Letizia, la reina de España y su pasado oculto en México

Ahora que la reina de España se encuentra en nuestro país, nos recuerda que tiene una relación profunda con México pues vivió aquí. Estos son todos los detalles.
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 El rey Juan Carlos de España abdicó el trono, por tanto Letizia se ha convertido en la nueva Reina, con un pasado que oscuro que vivió en México. Aquí todos los detalles.  (Foto: Getty Images)

Nota del editor: En abril de 2004 la revista Quién publicó una historia que hizo que los ojos de otros países voltearan a México, bajo el título: "El pasado oculto de Letizia de España", firmado por Erika Roa, donde revelaba que la mujer que estaba a días de convertirse en esposa del príncipe Felipe había tenido un amante en Jalisco, de nombre Luis Miguel González su entonces jefe en el periódico "Público de Guadalajara", entre otros datos. Aquí el texto que se publicó en nuestras páginas.



En la edición 64 de la revista Quién se publicó el pasado oculto de Letizia.
 En la edición 64 de la revista Quién se publicó el pasado oculto de Letizia.  (Foto: Revista Quién)

Fe­li­pe era uno de los úl­ti­mos prín­ci­pes sol­te­ros más co­ti­za­dos de Eu­ro­pa. Es­pa­ña se ponía de ca­be­za para adi­vi­nar quién se­ría la fu­tu­ra rei­na. Al fin, el l de no­viem­bre de 2003 se de­sve­ló el mis­te­rio: Le­ti­zia Or­tiz Ro­ca­so­la­no, una mu­jer in­te­li­gen­te, fría pa­ra mu­chos, fe­mi­nis­ta, lu­cha­do­ra in­can­sa­ble, cla­se­me­die­ra, hi­ja de pa­dres di­vor­cia­dos. Na­da que ver con el per­fil que ma­ne­ja­ba Fe­li­pe.

A pe­sar de ello, la ma­yor par­te del pue­blo es­pa­ñol aplau­dió la elección sin sa­ber a cien­cia cier­ta quién era la jo­ven que ha­bía con­quis­ta­do el co­ra­zón de su Prín­ci­pe. Con­for­me pa­só el tiem­po, fue­ron sa­lien­do a la luz da­tos de la vi­da de Le­ti­zia que no siem­pre be­ne­fi­cia­ron su ima­gen. Mu­chos de sus com­pa­ñe­ros de traba­jo de Te­le­vi­sión Es­pa­ño­la (tve), don­de se de­sem­pe­ñó co­mo con­duc­to­ra del no­ti­cia­rio Te­le­dia­rio hasta an­tes de su com­pro­mi­so real, la til­da­ban de am­bi­cio­sa y cal­cu­la­do­ra. In­clu­so la lla­ma­ban Fic­ti­cia a sus es­pal­das.

Tam­bién se re­ve­la­ron va­rios de los paí­ses la­ti­noa­me­ri­ca­nos don­de ella ha­bía re­si­di­do, por ejem­plo Colom­bia, adon­de se mudó en oc­tu­bre de 1994 por cues­tio­nes de trabajo. Cos­ta Ri­ca fue su re­fu­gió pa­ra pen­sar si acep­ta­ría o no la pe­ti­ción de ma­tri­mo­nio que le hi­zo Fe­li­pe. Y, por su­pues­to, en Mé­xi­co po­co a po­co la pren­sa lo­cal se en­car­gó de di­fun­dir los de­ta­lles ‘ de su es­tan­cia, co­mo fue la obra del pin­tor cubano Wal­do Saa­ve­dra, en la cual apa­re­cía el ros­tro de Le­ti­zia so­bre un tor­so des­nu­do. Pe­ro hay más de esta in­tré­pi­da pe­rio­dis­ta que lle­gó a nues­tro país a es­tu­diar un pos­gra­do en la Uni­ver­si­dad de Guadalajara.

Des­cu­bri­mos sus lu­ga­res pre­fe­ri­dos, su labor co­mo periodista, sus ami­gos y el affaire fur­ti­vo que sostuvo con un me­xi­ca­no.

In­ter­cam­bio uni­ver­si­ta­rio

Le­ti­zia lle­gó a Ja­lis­co en l995. Re­cién de­sem­pa­ca­da co­men­zó a bus­car tra­ba­jo. Lo con­si­guió en el periódico Si­glo 21 (hoy lla­ma­do Pú­bli­co) co­mo re­por­te­ra del su­ple­men­to "Ten­ta­cio­nes". Fue en­ton­ces cuan­do co­no­ció a su com­pa­trio­ta y co­le­ga Fran y a la me­xi­ca­na Sa­ra Cué­llar, ac­tual di­rec­to­ra de la agen­cia Co­mu­ni­ca­ción & Re­la­cio­nes Pú­bli­cas y la ami­ga más cer­ca­na de Le­ti­zia en Mé­xi­co. Tra­ba­ja­ban jun­tas, pues am­bas cu­brían la mis­ma fuen­te, só­lo que Sa­ra pa­ra la sec­ción cul­tu­ral del mis­mo pe­rió­di­co.

En la Per­la Ta­pa­tía la es­pa­ño­la era una es­tu­dian­te co­mún que se trans­por­ta­ba en ca­mio­nes. De he­cho, a sus alle­ga­dos les co­men­tó que que­ría com­prar­se una mo­to por­que "Gua­da­la­ja­ra es una ciu­dad muy grande pa­ra mí".

Cuen­tan sus ami­gos que Le­ti­zia no era la tí­pi­ca ni­ña gua­pa que va a los me­jo­res sitios y se vis­te con lo último. Sa­ra re­cuer­da: "Era muy bai­la­do­ra. Le en­can­ta­ba la sal­sa. Íba­mos al Sa­lón Ve­ra­cruz, que no estaba de mo­da".

A la ahora rei­na de Es­pa­ña le gus­ta­ba co­mer en la fon­da Ir­ma Co­ra­jes, que se en­con­tra­ba a la vuel­ta de las ofi­ci­nas del pe­rió­di­co. Le en­can­ta­ba la car­ne asa­da con tor­ti­llas re­cién he­chas que ahí ser­vían. En el Bar Bar­ba­ne­gra pa­sa­ba lar­gas ho­ras es­cu­chan­do mú­si­ca en vi­vo y a su can­tan­te fa­vo­ri­ta, Sa­ra Va­len­zue­la, del gru­po La Do­sis. La ma­yo­ría de las ve­ces pe­día te­qui­la o vi­no tin­to, be­bi­das que le fas­ci­na­ban.

Otro de sus es­con­di­tes era el mer­ca­do de Gua­da­la­ja­ra, don­de com­pró re­ga­los pa­ra su ma­dre y her­ma­nas an­tes de vol­ver a Es­pa­ña, en­tre ellos va­rias bol­sas de cue­ro gra­ba­das. Tam­bién do­mi­na­ba Puer­to Va­llar­ta y Ma­loa­pa, una pla­ya hip­pie don­de so­lía acam­par.

Sa­ra, ¿có­mo em­pe­zó tu re­la­ción con ella?

Nos to­ca­ba cu­brir los mis­mos even­tos. En ese en­ton­ces yo vi­vía con Fran y co­mo él era es­pa­ñol, inmediata­men­te se iden­ti­fi­có con Le­ti­zia. Fran era más ami­go de ella que yo. Em­pe­cé a te­ner ma­yor contac­to con ella en una fies­ta. De re­pen­te nos di­mos cuen­ta que no era una ni­ña bo­ni­ta y hue­ca. Trabajaba mu­chí­si­mo. Siem­pre an­da­ba co­rrien­do. Se mo­vía en ca­mión o lo que fue­ra. Al prin­ci­pio vi­vía con una fa­mi­lia de Gua­da­la­ja­ra, lue­go se mu­dó con no­so­tros y ahí nos hi­ci­mos muy ami­gas.



Luis Miguel González en Guadalajara.
 Luis Miguel González en Guadalajara.  (Foto: Archivo Quién)

Des­crí­be­nos a la Le­ti­zia de aque­lla épo­ca...

Era muy sen­ci­lla. En el edi­fi­cio don­de vi­vía­mos co­no­cía per­fec­to al que cui­da­ba los co­ches. Era que­ri­da y odia­da, co­mo to­da mu­jer bo­ni­ta e in­te­li­gen­te. Era la tí­pi­ca de ca­mi­se­ta y jeans que ha­cía lo que se le da­ba la ga­na, muy in­de­pen­dien­te e irre­ve­ren­te, de­fen­so­ra de sus ideas.

Me acuer­do que cuan­do lle­ga­ba al pe­rió­di­co, to­dos los cha­vos le ofre­cían sus com­pu­ta­do­ras pa­ra que traba­ja­ra. Por su­pues­to, ‘ sus com­pa­ñe­ras nos po­nía­mos ce­lo­sí­si­mas. Era muy pa­rran­de­ra. Éra­mos co­mo una fa­mi­lia. Nues­tros no­vios y ami­gos eran del dia­rio.

Se tra­ta­ba de una mu­jer sen­si­ble. Un día llo­ró por unos pe­rri­tos que se ven­dían en el mer­ca­do de San­ta Te­re. Le re­cla­mó al ven­de­dor: "¿Por qué tie­ne esos ani­ma­les sin su ma­dre? Po­bres cria­tu­ras, si pu­die­ra me los lle­va­ba todos".

Cuan­do lle­gó a Mé­xi­co con­ta­ba con 23 años y te­nía muy cla­ro su sue­ño en la vi­da: triun­far co­mo periodista. Que­ría via­jar y pen­sa­ba vi­vir un año en Aus­tra­lia, aun­que Amé­ri­ca La­ti­na le lla­ma­ba mu­cho la aten­ción, so­bre to­do por los con­tras­tes en­tre la ri­que­za y la po­bre­za. Se pe­lea­ba con el sis­te­ma.

¿Qué opi­na­ba so­bre las cos­tum­bres me­xi­ca­nas?

Afirmaba que te­nía­mos una cul­tu­ra muy ser­vi­cial, que nos ren­día­mos mu­cho. Fren­te a la fra­se de "mi ca­sa es tu ca­sa", co­men­ta­ba in­quie­ta: "¡Pe­ro có­mo es po­si­ble que di­gan eso!" O cuan­do le de­cían "sí se­ño­ri­ta", res­pon­día "no me lla­me se­ño­ri­ta, soy Le­ti­zia".

Le cho­ca­ba que le abrie­ran la puer­ta del ca­rro. Re­cuer­do que una vez le man­da­ron flo­res, las re­cha­zó y en­vió otras al ga­lán con un re­ca­do que de­cía: "Yo tam­bién pue­do ha­cer eso".

Se sor­pren­día con la ca­li­dez de la gen­te. Era muy ca­ri­ño­sa, co­sa ra­ra en los es­pa­ño­les. Le gus­ta­ba abra­zar y aquí sí po­día ha­cer­lo.

¿Cuál era su ru­ti­na?

Iba a la es­cue­la y de ahí al pe­rió­di­co. Lle­ga­ba a ca­sa co­mo a la 1 a.m. Era hi­pe­rac­ti­va. Los sá­ba­dos en la tar­de lim­piá­ba­mos el de­par­ta­men­to. A ella le cho­ca­ba la co­ci­na. Pre­fe­ría asear la es­tan­cia, ba­rrer y trapear. Lo ha­cía per­fec­to.

¿Y sus gus­tos?

Joa­quín Sa­bi­na era su mú­si­co de ca­be­ce­ra. Le en­can­ta­ba U2 y, ‘ de Mé­xi­co, Ma­ná, a quie­nes co­no­ció cuando los en­tre­vis­tó, pe­ro nun­ca fue­ron ín­ti­mos. Le agra­da­ba Cha­ve­la Var­gas, por­que ad­mi­ra­ba a las mu­je­res fuer­tes. Se iden­ti­fi­ca­ba con ellas. Pe­ro lo que más le gus­ta­ba eran los li­bros. Era una lec­to­ra empe­der­ni­da. Ado­ra­ba a Jor­ge Luis Bor­ges, Juan Rul­fo -in­clu­so co­no­ció a su hi­jo, Juan Car­los Rul­fo, cuando és­te ha­cía ci­ne-, la pe­rio­dis­ta y nove­lis­ta es­pa­ño­la Ma­ru­ja To­rres y al pe­rio­dis­ta ar­gen­ti­no To­más León Mar­tí­nez.

Le­ti­zia no era una ni­ña fas­hion. Pre­fe­ría las bol­sas de ga­mu­za y an­te, sin embargo nun­ca fue de diseñadores.

Di­nos al­gu­nas de sus ma­nías o se­cre­tos...

Se co­mía las uñas. Es am­bi­dies­tra. Usa­ba len­tes...

La mu­jer que no se que­ría ca­sar
Pro­ba­ble­men­te de­bi­do al di­vor­cio de sus pa­dres, la jo­ven Le­ti­zia ha­bía des­car­ta­do co­mo pro­yec­to de vi­da el matrimo­nio y con­ver­tir­se en ma­dre.

¿Qué pla­ti­ca­ba de su fa­mi­lia?

Su ído­lo era su pa­dre (Je­sús Or­tiz). En ese entonces él tra­ba­ja­ba en la ra­dio. Ella vi­vía con su ma­má (Paloma Roca­so­la­no), con quien se pe­lea­ba mu­cho, co­mo cual­quier jo­ven de su edad. Ad­mi­ra­ba a sus herma­nas (Thel­ma y Eri­ka). Siem­pre de­cía que le hu­bie­ra gus­ta­do ser tan gua­pa co­mo una de ellas, no recuer­do cuál, pe­ro nin­gu­na es tan bo­ni­ta co­mo Le­ti­zia.

Sen­tía ad­mi­ra­ción por su abue­lo paterno. Era muy res­pe­tuo­sa de su fa­mi­lia a pe­sar de que no que­ría tener hi­jos. Creo que to­dos en al­gún mo­men­to pen­sa­mos de esa for­ma, prin­ci­pal­men­te cuan­do es­tás empezan­do. El di­vor­cio de sus pa­dres la hi­zo ma­du­rar.

¿Có­mo era la re­la­ción en­tre Le­ti­zia y el es­cri­tor es­pa­ñol Alon­so Gue­rre­ro, con quien es­tu­vo ca­sa­da de 1998 a 1999?

Un día tu­vi­mos una con­ver­sa­ción muy chis­to­sa. Fue una pa­rran­da ín­ti­ma. No te­nía­mos di­ne­ro y nin­gu­na de las dos que­ría­mos que nos in­vi­ta­ran a sa­lir, así que abri­mos una bo­te­lla de te­qui­la. Fue una no­che fantás­ti­ca. Lloramos y hablamos de mil co­sas. Nos em­bo­rra­cha­mos pa­drí­si­mo, en­tre ami­gas, en nues­tra ca­sa, a gus­to. Cuando le pre­gun­té a qué le ti­ra­ba en la vi­da, res­pon­dió: "No me quie­ro ca­sar. Ya he vi­vi­do con Alon­so y seguramen­te voy a vol­ver con él. Ten­go mu­chos pla­nes y un hom­bre siem­pre es­tor­ba en esas co­sas. No me quiero comprometer".

En­ton­ces ella no idea­li­za­ba esa par­te de su vi­da...

Ja­más. En ese mo­men­to (1995) te­nía mu­chos con­flic­tos con Alon­so, pues él era un po­co ce­lo­so. Era co­mo su maes­tro en la vi­da, la ate­rri­za­ba, le de­cía que se con­cen­tra­ra en su pos­gra­do, por­que ella ‘ha­bía elegido no te­ner días de descanso en el pe­rió­di­co. Y ella le res­pon­día: "¡Jo­der, tío!, ¿có­mo voy a de­jar una co­sa que me apa­sio­na?" Que­ría apren­der muy rá­pi­do, co­mer­se el mun­do a mor­di­das. Le­ti­zia era muy mal ha­bla­da y le de­cía Chi­qui a su ex ma­ri­do.

¿Qué pen­sa­ba so­bre la ma­ter­ni­dad?

No po­día te­ner hi­jos y tra­ba­jar al mis­mo tiem­po. Co­men­ta­ba: "No po­dría via­jar y no voy a de­jar de ha­cer mis cosas. Al­gún día voy a te­ner mi pro­gra­ma de te­le­vi­sión." Eso lo te­nía cla­rí­si­mo. Es­ta­ba se­gu­ra que iba a te­ner éxito.

El amor se­cre­to de La Ma­ja

Le­ti­zia es una mu­jer con mu­cha per­so­na­li­dad y muy gua­pa, por lo tan­to, no es ra­ro que tu­vie­ra mu­chos pre­ten­dien­tes me­xi­ca­nos. Has­ta man­tu­vo un amor fur­ti­vo en Gua­da­la­ja­ra con un hom­bre ca­sa­do.

¿Cuán­tos co­ra­zo­nes rom­pió?

Mu­chos, pe­ro nin­gu­no en es­pe­cial. Tu­vo un ga­lán muy gua­po, ru­bio, de ojos azu­les, ar­tis­ta plás­ti­co, muy di­ver­ti­do. Ella nun­ca les lla­ma­ba no­vios si­no ami­gos.

¿Crees que se ha­ya ena­mo­ra­do alguna vez?

Nun­ca le co­no­cí al­guien de quien se ha­ya ena­mo­ra­do.

¿An­du­vo con Luis Mi­guel Gon­zá­lez, el entonces­di­rec­tor del pe­rió­di­co Pú­bli­co de Gua­da­la­ja­ra, que en ese en­ton­ces estaba ca­sa­do?

No, no creo. Eran muy bue­nos ami­gos, se lle­va­ban mu­cho. Él era de la bo­li­ta, su je­fe y ami­go. Ade­más, conoz­co a su es­po­sa y eso no es cier­to. Pe­ro la mujer de Luis Miguel se di­vor­ció de él des­pués de enterarse de lo de Letizia...

Se­rá por co­sas de ellos. De he­cho, su­pe de la se­pa­ra­ción des­pués de que se fue Le­ti­zia. A mí no me cons­ta, y si lo hi­cie­ron,‘ lo hi­cie­ron muy bien por­que nin­gu­no de los dos me lo di­jo. Luis Mi­guel es un hom­bre muy ca­bal y pro­fe­sio­nal. De al­gu­na ma­ne­ra se de­be acep­tar que Le­ti­zia es un ser hu­ma­no co­mún y corrien­te que se­gu­ra­men­te al­gu­na vez se pu­so bo­rra­chi­ta. Eso de que le es­tén es­pul­gan­do a ver qué la­do os­cu­ro le en­cuen­tran... ¿De qué les va­le?

Res­pec­to a es­ta in­for­ma­ción, tres fuen­tes que so­li­ci­ta­ron el ano­ni­ma­to, com­pa­ñe­ros en el pe­rió­di­co de Luis Mi­guel y Le­ti­zia, coin­ci­die­ron que en­tre ellos hu­bo más que una sim­ple amis­tad. "Era bien sa­bi­do que an­da­ban. No se es­for­za­ban mu­cho en ocul­tar­lo." Y ase­gu­ran que esto fue el de­to­na­dor pa­ra que el matrimo­nio del me­xi­ca­no fra­ca­sa­ra.

Otra fuen­te afir­mó: "Cuan­do Le­ti­zia vol­vió a Es­pa­ña, una ami­ga co­men­tó: ‘¿Có­mo ven que Luis Mi­guel has­ta llo­ró cuan­do su­po que Le­ti­zia se re­gre­sa­ba?'"

Re­cién da­da la no­ti­cia de que la his­pa­na se con­ver­ti­ría en la fu­tu­ra prin­ce­sa de As­tu­rias, di­cen que el propio Luis Mi­guel man­dó un correo electrónico a to­dos sus ami­gos de en­ton­ces pa­ra pe­dir­les que por ningún mo­ti­vo ha­bla­ran so­bre la re­la­ción que sos­tu­vo con ella, que lo ne­ga­ran a to­da cos­ta.

Sara, ¿có­mo fue el adiós de Le­ti­zia?

Al prin­ci­pio ella no sa­bía si vol­ver a Es­pa­ña o que­dar­se en Mé­xi­co por­que ha­bía co­no­ci­do gen­te de la misma Univer­si­dad que pro­du­cía vi­deos y es­ta­ba muy in­te­re­sa­da en se­guir en ese cam­po. Cuan­do terminó su pos­gra­do se que­dó unos me­ses más pa­ra fi­ni­qui­tar al­gu­nos pro­yec­tos en el pe­rió­di­co y tu­vo mu­chas des­pe­di­das. Se lle­vó tequi­la, ar­te­sa­nías, li­bros... Fue muy que­ri­da, a pe­sar de que en un ini­cio causó mu­chos ce­los en­tre las ta­pa­tías por su arro­jo con los hom­bres.

La fa­mi­lia po­lí­ti­ca que no pen­só te­ner

¿Qué con­ta­ba de su país?

En esa épo­ca finalizaba el pe­rio­do del presidente Fe­li­pe Gon­zá­lez, al­guien a quien Le­ti­zia ad­mi­ra­ba. Se preguntaba có­mo los es­pa­ño­les po­dían con­tem­plar un go­bier­no que no fue­ra tan ne­go­cia­ble y tan inteligen­te co­mo el de él. Le en­can­ta­ba la co­mi­da de su tie­rra, el vi­no tin­to y el que­so man­che­go.

¿Y so­bre la fa­mi­lia Real?

Una vez unos es­pa­ño­les que vi­vían en Gua­da­la­ja­ra platicaban que el Rey era muy mu­je­rie­go. Yo le pregun­ta­ba a Le­ti­zia por qué la gen­te no sa­bía eso aun­que era un se­cre­to a vo­ces, y me ex­pli­ca­ba que hay un pac­to en­tre la pren­sa y la fa­mi­lia real: és­ta es in­to­ca­ble.

¿Y qué te de­cía del Prín­ci­pe?

Le co­men­té que se me ha­cía muy gua­po, aun­que no era mi ti­po. Le­ti­zia me contestó: "A mí tam­bién se me ha­ce muy gua­po, pe­ro los hom­bres con ca­be­llo ri­za­do no me gus­tan".

¿Có­mo per­ci­bes su re­la­ción con la rei­na So­fía?

Ten­go mis du­das. Que a Le­ti­zia le in­di­quen qué de­cir, qué ha­cer, se me ha­ce una si­tua­ción di­fí­cil. Su venida a Méxi­co, su di­vor­cio, ha­ber ido a la gue­rra (la de Iraq el año pa­sa­do) fue­ron de­ci­sio­nes su­yas. Sus pa­pás ja­más logra­ron te­ner in­je­ren­cia en eso.

¿De qué for­ma te en­te­ras­te del com­pro­mi­so de Le­ti­zia con el Prín­ci­pe de Asturias?

Vi El País con aque­lla por­ta­da de Le­ti­zia y pen­sé: "No es po­si­ble." Lla­mé a Fran por te­lé­fo­no, que aho­ra vive en Ma­drid, y se en­con­tra­ba en el mis­mo es­ta­do de shock. Me co­men­tó que ha­bía coin­ci­di­do con ella en un even­to de co­rres­pon­sa­les ape­nas unos me­ses atrás, y me dijo: "La no­té rara. Muy ale­gre, co­mo es ella, pe­ro muy cor­tan­te. No charlaba igual que an­tes".

¿Cuán­do fue la úl­ti­ma vez que la vis­te?

En Se­ma­na San­ta de 2002, en Ma­drid. Ce­na­mos y nos fui­mos de co­pas. Pa­sa­mos un ra­to muy pa­dre. Ella es­ta­ba por en­trar a tve y se en­con­tra­ba muy ilu­sio­na­da por eso. Es­ta­ba adel­ga­zan­do mu­cho por el tra­jín y vi­vía con su ma­má, aun­que es­ta­ba a pun­to de te­ner su de­par­ta­men­to.

La dis­cu­sión de la no­che fue si se cor­ta­ba o no el pe­lo. Lo te­nía lar­guí­si­mo, con un fle­qui­llo, y siem­pre anda­ba de co­le­ta. A la vez es­ta­ba muy tris­te por­que su romance con Alon­so iba muy mal. La su­ya era una re­la­ción muy apa­sio­na­da en to­do. Se ad­mi­ra­ban mu­tua­men­te.

Ellos se di­vor­cia­ron en 1999 y tú la vis­te en el 2002, ¿con­ti­nua­ban jun­tos?

Se se­guían que­rien­do mu­cho. Era una de esas re­la­cio­nes des­truc­ti­vas, pe­ro con sus bue­nos mo­men­tos. Ella no sa­bía si vol­ver con él o no, pues tam­bién te­nía un ga­lán en puer­ta y no se que­ría com­pro­me­ter con na­die.

¿Có­mo piensas que Le­ti­zia es­té li­dian­do con el he­cho de te­ner que re­nun­ciar a to­das las co­sas por las que ha lu­cha­do?

Ima­gi­no que es­tá des­lum­bra­da y sa­ca­da de on­da, por­que el he­cho tan sim­ple de no po­der ir al sú­per, no creo que le gus­te. Con­si­de­ro que es­tá muy ena­mo­ra­da. Mu­chos di­cen que es am­bi­cio­sa, pe­ro lo es en el buen sen­ti­do de la pa­la­bra. Fue una mag­ní­fi­ca ju­ga­da del des­ti­no. Es­tá en­tran­do a un mun­do tan dis­tin­to que no sé si se lle­gue a acos­tum­brar.

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