Hay artistas que construyen mundos, y luego está San Jacinto, que los habita. Es por eso que no fue ninguna sorpresa que El Palacio de Hierro confiara en él para crear su altar de muertos para este año. No solo fue natural, también fue muy significativo.
Su mirada sensible y profundamente íntima encontró en esta tradición un espacio para hablar de memoria y raíces. El resultado es un altar que conmueve desde el detalle y abre la puerta al universo emocional del artista, haciendo que la tradición respire con nueva fuerza dentro de El Palacio de Hierro.
El artista que llevó el Día de Muertos a El Palacio de Hierro
¿Quién es San Jacinto, el creador que transforma la memoria en flor?
Conocer el trabajo de San Jacinto es descubrir a un creador que entiende las flores como un lenguaje capaz de guardar historias. Detrás de su nombre está Luis Rojas, diseñador formado en el diseño industrial y marcado por una infancia rodeada de artesanía y rituales familiares. De la Plaza San Jacinto heredó el gusto por lo hecho a mano; de Oaxaca, la disciplina del ikebana; y de sus años en el diseño, la capacidad de construir espacios que se sienten tanto como se observan.
Su hogar-estudio en el sur de la Ciudad de México refleja esa sensibilidad: un lugar donde conviven barro, palma, madera y objetos elegidos por su alma. Esa atención al detalle guía también su trabajo floral, donde crea desde la memoria y la intención. En sus composiciones, lo contemporáneo y lo tradicional se entrelazan, y las flores se convierten en un gesto que acompaña, sostiene y resguarda aquello que permanece en nosotros.
Un altar que honra la memoria desde la belleza: El Palacio de Hierro
Para la instalación de Día de Muertos de El Palacio de Hierro, San Jacinto creó un altar que refleja su manera única de entender el ritual y la memoria. Frente a esta obra, es imposible no pensar en las palabras con las que él mismo describe su proceso: “Veinte flores, veinte pétalos, 200 pétalos… flor de cuerpo, flor de luz, guía, esencia y camino.” Ese mantra numérico, casi meditativo, se traduce en una estructura envolvente de cempasúchil que asciende, cae y vuelve a subir como si dibujara un trayecto entre mundos.
La fuerza del altar está en los detalles: en la repetición precisa, en la forma orgánica del cempasúchil y en el movimiento sutil que crean los pétalos al caer. San Jacinto honra la tradición desde una mirada sensorial y profundamente humana, donde las flores hablan y se vuelven memoria, presencia y compañía. El resultado es un espacio donde el Día de Muertos recupera su sentido más profundo: un puente entre quienes estuvieron y quienes seguimos aquí, sostenido por la luz de las flores y el acto de recordar.
Un rito que San Jacinto construye con las manos
La manera en que San Jacinto da forma a su altar revela una relación íntima con el ritual: acomoda pétalos, ajusta objetos y limpia el espacio con una precisión que transmite calma y respeto. La luz sobre las flores, la cruz de sal y el brillo tenue de las velas crean una atmósfera que invita a detenerse y habitar el momento.
Esa atención cuidadosa convierte el altar en un espacio que acompaña. La caída natural del cempasúchil, la armonía de los elementos y la sensación de movimiento hacen que la tradición se sienta viva. San Jacinto logra que el Día de Muertos recupere su esencia más humana: la cercanía con quienes ya no están y la certeza de que la memoria sigue encendida en cada gesto.
Esta instalación estará en El Palacio de Hierro Perisur el 9 de octubre, en El Palacio de Hierro Santa Fe el 16 octubre y el 23 de octubre en el en El Palacio de Hierro Polanco. De verdad que sentarte en esa silla, con el aroma de esta flor tradicional de nuestro país te transportará de inmediato.