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Ciudad de México. Domingo, 06 de julio de 2008 --
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26 de marzo de 2008 09:07
El embajador feliz con su campanota
Yo lo conocí cuando andaba de chómpiras de mi querido Castañeda y desde entonces le puse el ojo encima.

De la nota de ayer del Día de México celebrado en la Bolsa de Nueva York rescato una imagen: el feliz embajador de México en Estados Unidos tocando su campanota para inaugurar la jornada.

Me encanta el tipo. Es listo, letrado y hábil para las relaciones. Lástima que cuando estas tres virtudes conviven juntas, muchas veces empaquetan irremediablemente un defecto: la arrogancia. Se sabe listo y se da cuenta que está haciendo bien su chamba. Como si confiara en que tarde o temprano, conseguirá el puesto que en 2006, a pesar de todos los pronósticos, le arrebatara Patricia Espinosa: la Secretaría de Relaciones Exteriores.

Sarukhán revivió en la escena pública cuando hizo migas con Felipe Calderón. Cuenta la leyenda que el hoy presidente cuando estaba en campaña, le echó el ojo, lo invitó a comer y lo convenció de que trabajara con él. ¡Cómo sería el choro de Felipe que Sarukhán, a pesar de no comulgar con las ideas del panista, pidió licencia de sus funciones (era cónsul en NY) para, en cuestión de días, ponerse la cachucha de Coordinador de Asesores en Política Internacional del entonces candidato!

Así son los encuentros, los inteligentes se reconocen… y se convienen.

En el currículum escolar de Sarukhán figura, en primerísimo lugar su alma mater, el Colegio de México, pero también la UNAM, la Universidad Johns Hopkins y becas como la Fulbright y la Ford Foundation. Dedicado a la diplomacia desde 94, entre sus credenciales profesionales, está el haber trabajado de cerca con tres cancilleres Fernando Solana, Rosario Greeen y Jorge Castañeda. Cuando andaba de chómpiras de mi querido Castañeda, yo lo conocí, y desde entonces le puse el ojo encima.

Este Sarukhán, por cierto, hijo del ex rector de la UNAM, José Sarukhán, es además un sibarita y ésta es la parte que a mí me gusta más: adora comer y beber bien, es viajado, leído, maneja cinco idiomas (uno de ellos el catalán, para felicidad de mi abuela), viste de marca, esquía en nieve con estilo y acaba de develar en la casa de la Residencia Mexicana de EU una escultura de Juan Soriano de 4 metros y 660 kilos. Tiene buen gusto, pues.

Por si fuera poco, lo acompaña a todos lados una mujer guapa, bien arreglada y madre de otra belleza (Laia, de dos años y poquito). La chica en cuestión: su esposa, de nombre Verónica Valencia, quien además tiene fama de culta y buena conversadora.

Mi pregunta es: ¿a sus 45 años, con todo lo que le ha dado la vida, qué la falta a Arturo Sarukhán? Quizá una cirugía que elimine los papujos de los ojos, algo de bótox para las líneas de la frente y un tratamiento de retención de caída de pelo no le vendrían mal.


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