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Nuestras Historias

‘La Esclava de Juana Inés,’ al rescate de una herencia histórica

El autor Ignacio Casas, recrea la historia de la discípula mulata de Sor Juana en esta novela de prosa poética.
jueves 06 febrero 2020
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La reciente novela del escritor Ignacio Casas presenta la historia de Juana de San José, esclava de Juana Inés de la Cruz.

¡Negra cambuja, negra saltapatrás! La de Yara es una historia de discriminación, violencia contra la mujer y esclavitud. Es también, y sobre todo, el canto de alguien indomable, de un espíritu libre enclaustrado en un convento. Así lo detalla ‘La Esclava de Juana Inés,’ el reciente libro de Ignacio Casas, ganadora del Premio de Novela Histórica.

Venida y vendida desde Yanga, el primer pueblo libre para los negros del Virreinato, esta joven es la esclava de la Décima Musa. Su diario, es el punto de partida que da forma a la novela publicada por el sello editorial Grijalbo.

La obra de Ignacio Casas es un retrato de la última casta del Siglo XVII, de la complicidad de las mujeres en un mundo masculino, de la mexicanidad y la negritud. De esta mujer que se convirtió en la discípula de Juana Inés de Asbaje y los entrañables lazos que formó con sus compañeros de vida.

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“En ‘Las Trampas de la Fe’, Octavio Paz menciona que Sor Juana Inés de la Cruz tuvo una esclava que vivió 10 años con ella, que era multa, que se embarazó en el Convento. Cuando leí esas cinco líneas, me pareció muy interesante porque, en primer lugar, era esclava: nos les pagaban nada y, si bien les iba, les daban chocolate o de pronto galletas. La esclavitud era real sobre todo en los negros. En México casi no se ha hablado de la negritud. Es una raíz que casi no pelamos, que no tomamos en cuenta”, dice Ignacio Casas en entrevista.

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Ignacio Casas, actor, locutor, narrador y conductor mexicano.

Esta obra, que despierta la imaginación del lector con una prosa poética, se toma licencias para, desde su protagonista (cuyo nombre en la vida real era Juana de San José) mapear de forma precisa, la Villa Rica de la Vera Cruz hacia Puebla y finalmente a México.

Para formular esta novela, el autor invirtió cuatro años de escritura e investigaciones que iban desde el uso del idioma en los años 1600 hasta referencias históricas precisas como los testimonios de inundaciones en la antigua Ciudad de México hasta las condenas de la inquisición.

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“No hay muchos datos de Juana de San José, pero los hay. Se puede crear un personaje desde lo que hay. Tengo la fortuna de ser discípulo de David Huerta (escritor), con quien estudié ‘Los 1001 de la Lengua Española’ (Antonio Alatorre). La Esclava… es una novela histórica porque tomo palabras que se usaban en el XVII y que no se utilizan ahora. La investigación histórica fue un gozo”.

“En el diario de sucesos notables de Antonio de Robles, quien era un jesuita que escribió a finales del Siglo XVII, tenía entradas muy breves. Afortunadamente, tuve acceso a este diario. Eso me dio pauta para crear personajes, con las leyendas de la época, como la Mulata de Córdoba”, explica el autor.

En esta historia, el lector puede encontrar referencias a la corriente literaria del Realismo Mágico. Las metáforas de Yara y sus expresiones se sustentan en las leyendas afroamericanas y mexicanas como la habilidad de un humano de tomar el cuerpo de un animal y, por supuesto, las apariciones.

“En la medida en que hablemos de lo mexicano, vamos a ser universales. Me interesa mucho hablar de lo nuestro. Me interesa Rulfo, Elena Garro, Amparo Dávila y quienes están escribiendo hoy. Por supuesto que se cuela también García Márquez y narradores colombianos. Tengo mucho aprecio por el realismo mágico en el que vivimos sumergidos”.


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UN NOMBRE PROPIO

Lo primero que Sor Juana Inés de la Cruz le enseña a Yara es a escribir su nombre, pues sin nombre no somos nada. En el Siglo XVII, cuando la iglesia marcaba la vida pública, Yara no era un nombre cristiano. De ahí que la bautizaran como Juana de San José. Pero hay espíritus que no se doman y por eso la joven reniega de ese nombre. Es Yara, de Yanga, y lo seguirá siendo.

“Esto lo tomé de una idea de Rigoberta Menchú (líder indígena de Guatemala), quien escribió junto con Dante Liano un libro llamado ‘Li M’in, una niña de Chimel’. El nombre que le pusieron en maya a Rigoberta era Li Min, que es un nombre muy hermoso, sonoro. Cuando fue al registro civil con sus papás, le dijeron que ese nombre no existía y que se tenía que llamar según el santoral católico. Esa es la misma idea de que te pongan un nombre que no corresponde con tus orígenes”.

Ignacio Casas sabe que Juana de San José en realidad nació en el Convento de San Gerónimo, pero ubicó el origen de Yara en Yanga para hablar en la novela de la negritud y los barcos que traían esclavos desde África.Así también creó los personajes de Jacinta y la tornera del convento, con quien Yara entabla una relación de complicidad y amor más profunda que con la misma Madre Poeta.

“Meterme en la piel de Yara no fue difícil. En esta suerte de biografía novelada que escribió Elena Poniatowska sobre el notabilísimo pintor Juan Soriano, decía que él vivió con nueve mujeres. A mí, de alguna manera, me pasó lo mismo: a mí me formó mi mamá, mi abuela, mi bisabuela y mi tía. Entonces sí tengo esas miradas que son difíciles de escribir, pero no soy el único”, concluye Casas.

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