¿Quién es Jorge Viladoms, pianista mexicano del que todos hablan?

Debutó en el Carnegie Hall, es maestro en el Conservatorio de Lausanne, Suiza, y su carrera va en ascenso. Pero lo realmente importante para él es cambiarle la vida a los niños a través de la música.
Debutó en el Carnegie Hall, es maestro en el Conservatorio de Lausanne, Suiza, y su carrera va en ascenso. Pero lo realmente importante para él es cambiarle la vida a los niños a través de la música.
 Debutó en el Carnegie Hall, es maestro en el Conservatorio de Lausanne, Suiza, y su carrera va en ascenso. Pero lo realmente importante para él es cambiarle la vida a los niños a través de la música.  (Foto: Paco Díaz)

Cuando lo vimos en la gala de la Hispanic Society of America, en octubre de 2013 en Nueva York, nos quedó claro su carisma. Su talento, en su debut en el Carnegie Hall, en noviembre de 2014. Pero después de pasar todo un viernes de abril con el duranguense Jorge Viladoms en la Ciudad de México no tenemos duda de que, a sus 30 años, es un ser humano que va in crescendo. Su historia es la de un exitoso pianista, concertista y maestro del Conservatorio de Lausanne, Suiza, que encontró su misión más allá de la búsqueda del éxito: usar la música para cambiarle la vida a todos los niños que pueda. Igual que él, gracias a ella, cambió la suya.

Antes que nada, es un tipazo. Sencillo, sincero, de esos con los que no cuesta nada conectar. Transparente y empático. De los que bajan la guardia pronto para contarte cosas que no cualquiera diría: que si llora con películas animadas ("¡del tipo de Nemo, no sé por qué pero soy bien llorón en esas películas!", nos cuenta); que si no le gustan los antros ni lo que llama "alcoholes de hombre" (cero cerveza o whisky); nunca ha probado un cigarro y que, eso sí, es adicto a ver maratones de series, House of Cards y Breaking Bad, sus favoritas ("me puedo echar en un fin de semana las cuatro temporadas, me encantan, soy adicto", dice).

Jorge se define como fatalista, pero sonríe todo el tiempo. Quizá es por eso: recibe más de lo que espera de la vida. Sonríe igual ante la cámara que cuando platica con los meseros en la terraza del King Cole Bar del St. Regis, que lo descubren mientras desayunamos y lo tratan como celebridad.

"Es que el otro día vino y nos tocó unas canciones bien bonitas", nos presumió uno de ellos, sin decir que los desveló un poco porque fue a la medianoche ("soy un zombie en las mañanas", nos diría después). Sonríe con el mismo charm ahí que cuando, en el shooting, le dicen que el suéter azul que traía puesto, a juego con sus ojos turquesa, es "color Clark Kent". Y hasta en los ratos en que hay que esperar cambios de luces y outfits, no aptos para impacientes. "Soy muy feliz y disfruto mucho la vida", explica.

Un tipo cool. Muy bien plantado en la vida, seguro, exitoso, feliz. Que ha tenido suerte y ha estado listo para aprovecharla.


A los 17 años trabajaba 10 horas diarias, siete días a la semana. Hoy, trabaja 19 horas a la semana.
 A los 17 años trabajaba 10 horas diarias, siete días a la semana. Hoy, trabaja 19 horas a la semana.  (Foto: Paco Díaz)

LA MUERTE QUE LO MARCÓ Jorge nació en una familia de papás muy amorosos, entre ellos y con sus tres hijos varones. "Soy una persona muy agradecida por lo que la vida me ha dado, sobre todo por la familia que la vida me dio y la suerte que tuve desde chiquito", dice. Pero cuando tenía 14 años, sucedió una desgracia que marcó su vida: su papá, el cirujano gastroenterólogo Juan José Viladoms ("un hombre con mucho entusiasmo, increíble", según Jorge), murió a los 50 años, en su mejor momento de crecimiento profesional, tras sufrir un aneurisma en la aorta, justo cuando la vida le sonreía tres meses después de haberse mudado con su familia de Durango a Puebla. "Pasé por muchas etapas, la etapa de frustración, de enojo, de preguntar por qué mi papá, un hombre tan bueno, que salvó tantas vidas, había muerto", recuerda.

Su mamá, Myrna Weber, se quedó totalmente al cuidado de él y de sus hermanos mayores, Juan y Carlos. "Nos ayudamos mutuamente acercándonos mucho", dice. Y aquí comienza, como una paradoja, su relación con la música, que aún no descubría como vocación. "Teníamos un piano de cola en la casa, pero cuando murió mi papá como que no sabíamos qué hacer con este piano", nos cuenta. "Nos mudamos cinco veces en un año, acabábamos de comprar una casa pero tuvimos que rentarla, entonces mi mamá dijo ‘o lo vendemos o tomas clases'... y empecé a tomar clases".

Fue una catársis. "Gracias a la música bastante rápido me di cuenta de la suerte de haber tenido a un papá así, y no de que lo perdí, cambió el chip, y seguí adelante; la música a mí de una cierta manera me cambió de camino, me hizo ser quien soy, y me sacó del hoyo en el que estaba cuando murió mi papá, la música hace milagros en el desarrollo de un niño", dice.

Con todo, aún no la pensaba como profesión (de niño decía que quería ser explorador y luego se había convencido de ser ingeniero ambiental, "la carrera del futuro", como le había dicho su papá), y empezó a trabajar en otras cosas. "A los 17 años me volví independiente porque mi mamá no me podía apoyar, desde los 17 años yo pago todas mis facturas. Vendía helados, daba clases de inglés, de lo que fuera, mucho tiempo trabajé mucho, en el verano trabajaba tres o cuatro meses varias horas diarias, siete días a la semana".

El destino, si es que existe, aún lo estaba esperando.


Admira a los pianistas Vladimir Horowitz y Alfred Cortot. Entre los contemporáneos a Murray Perahia, Nelson Freire, Philippe Cassard.
 Admira a los pianistas Vladimir Horowitz y Alfred Cortot. Entre los contemporáneos a Murray Perahia, Nelson Freire, Philippe Cassard.  (Foto: Paco Díaz)

EL DESPEGUE EN SUIZA

La verdad es que Jorge llegó a Suiza por azar. Sólo quería seguir el ejemplo de sus hermanos de irse un año sabático a Europa para aprender otro idioma (su primera opción era Francia, a donde había ido uno de sus hermanos; el otro estaba en Alemania), pero la suerte lo llevó tocar informalmente frente a un decano del Conservatorio de Lausanne (la cuarta ciudad más poblada de Suiza después de Zúrich, Ginebra y Basilea, a orillas del lago Lemán).

Aunque no era bueno técnicamente, su ímpetu se impuso y lo invitaron a quedarse a estudiar en la clase del pianista suizo Pierre Goy. "Hasta los 18 no sabía que iba a ser músico, fue allá que me di cuenta verdaderamente de lo que quería", admite. En 2008 obtuvo un master de Pedagogía Musical y en 2011, además de un Master of Arts in Performance en la Hochschule der Künste en Zurich, fue nombrado profesor titular de piano en el Conservatorio de Lausanne (el profesor más joven en conseguir ese puesto).

Para entonces ya había ganado varios premios, hacía presentaciones e incluso en 2012 ofreció un concierto en la sede de la ONU en Ginebra por la Independencia de México. Todo bien, excepto que, pedagogo al fin, quería hacer algo por niños más allá de sus alumnos. Inspirado en el Sistema de Orquestas Infantiles de Venezuela, fundado por José Antonio Abreu, y por el ejemplo de su mamá, a quien vio de niño ayudar a los niños de un orfanatorio, se acercó a la Embajada de México en Suiza para materializar la fundación Crescendo con la Música, el proyecto de su vida.


Su tesis de maestría fue sobre el rol de los papás en la enseñanza de la música. “Deben estar atrás, no forzar pero sí empujar”, recomienda.
 Su tesis de maestría fue sobre el rol de los papás en la enseñanza de la música. “Deben estar atrás, no forzar pero sí empujar”, recomienda.  (Foto: Paco Díaz)

HACER ALGO POR LOS MEXICANOS

Cuando nos lo contó, sus ojos parecían volver a llenarse de lágrimas. Después de unos años de estar en Suiza, Jorge vino a México de visita y unos amigos fueron a recibirlo al aeropuerto. Cuando iba saliendo se le acercó a pedirle limosna un niño pobre, de esos que de tanto verlos se vuelven invisibles para mucha gente insensible en México. En Suiza, tenía años de no ver a uno. Se soltó a llorar. Ahí fue cuando supo que tenía que hacer algo por ellos. Sí o sí.

Con el apoyo de la Embajada, y desde octubre de 2013 también de la organización internacional Rockefeller Brothers Fund, se alió con una escuela llamada Centro Educativo La Barranca, en La Coronilla, una de las colonias más vulnerables de la zona de La Barranca de Huentitán, en Jalisco, para darles clases de música, iniciación musical y canto a 350 niños de entre seis y 15 años con familias disfuncionales ("de abuso, violencia, problemas de drogas, alcohol, pobreza de identidad, una pobreza de que tus papás fueron niños pobres y tus hijos serán niños pobres", nos explica).

Cuando buscó a la directora de la escuela para plantearle la propuesta ella no lo podía creer. "Le hablé a la directora desde Suiza por Skype y le dije: ‘el cuñado de mi hermano da clases ahí de tercero de primaria, me dieron el teléfono, estoy haciendo una fundación, les pagaría los profesores de música y los instrumentos y todo, ¿qué le parece? ¿Estaría interesada?' ¡Súper emocionante el momento! ¡Empezó a llorar! ¡De repente estaba en su oficina y alguien le habla de Suiza! Ha sido emocionante todo el proceso, he aprendido muchísimo y he tenido el apoyo de mi novia y mi hermano en Guadalajara (Jorge es el presidente de la fundación y su hermano Juan el director).

"Mi novia creó la página de internet de la fundación, me ayuda con los instrumentos, viene conmigo a ver a los niños, y ella era mi oreja cuando era mi brainstorming de qué iba a hacer, cómo, ella estaba ahí, el nombre de Crescendo con la Música nació gracias a ella, el nombre es padrísimo, ella es increíble, es una persona con un corazonsote".

En junio de 2013 Jorge hizo una gira de conciertos para recaudar fondos en varios teatros de México, entre ellos Bellas Artes en el DF, el Degollado en Guadalajara, y el Victoria en Durango. También el espectáculo "Luz de Luna" con artistas invitados, realizado en noviembre en el Carnegie Hall, que incluyó cena de gala y que se repetirá este 8 de junio en Au Bâtiment des Forces Motrices, en Suiza).

Y paralelamente, en cada presentación, ha estado convocando al público para que le donen instrumentos "dormidos", es decir, sin uso, para traerlos a México y poder dar clases con ellos a los niños de La Barranca. Dice que lleva casi 100 recaudados, entre los que hay siete pianos (uno de cola) y 31 violines, varios clarinetes, etc. En estos momentos está resolviendo la logística para trasladarlos a México; los violines los tiene en su casa y los pianos están aún con los donantes.

"No tengo ese sueño utópico de cambiar al mundo, pero si puedo cambiar una vida ya es cambiar un mundo en sí, una vida tiene millones de sueños, millones de recuerdos, millones de personas que encuentras, que tocas, hay tantas cosas en una vida que si cambias una vida ya estás cambiando muchas cosas", considera.


 Es muy juguetón, con su familia, su pareja y sus amigos.
  Es muy juguetón, con su familia, su pareja y sus amigos.  (Foto: Paco Díaz)

UN GRAN PAPÁ... SIN HIJOS

"No tienes hijos pero tienes 350, ¿no?", le digo a Jorge, refiriéndome a los beneficiarios de su fundación. "No los veo como hijos, son personas, son ellos. Pero sí tengo un instinto paternal grandísimo, con mis alumnos también, soy súper estricto (aclara que tampoco estilo Whiplash, que se le hizo una película muy exagerada), pero si un alumno me dice en Whatsapp ‘Monsieur, conéctese a FIFA 2015', jugamos a FIFA 2015, hay un nexo muy bonito. Tengo alumnos chiquitos de seis hasta veintitantos años.

"Entonces vas a ser un gran papá...", le digo. Y si siempre había sonreído, ahora explota de emoción. "¿Cuándo los vas a tener?", pregunto. "En unos cuatro o cinco años. Ahorita estoy desarrollando muchas cosas pero cuando tenga hijos se van a volver mi todo, mi prioridad, yo viví en una familia tan perfecta, tan hermosa, con tanto amor, que quisiera darle eso a mis hijos y me encanta verme en un futuro con mis niños, mi mujer, dos perros, ¡tres perros!, esa felicidad es el más grande éxito para mí", dice. Por ahora, después de una relación tormentosa en la que estuvo de los 18 a los 26 años, está muy enamorado.

Lo dicho: Jorge es un ser humano que va in crescendo.

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