada fue Wana Wana Beach Club, en Boca de Iguanas. Fue una gran manera de empezar el viaje: llegamos, nos sentamos frente al mar y dejamos que el día avanzara sin demasiadas prisas. El lugar tiene espacio para relajarse y disfrutar de la playa con cierta privacidad, sin sentir que estás en medio de una multitud.
La comida fue una de las grandes sorpresas. La relación entre precio y calidad nos pareció excelente, pero hubo dos platos que se quedaron en mi memoria: una tostada de atún muy bien servida, con pescado que sabía fresquísimo, y un aguachile negro que también estaba buenísimo.
El plan aquí puede ser tan tranquilo como quieras. Puedes comer frente al Pacífico, meterte al mar, descansar en un camastro o elegir alguna de las albercas si prefieres no entrar a la playa. La palapa, con su estructura elevada y vistas abiertas al paisaje, también es uno de esos rincones que invitan a sacar el teléfono y tomar fotos.
Para una escapada romántica, Wana Wana funciona muy bien: puedes pasar varias horas entre comida, sol y mar sin necesidad de organizar demasiadas actividades. Pero también es una buena parada si viajas con amigos o simplemente quieres disfrutar de la costa antes de continuar la ruta.
Pérula: el encanto de viajar sin prisas
Después seguimos hacia Pérula, donde nos hospedamos en Casa Tilmacalli, un hotel boutique que te permite vivir la experiencia de una manera más cercana a la vida local. Las habitaciones tienen cocina y refrigerador, detalles que se agradecen si quieres preparar algo sencillo por la mañana y empezar el día a tu propio ritmo.
Pérula tiene ese ambiente de pueblo costero en el que puedes caminar hacia el centro, comprar algún recuerdo, buscar algo para comer y regresar a la playa sin complicarte demasiado. La costa fue uno de mis lugares favoritos para bajar todavía más el ritmo: puedes pasar la tarde junto al mar, tomar fotos y quedarte a ver el atardecer.
También hay una zona donde el agua se conecta con el mar y desde la que salen pequeñas embarcaciones para hacer recorridos por los alrededores. Nosotros no hicimos esa excursión, pero es una alternativa para quienes quieran explorar más allá de la playa.
Por la noche, encontramos otra buena razón para disfrutar Pérula: su oferta gastronómica. Cenamos en una pizzería del pueblo y la combinación fue sencilla, pero perfecta: pizza, ensalada, vino y una buena conversación. Es una de esas experiencias que no necesitan demasiada producción para convertirse en uno de los recuerdos del viaje.
Lo que más me gustó de Pérula fue precisamente eso: su tranquilidad. Aunque recibe visitantes, el ambiente conserva un ritmo local y las calles no se sienten saturadas. Es un lugar para caminar, improvisar un poco y disfrutar de no tener que correr de una actividad a otra. Si buscas una escapada romántica, tiene el escenario; si lo tuyo es recorrer la costa y conocer lugares nuevos, también.
Tehuamixtle: mariscos, música y una vista para quedarse
De Pérula seguimos hacia Tehuamixtle, una pequeña comunidad pesquera de Cabo Corrientes que tiene mucho sabor. Es un lugar pintoresco, de esos que no necesitan grandes desarrollos ni demasiada infraestructura para conquistar a quien llega. Su bahía, rodeada de paisaje natural, y su ambiente tranquilo son parte de su encanto.
Si lo que buscas es una buena vista, música y un restaurante prácticamente a pie de playa, este es el lugar. La experiencia gira alrededor del mar y de su gastronomía: las almejas son una de las especialidades que vale la pena probar. También hay que poner atención a los ostiones de la zona, especialmente los de gran tamaño, que se han convertido en uno de los productos más representativos de Tehuamixtle.
Aquí la idea es sentarte sin prisa, pedir algo de comer, disfrutar de la música y dejar que la vista haga lo suyo. Es una parada que se siente muy distinta a los destinos de playa más concurridos y que permite acercarse a otra faceta de Costalegre: la de las pequeñas comunidades que mantienen una relación muy cercana con la pesca y la vida junto al océano.