Seamos honestos, cuando comience la Copa del Mundo, la mayoría de nosotros no vamos a estar en el estadio, no vamos a sentir el rugido de las gradas ni vamos a tener esa historia que contar décadas después.
Y aun así, algo está pasando en la Ciudad de México que se siente igual de grande, o quizá más. Porque este Mundial no es solo un torneo; es un espejo en el que la ciudad decidió mirarse.
Desde meses antes de que rodara el primer balón, la capital empezó a transformarse. No con infraestructura deportiva, sino con arte, con memoria, con cultura. Y eso, aunque no aparezca en los marcadores, es lo que va a quedarse cuando todo esto termine.