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Nuestras Historias

Él es el mexicano que cambió la Fórmula 1

Visitamos en España a Jo Ramírez, el compatriota que ayudó a Senna y Prost a ser leyenda. ¿Quién es él y cuál es su historia?
viernes 28 octubre 2016
Jo Ramírez
Jo Ramírez Jo Ramírez durante la carrera Mille Miglia 2014 en Italia.

Presentado por: Heineken

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Jo estaba preocupado por como íbamos a encontrar su casa. Por correo, nos mandó un mapa dibujado a mano que tenía muy claro a dónde llegaríamos: el hotel Hacienda Puerta del Sol, en Mijas, al sur de España. Ahí fue el lugar que acordamos para vernos. Desde ese momento entendí que la primera virtud de este mexicano de 75 años es la amabilidad. No había visto su sonrisa, pero ya la imaginaba: cálida, sincera, alejada de la altanería que se le podría suponer a alguien con una carrera como la suya. Alguien que lo ha visto todo en el mundo del motor y que ha habitado las más altas esferas, compartiendo alegrías y penas con personajes de leyenda... tan de leyenda como él. Verlo llegar en un modesto Citroën C2 no hizo más que confirmar mi sospecha.

Diez minutos después, llegamos a su hogar, una casa blanca bautizada como Finca Tenochtitlan, con una vidriera de colores en la sala que dibuja el águila sobre un nopal devorando una serpiente. Apenas un pie en la finca, el primer tesoro de su colección de autos me saludó: un Porsche Cayman 2006 para los viajes en carretera por Europa.

En el interior de la casa, Úrsula, su pareja, de origen austriaco, nos recibió con Hey Jude, de The Beatles, y los fogones de la cocina en acción. “Está preparando la comida, no sabes lo bien que cocina”, dijo Jo. Un inicio inmejorable que dio paso a una rápida visita a la casa. El primer detalle que llama la atención es la gran cantidad de elementos decorativos, como unos cojines con el logotipo de la Carrera Panamericana. “Conocí más México con la Panamericana que cuando vivía allá”, recordó. “Creí que el país iba a estar más desarrollado, me impactó la pobreza que hay en el interior de la República”. Inmediatamente después, entramos en su sala de los recuerdos, una pequeña habitación con volantes, como el que Phil Hill usó en Le Mans en los 60, y algunos cascos, como el que Ayrton Senna portó en el GP de Mónaco de 1991. Las preguntas empezaban a amontonarse en mi cabeza, pero decidí esperar a que me mostrara su segundo escondite, el garaje de la planta inferior. La famosa Harley-Davidson que David Coulthard y Mika Häkkinen le regalaron el día de su cumpleaños, poco antes de su retiro en 2001, convive en este espacio, repleto de pósters, cuadros y acreditaciones, con un Jaguar XK150 S del 59, un Fiat 500 del 68 y un Ferrari 308 GTS del 81.

De regreso al nivel superior, nos sentamos en su zaguán, con vistas a unos campos que terminan en el mar. Para romper el hielo, le pregunté acerca de esta casa, edificada sobre un terreno que decidió comprar con su esposa Bea a finales de los 90. Por desgracia, ella no pudo disfrutar demasiado de este hogar, ya que falleció en 2005 a causa de un cáncer. Esta desgracia alejó a Jo de Inglaterra, país del que era originaria su mujer y donde tenía varias propiedades, incluido el departamento de su hija Vanessa, que murió en 2012 a causa de una enfermedad cardiaca que sufría desde su nacimiento, en 1971. “Mi hija dedicó su vida a ayudar a bebés con problemas similares. Es una historia muy bonita”, me explicó orgulloso, para rápidamente pasar a contarme cómo conoció a Úrsula, en 2007, durante un rally que le gusta correr en Austria. No esperaba llegar al tema de las tres mujeres de su vida tan pronto, pero la naturalidad con la que lo contó me volvió a recordar que estaba frente a alguien muy especial.
Ahora sí, manos a la obra. Empecemos desde el principio.

Jo Ramírez
Jo Ramírez en la carrera Ennstal Classic 2015 en Austria.

LA PASIÓN ABRÍA PUERTAS

Hijo de uno de los propietarios de la cadena de tiendas departamentales El Nuevo Mundo, el papá de Jo Ramírez creció con todos los lujos imaginables. Pero cuando el abuelo empezó a sufrir alzhéimer y sus socios le quitaron todo, el lujo desapareció. “Aquello fue bueno para mí porque, aunque nunca me faltó de nada, mi padre se esforzó mucho en que aprendiera el valor del dinero”, me aseguró Jo.

Tras una sencilla infancia en la colonia Nápoles, nuestro protagonista decidió estudiar Ingeniería Eléctrica “porque era lo único que me iba a permitir ver algunos coches”, al tiempo que empezaba a seguir los pasos de Ricardo Rodríguez, con quien entabló amistad, corriendo con él en circuitos de karts, como el de Cuernavaca o el de Ciudad Satélite. Cuando Ricardo fue reclutado por Ferrari, Jo tomó la decisión que cambiaría su vida: irlo a buscar a Italia. ¿Sus armas? Estudios incompletos, ni una palabra de italiano y 500 dólares en ahorros. Gracias al papá de un amigo, el vuelo a Nueva York le salió gratis. El viaje hasta Europa en el trasatlántico Queen Elizabeth le costó 200 dólares. Le quedaban 300 dólares. Era 1962. Jo tenía 20 años.

Tras varias peripecias, finalmente encontró a Ricardo, quien le presentó a Eugenio Dragoni y a Mauro Forghieri, del equipo Ferrari, que quedaron encantados con la pasión por los autos de aquel mexicano y le permitieron acompañar al equipo, lavar coches y servir cafés a cambio de hospedaje y comida. “Yo estaba feliz, iba a aprender el idioma y, poco a poco, a hacer trabajos más importantes. Incluso conocí a Enzo Ferrari, que silenciaba el taller con su presencia. Qué respeto le tenían, era una autoridad completa. Cuando me preguntan cómo lo hice, pienso que hoy sería imposible. Mi fortuna es que, en aquellos años, la pasión te abría las puertas”, repitió varias veces durante la visita. Quizá sí, pero tú debías de tener un encanto especial, pensé, justo mientras me contaba cómo se hizo íntimo del ingeniero Forghieri, visitando su casa cada fin de semana para aprender de él. “Si algo aprendí es que la convivencia y la amistad son muy importantes, más que el trabajo, incluso”.

Al final del año, también gracias a Ricardo, Jo conoció a su ídolo, el piloto Juan Manuel Fangio, que lo ayudó a conseguir su primer trabajo real en Maserati. Allí pasó por todas las divisiones hasta llegar a la sección deportiva y trabajar con Gian Paolo Dallara, quien poco después lo convenció para formar parte del equipo que construyó el primer Lamborghini. “Fui el quinto empleado de Lamborghini”, me sonrió. “Pero después de un año me fui porque lo que yo quería eran carreras y el núcleo se había movido a Inglaterra”.

Así que, sin miedo, en su Fiat 500, se fue a Gran Bretaña. Su entrega —pidió que le dejaran trabajar dos semanas sin paga antes de decidir si lo contrataban— le abrió las puertas de Ford. “Me compré una radio y me pasaba el día oyendo comedias y noticias para aprender inglés”, respondió a mi pregunta sobre los idiomas que habla. “Entiendo alemán y hablo italiano, español, portugués, inglés y francés”. Regresando a los coches, tras un tiempo en Ford, en 1966 se sumó como mecánico al proyecto de Dan Gurney para correr en la Fórmula 1; fue en esa época cuando se casó con Bea. Luego de tres años de carreras, Dan lo convenció de irse con él a California para ayudarle a correr en la CanAm, la Trans-Am e Indianápolis. Dos años estuvo la pareja en Estados Unidos, ahorrando para poder regresar a Inglaterra a comprarse una casa. “La vida era muy fácil en América, no teníamos nada que nos retara, ambos ganábamos muy bien, pero queríamos volver a Europa. Y los astros se alinearon: Dan Gurney se retiró y me ofrecieron un trabajo en Ford Prototipos, que hacían autos para Le Mans”. Con ellos pasó otro par de años, antes de unirse al legendario equipo de Ken Tyrrell. Allí estuvo nada más y nada menos que con Jackie Stewart y François Cevert. Este último se mató en su coche, una de las muchas muertes que le tocó afrontar durante su vida en los circuitos, incluyendo la de su gran amigo Ricardo Rodríguez, Elio de Angelis y el propio Ayrton Senna, tiempo después. “Ricardo fue el primer amigo que perdí y quizá la muerte más dura”, reconoció.

“A un fan que leyó mi libro —Mi vida en la Fórmula Uno— le impresionó cuánta gente moría en las carreras. Y sí, aunque mientras pasa no te das cuenta. En este deporte trabajas en el límite, con el coche lo más ligero posible. Sólo haces más fuerte una pieza cuando se rompe, porque muchas veces si no, no ganas carreras. Cuando François murió, Ken nos dijo que sabía que era difícil, pero que teníamos que revisar el carro para ver si algo se había roto. El coche era un desastre, había pedazos de François... Me impactó mucho. Tuve que recoger las cosas de su cuarto de hotel y entregarle la maleta a la familia. François era un tipazo. Tocaba el piano, guapo, ojos azules, mujeres, amigo de todos... Como eran los pilotos. Ahora, un piloto llega con papá y mamá al circuito. Antes, llegaba con dos prostitutas, o con Miss Italia y una actriz. Hoy empiezan demasiado jóvenes. Quieren ganar dinero, hacerse famosos, pero les das un micrófono y no saben qué decir. Yo no ganaba tanto, pero me divertía mucho más”.

EL CAMINO DEL PODIO

Jo transmite satisfacción. Ésa fue una de las conclusiones a las que se llega tras un día con él. De lavar coches y servir cafés pasó a ser jefe de mecánicos de Tyrrell, y lo cuenta como algo natural, ahora que los años pueden narrarse en minutos. “Sentía mucha satisfacción, pero lo bonito de este deporte es que nunca te da tiempo de parar”, reflexionó. “Si haces una cosa y te sale bien, la próxima tiene que ser más grande. Ese reto te mantiene joven. Además, no dejas de moverte y trabajas con gente joven. Tú te estás volviendo viejo, pero no deja de entrar gente que te distrae de ello”. El siguiente de esos movimientos llegó cuando los hermanos Fittipaldi le ofrecieron ser su team manager y moverse a Brasil para organizar un nuevo Grand Prix, con esposa e hija a su lado.
Su relación con los Fittipaldi le hizo perder el cabello, pero fortaleció su carácter. “Estuve con ellos casi tres años, hasta que uno de los muchos pleitos que tuvimos me hizo ver que no funcionaríamos juntos y me fui. Vivían en una opulencia increíble, mientras al equipo no nos llegaba todo el dinero del patrocinio. Fue difícil”.

Como siempre, a Jo no le costó encontrar trabajo, ya como team manager y en este caso con el equipo Shadow, que él mismo reconstruyó después de que casi todos sus integrantes se fueran para fundar Arrows. De la mano de los pilotos Hans Stuck y Clay Regazzoni, y, posteriormente, Jan Lammers y Elio de Angelis, empezó una época que le sirvió para demostrar que toda la pasión que lo había llevado hasta este punto venía acompañada de talento. Primero con Shadow, después con ATS (que abandonó por problemas con el conflictivo Hans Gunther Schmid) y, finalmente, con Theodore, Jo se ganó el respeto y el aplauso —literalmente— de los otros team managers gracias a actuaciones memorables para equipos tan pequeños.

Fue entonces, en 1982, cuando llegó su gran momento: la oferta de Ron Dennis, para entonces amigo suyo, de entrar a McLaren. Tras negarse una primera vez, el cambio a motores turbo en la Fórmula 1 lo orilló a aceptar la oferta, aunque nunca se lo reconoció a Dennis. “Ron vende refrigeradores a los esquimales, no tenía que convencerme, pero dejé que lo hiciera. De él aprendí a no aceptar un no por respuesta. Tuvo tanta visión y tanto empuje. Sabía cómo iba a evolucionar la F1. Ron quería que los mecánicos trabajaran en el pit como si estuvieran en la fábrica, sin perder tiempo y con la limpieza de un hospital. Todo el mundo lo empezó a copiar. Lo que McLaren hacía un año, al año siguiente lo hacían todos”.

SENNA Y PROST: LOS AÑOS DORADOS

Si por algo es recordado Jo es por su trabajo como team manager durante la etapa más importante de McLaren y, en palabras del propio Ramírez, “una de las épocas más bonitas de la historia del automovilismo”. Hablo de los años en los que Alain Prost y Ayrton Senna le dieron al equipo cuatro campeonatos consecutivos, entre 1988 y 1991. “Teníamos los mejores autos, aunque nuestra supremacía no era como la de Mercedes ahora”, me contó Jo. “Pero teníamos dos pilotos increíbles que ni ellos sabían qué tanto el uno empujaba al otro”.

El mexicano sólo tiene buenas palabras para ambos, con los que asegura tuvo una muy buena relación. Pero conforme la plática avanza uno se da cuenta de su admiración por Senna. “Cuando llegó a McLaren, él sabía que no iba a ser fácil compartir equipo con el número 1, que era Prost. Pero, aun así, triunfó”, recordó orgulloso. “La gran diferencia entre ambos era que, si Prost tenía el coche como a él le gustaba, era imparable. Pero, ¿cuántas veces pasa eso? Las veces que Prost lo tuvo fue invencible. En cambio, Senna se adaptaba al coche. Prost lo probaba y pedía cambios. Senna nos decía que lo preparáramos igual que el de Prost, que él se las arreglaría”.

Las anécdotas que Jo guarda de aquella época son impagables. Él vivió de cerca el respeto que se tenían ambos pilotos, mismo que dio lugar a cierto distanciamiento personal y posteriores conflictos. Ambos se empujaban a ser todavía mejores. Prost podía lograr la mejor vuelta de la clasificación al primer intento, bajarse del auto y sentarse a ver cómo Senna intentaba superarlo sin éxito. Y Senna podía sacarle un segundo a Prost en la pista preferida del francés (Spa-Francorchamps), que no daba crédito de ello. “Eso fue lo bonito de esos años, esa convivencia”, me dijo Jo. Pero, la obsesión de Senna por ser el primero provocó situaciones de riesgo, ante las que Prost terminó por enojarse diciéndole que si tanto quería el campeonato como para desear que él o cualquier otro piloto muriera, que era suyo, que así no quería correr.

Tan grande era la obsesión de Senna por ganar que llegó a perder carreras sólo por su miedo de ser alcanzado por Prost, aun cuando le sacaba mucha ventaja. “Una vez, en Mónaco, al ver a Prost recuperarse de un mal inicio y ponerse segundo tras 70 vueltas, Senna empezó a manejar tan rápido que se estrelló. Tras el choque, se encerró en su departamento y no pude localizarlo hasta las nueve de la noche. Todavía lloraba. ‘Soy el más grande idiota del mundo, ¿cómo puedo perder el control así?’, me dijo”.

Para Jo, las comparaciones que se hacen con Fernando Alonso y Lewis Hamilton o Nico Rosberg y Hamilton no tienen sentido. “Lo de ahora es cosa de niños, ellos eran hombres, era otra época. Antes, cuando un Senna o un Nigel Mansell pasaban por el pit había un aura en ellos, como de gladiadores, que se ha perdido. Para mí, esto no se trata sólo de coches, sino de personalidades. Ahora, los pilotos no dicen nada espontáneo, ni interesante ni personal. Están programados por sus sponsors y la FIA para decir lo que tienen que decir”.

SIN RIESGO LA F1 NO VALE LA PENA

La comida ya estaba lista. Gazpacho, paella y cheesecake. Antes de sentarnos en la mesa había algo que hacer: ver la clasificación del Gran Premio de Bélgica con caipiriña en mano, muestra de la afición de Jo por la coctelería. Aprovechando, decidí preguntarle directamente su opinión sobre la Fórmula 1 hoy, que por sus anteriores comentarios imaginé no sería la más positiva. “Demasiada política”, fue su respuesta. “Deberían volver a dejar a los ingenieros libres. Lo importante es tener carreras con 20 coches competitivos”. Cosa que, desde 2014, claramente no pasa. Tanta seguridad hace más fácil el deporte para el piloto, opina Jo. “Se ha perdido el romanticismo. Me gusta el riesgo porque nací con él. Para mí, es una parte esencial de la F1, de su ADN. Sin cierto riesgo no vale la pena este deporte”.

Ya en la mesa, la conversación siguió por un par de horas más, siempre en torno al automovilismo. En torno a la gente que le permitió conocer. David Niven, el actor. Elizabeth Taylor y la princesa Diana. Y tantos pilotos míticos. El introvertido Niki Lauda, que fue el primero en presentarse a la fiesta de despedida de Jo en Indianápolis. El insoportable Nigel Mansell, capaz de quejarse por tener que firmar un papel para recoger su coche al bajar de su avión privado. “El año pasado en México, tras el GP, en la premier de Spectre, mandó a llamarme para que le hiciera compañía... Se debe sentir tan solo. Siempre manejó con el corazón, pero nunca tuvo cabeza”. El gran Michael Schumacher, al que Jo siempre le agradecerá haber reconocido que si Senna no hubiera muerto, sus récords no serían los que son. Carlos Slim, quien le animó a escribir su autobiografía. Checo Pérez, del que dijo cosas muy duras cuando éste desperdició su oportunidad en McLaren; “errores de juventud, le preocupaba demasiado el dinero. Yo creo que le sirvieron mis palabras, aunque no lo reconocerá”.

eJo es una enciclopedia. Una leyenda que tiene las puertas abiertas en todos los circuitos y talleres del mundo. Un hombre amable de sonrisa cálida con dichos tan entrañables como “en la Fórmula 1, tantas mujeres y tan poco tiempo”. Un mexicano al que lo único que le faltó fue ser piloto: “Quizá sea lo único de lo que me arrepiento, de no haberlo intentado más”. Un apasionado que quiere ser recordado como un amante del motor “que vivió su vida entera sin trabajar”.
No fue fácil despedirse. Sentía que podía seguir hablando con él hasta bien entrada la noche. Recogí mis cosas y me fui, mil veces agradecido con Jo por haberme contagiado su infinita pasión por la Fórmula 1. Su amabilidad es de las que inspiran

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