Javier Sicilia de la poesía a la protesta

El poeta y activista mexicano fue elegido por la revista Time como ejemplo de `El Manifestante´, figura a la que nombró Personaje del Año 2011. Aquí la entrevista exclusiva para la revista Quién.
 El poeta y activista mexicano fue elegido por la revista Time como ejemplo de `El Manifestante´, figura a la que nombró Personaje del Año 2011. Aquí la entrevista exclusiva para la revista Quién.  (Foto: MondaPhoto/Alfredo Pelcastre para la revista Quién.)
Ha reunido a la clase política y empresarial para diseñar acciones que salven a México.
 Ha reunido a la clase política y empresarial para diseñar acciones que salven a México.  (Foto: MondaPhoto/Alfredo Pelcastre para la revista Quién.)

Al principio no quería esta entrevista y dijo: "A veces uno termina pareciendo superestrella o futbolista famoso, y por el bien del Movimiento preferiría no desgastarlo. Ya ves lo que le pasó a Marcos y al zapatismo. Pero ya estás aquí, Nacho". Me besó y conversamos.

Javier sonrió mucho durante la charla. No paró de hablar. Recordó el último beso a su hijo, nos contó por qué no se suicidó después de saber del asesinato de Juan Francisco y reveló cómo imagina su muerte. Aquí está el Sicilia biógrafo, el que se arrepiente de haber elevado la plegaria que posiblemente llevó a su hijo con Dios, según el poeta. Aquí está el Sicilia risueño, el distraído, el amante. El hombre que hoy mueve a México.

¿Cómo estás, Javier?

No he tenido tiempo de saber cómo estoy. Quisiera tomarme varios días de soledad. Necesito la soledad para mirarme cara a cara conmigo mismo.

Bueno, pues respira y hablemos de buenos recuerdos, como tu papá. ¿Qué recuerdas de él?

Yo siempre he creído que tuve a los progenitores invertidos. Mi padre era mi madre y mi madre mi padre. Mi papá era muy materno, un hombre bueno, amoroso, acogedor. Quizá mi pegajosidad, mis besos y mis ganas de abrazar vienen de él. Mi padre tenía la sensibilidad de poeta, por eso fue tan materno. Él tenía el don del consuelo, tal vez de ahí me venga el nombre de la caravana.

¿Y tu madre?

Mi madre es mi padre, porque ella fue la que me aventaba al mundo. Yo era muy mandilón y pañalón. Ella me arrojaba, me obligaba a enfrentar lo de afuera. Y si le debo a mi padre la poesía, Cristo y el buen humor, a mi madre le debo toda la construcción ética, porque me enseñó a Gandhi y a Luther King. Mi madre es una moralista terrible.

¿Qué pensaría tu papá de ti?

Yo creo que lo mismo que me diría mi hijo: que está orgulloso de mí.

¿Y tu madre qué te dice?

Mi madre no me lo dice, pero sé que está muy orgullosa. Parte del cómo ha podido procesar su duelo por la muerte de mi hijo (Juan Francisco vivía con ella) es siguiendo todo el Movimiento, de cual sabe más que yo.

¿Te regaña?

Me da partes, me dice: "Están diciendo, esto y esto". Lo sé porque le hablo en las noches y me cuenta lo que se comenta del Movimiento. Creo que está muy orgullosa de mí, sobre todo porque ve cosas de Gandhi en lo que hago. No me felicita, me dice: "Está bien lo que hiciste, pero no estás haciendo nada importante, sino lo que tienes que hacer". Mi madre es muy masculina en ese sentido.

¿De niño cómo eras?

Creo que un buen niño. Era muy dócil, curiosamente; muy sensible. Me cuesta mucho enfrentar la vida. Me refugiaba en mi imaginario y tuve que irme construyendo, haciéndome una fortaleza para mantener esa debilidad, para que no fuera aplastante sino trabajada por la fuerza. La debilidad es una virtud, parece vicio, pero no, porque el amor es debilidad pura y necesita un grado de fortaleza para expresarse en toda su grandeza.


Javier Sicilia es reconocido por Time como `El Manifestante´.
 Javier Sicilia es reconocido por Time como `El Manifestante´.  (Foto: MondaPhoto/Alfredo Pelcastre para la revista Quién.)

¿Desde niño entendías eso? ¡Es complejísimo, Javier!

Fue una infancia dura. Mi madre me reclama, como buena moralista: "Hijo, acuérdate cuando eras chico, las palabras fuertes te dolían" y mira que yo tengo una boca de carretonero espléndida. Y sí, recuerdo que me dolían...

Y ahora dices "Estamos hasta la madre"...

Fue una forma de construirme en un lenguaje duro, de sobrevivir afuera. Yo viví en los cinturones de miseria, después de la prepa, cuando me fui con los jesuitas a las zonas donde el lenguaje es muy grueso y la vida también. El "Estamos hasta la madre" no se usa para insultar, sino para definir una realidad.

Y ahora está hasta la madre... tu madre.

Sí, también ya está hasta la madre.

Siguiendo con las palabras, explícanos cómo es eso de ser un poeta que ha dejado de hacer poesía.

Yo siempre quise ser poeta, me gustaba cómo sonaba la poesía, su ritmo, la cadencia y me preguntaba por qué suena tan bonito. Creo que tener un padre es muy bello pero muy duro, porque yo lo veía escribir y decía que yo no lo iba a poder hacer, porque era un asunto de los grandes. Entré a la preparatoria y me encontré a Tomás Calvillo, que siempre tenía las bolsas repletas de poemas en servilletas, y fue entonces que desaté al poeta en mí, porque entendí que no era un asunto sólo de mi papá, sino de todos. Y por eso digo que hoy renuncié a la escritura de la poesía (por el luto de la muerte de mi hijo), pero igual que cuando era niño, sigo mirando como un poeta.

¿Qué decía tu papá de tu poesía?

Estaba muy orgulloso. Ambos compartíamos nuestra poesía: yo lo mío, él lo suyo. Yo le decía al final de su vida, cuando estaba ya muy enfermo del corazón, que ordenara su libro para publicarlo y me dijo dos cosas: "Ya me voy, te encargo a tu madre y te encargo el libro, que no acabé". Entonces cuando murió lo ordené a mi manera y lo publiqué.


Javier Sicilia ha sido acompañado por diversos personajes como el obispo de Saltillo, Raúl Vera.
 Javier Sicilia ha sido acompañado por diversos personajes como el obispo de Saltillo, Raúl Vera.  (Foto: Revista Quién)

Javier, pocos saben que eres biógrafo y entre tus libros está la vida de Concepción Cabrera de Armida, La Amante de Cristo, beata con probabilidades de ser santa...

A mí me formaron los misioneros del Espíritu Santo y en una pared de la prepa, en el seminario, estaba la foto de Félix Armida y de Conchita, y me asombraba mucho la belleza de Concha. Pero no me checaba con lo que hablaban de ella: un beata que se golpeaba, una dolorista. La acepté y la hice parte de mis intercesores, porque yo tengo santos y converso con ellos.

¿Quiénes?

San Francisco, San Juan de la Cruz, San Juan Evangelista (por eso le puse a mi hijo Juan Francisco), Santa Teresa de Ávila...

¿Y Conchita es buena intercesora?

¡Es medio cabrona! Resulta que Santa Teresa decía cosas tremendas, una de ellas la he vivido en carne propia: no hay peor cosa que una plegaria cumplida. Y tiene razón, porque lo que quería decir es "Fíjate en lo que pides". Y cuando murió mi hijo (suspiro), me brincó, porque yo le pedía a Dios (y desde entonces lo dejé de hacer): "Lo único que te pido es que encuentren mis hijos su lugar en Dios y con los hombres". Y mi hijo encontró su lugar en Dios... y encontró lo que desató su lugar con los hombres. Lo hubiera cambiado todo por tenerlo aquí. Eso es un plegaria cumplida.

¡Uf! ¿Y crees que Concepción se vuelva santa?

No importa.

¿Te gustaría que se vuelva santa?

Sí, pero tampoco importa. Yo creo que la santidad se refleja en los actos, para mí Concha es una santa. La sanción de la Iglesia no es la sanción. Hay una frase que dice que hay santos que el hombre le impone al cielo y santos que el cielo le impone a la Tierra, y Concha es de ésas. Un día me hablan los misioneros para pedirme escribir la biografía de Concha y dije, bien, pero con una condición: necesito que me saquen de trabajar y que me bequen para escribirla. Hice un trabajo muy exhaustivo de investigación. Tuve acceso a la Cuenta de conciencia, que no estaba a manos de todos, a su correspondencia, papeles íntimos.

¿Qué tienes tú de Concha, en qué se parecen?

Es una pregunta que nunca me había hecho... Yo creo que su gran sentido y amor a Cristo. Ella era cristológica, yo también lo soy, muy eucarística y yo también lo soy. Su entendimiento de la crucifixión y la cruz y del amor detrás de la cruz, tal vez.

¿Tú te lastimas?

No, yo no. Yo creo que no ha habido una santa, una mujer, más tremendamente brutal consigo misma, es muy mexicana en ese sentido. No creo en el dolorismo, mi espiritualidad está más en la encarnación.

¿Le vendría mejor a la clase política mexicana acercarse a los Evangelios?

Sí. No a la interpretación ideológica, sino a la lectura directa, a la parábola o la poesía.


Javier mueve a México y por eso fue parte del ranking de los 50 personajes de la revista Quién.
 Javier mueve a México y por eso fue parte del ranking de los 50 personajes de la revista Quién.  (Foto: Archivo Revista Quién)

¿Cómo enamoraste a la madre de tus hijos?

No sé, el amor no tiene método, es una sorpresa.

¿Cómo enamoras a tu hija?

Pues acogiéndola. Siempre es una sorpresa, un gesto que sorprende y revela cuánto quieres a alguien. No hay que enamorar, hay que amar.

¿Estás enamorado ahora?

Sí, de mis hijos, de mi nieto, de mi hijo ausente, de mi mujer (Isolda Osorio), de mi ex mujer, de Beltrones (risas). Sí, sí, estoy enamorado del hombre, de su dimensión, de la existencia de los seres humanos.

Ahora que dices que te enamora Beltrones, eso de hacer la Conspiratio (intercambio de alientos y también el nombre de tu revista) te lo criticaron muchísimo...

Sí, porque no se entiende. El beso, para hablar de la Conspiratio, es crear una atmósfera común, que va a desaparecer, pero que en ese momento se hizo el reino, la democracia, lo que al final de cuenta esperamos todos y que es vivir en unidad, en amor. En la caminata se hizo el reino, también en el abrazo en el Alcázar, en el abrazo a las víctimas. Ahí estaba el reino, pero no plenamente.

¿Recuerdas el último beso que le diste a Juan Francisco, tu hijo?

Sí, (suspira) fue antes de irme. Siempre lo besaba. Jugamos una partida de dominó antes de irme a Filipinas al otro día, nos abrazamos, lo besé y ya no lo volví a ver.

¿Quién ganó esa partida?

Fueron varias rondas. No recuerdo quién ganó. Pero ahora mis amigos, con los que nos reuníamos a jugar, compraron un dominó chiquito, le pusieron un altarcito a mi hijo y dividimos las fichas, como si fuéramos a jugar la partida, las fichas de mi hijo ahí están. Y creo que si él hubiera jugado conmigo el juego que yo tenía, podíamos haber ganado.


El poeta ha sumado dolores para transformarlos en exigencias de paz.
 El poeta ha sumado dolores para transformarlos en exigencias de paz.  (Foto: MondaPhoto/Alfredo Pelcastre para la revista Quién.)

Un padre, una madre, que ha perdido a un hijo no es llamado viudo ni huérfano ni nada porque no tiene nombre perder a un hijo, ¿has pensado en una palabra para ello?

No, no existe ni existirá. Ni la poesía alcanza a decirlo.

¿Después de aquel doloroso y desesperante 28 de marzo en que murió tu hijo, pensaste en suicidarte, Javier?

No. Soy un hombre de fe y mi fe me dice que mi hijo está y que existe.

¿Dónde está tu fe?

No sé, está en una zona muy profunda de mí. Si no la hubiera tenido, creo que sí me hubiera suicidado.

¿Cómo imaginas tu muerte?

Será dura, será como pueda ser. Tengo miedo a todo el tránsito, pero no tengo miedo a tener una muerte desesperada. Cristo gritó en la cruz, se desesperó. Será lo que pueda ser.

¿No tienes miedo de que te maten, Javier?

Después de que te matan a un hijo, ya te arreglaste con lo peor. No me importa. Creo que mi vida ya está en paz. Si me matan pues me matan, si no, mejor. Espero que no me maten, pero vivir con miedo no es vivir.

¿Qué opinas de la Virgen de Guadalupe?

Me encanta. No soy fanático guadalupano, pero creo que de las advocaciones de las vírgenes, de las apariciones, es una de las más bellas. Casi todas las vírgenes son apocalípticas, y esta es una virgen muy amorosa.

Me dice la gente que trabaja contigo que eres a toda madre, que te la vives riendo.

Sí, me gusta mucho la alegría de la vida, el buen humor, que son símbolos de inteligencia y sabiduría. Hay que ser serios, pero no tomarse en serio. Hay que burlarse de uno mismo.

¿Cuándo fue la última vez que te burlaste de ti, Javier?

Siempre me burlo de mí. Soy sumamente distraído, traigo mi chaleco lleno de bolsas, por ejemplo...

¿Qué traes en el chaleco?

No sé, tiene muchas bolsas y ha sido un desmadre. Siempre traigo cigarros, pero nunca encuentro el encendedor, por eso me dice Emilio Álvarez Icaza: "Ya sé para qué traes esa chamarrita, so pretexto de que buscas el encendedor, te andas autosatisfaciendo y autoconsolando, cabrón" (risas). Yo en las mañanas tengo que pararme frente al espejo para decirme: "Eres un pendejo... (más risas), tienes que tomar conciencia en hacer las cosas, estás demasiado presente en otras cosas, menos en ti mismo".

¿Javier, cómo vive el Movimiento por la Paz, cómo se financia?

De la generosidad de organizaciones, sobre todo de la gente, de los ciudadanos. Hace poco hicimos la campaña de Un Peso por la Paz.

¿Hay empresarios, políticos que ponen lana?

No sabría decirte, yo no llevo las finanzas, eso habría que verlo con Rocato (Bablot). Hay veces que organizaciones y empresarios dan sus donativos; sé que a veces son organizaciones civiles, pero no tenemos mucho dinero. Ahora tenemos número rojos y con la campaña llevamos como 50 mil pesos que no nos va a alcanzar para nada.

¿De qué vives?

Siempre he vivido de mis trabajos. Tengo la beca del Fonca porque estoy trabajando, por ejemplo, en un libro de poesía que ya está acabado propiamente y que cierra con un poema de mi hijo...

¿Eso de la beca no te causa conflicto por ser tan crítico con el gobierno?

El gobierno no me beca sino el Estado. Son los impuestos de la gente, el gobierno no me está dando nada. Si la gente cree que no soy un buen autor, puede decir "Quítenle la beca". Pero estoy cumpliendo como autor. Creo que he dado cosas a la cultura de este país. Además tengo mis artículos en Proceso, en La Jornada y a veces doy una conferencia. No vivo del Movimiento; el Movimiento es un plus en mi vida. Me genera un agobio, o más bien un peso, pero lo hago con mucho amor a mi hijo, a las víctimas y a mi país.

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